01.03 — El genio

El Sitio / Los Cuadernos · Manuscrito del Cuaderno Púrpura

Los Gemelos Comneno · Fase 1: La Juventud en Bellas Artes · Capítulo 02

10 de septiembre de 1985 · Voz ficcional: Isaac Comneno, con la interferencia de la lectura de Alejo

Sestina · Isaac y el Pequeño Samurái · The Eye of the Storm

Angel Comneno · Sestina – EP

I

Isaac tiene quince años cuando decide que va a vivir de la música. La decisión no sorprende a nadie porque desde niño estudia piano y ha ganado una beca de la Carlos Chávez, una orquesta en la que tocan músicos profesionales y algunos muchachos que, como él, tienen que repartirse las horas entre la preparatoria, el conservatorio y los ensayos en la Sala Ollin Yoliztli. Lo que sí sorprende a su familia es que haya decidido irse de la casa.

—¿Y para qué quieres vivir solo? —le pregunta su madre.

—Porque ya puedo pagarme un departamento.

—¿Con lo que te dan de beca?

—Sí.

—Pero si aquí tienes todo.

Isaac piensa que ése es precisamente el problema, aunque no encuentra una manera de explicarlo sin hacer que su madre se enoje. En La Hacienda Comneno tiene una habitación grande, libros, un piano y una mujer que se ocupa de que siempre haya algo de comer. Sus padres no le han prohibido marcharse. Les parece una decisión absurda, pero han terminado por aceptar que el muchacho quiere experimentar algo que ellos no saben cómo llamar.

Encuentra un departamento cerca de la Ollin Yoliztli. Es oscuro y tiene una cama, una mesa y un refrigerador que durante la noche hace un ruido semejante al de un animal enfermo. La primera vez que entra con sus cosas se pregunta si ha cometido una estupidez. Abre la ventana, pero no entra mucha luz. Piensa que podría regresar a su casa antes de que termine la tarde y nadie tendría que enterarse de que ha tenido miedo.

Sin embargo, coloca sus partituras sobre la mesa y decide quedarse.

Alejo lo acompaña a instalarse. Su hermano gemelo examina el departamento sin decir demasiado. Se sienta sobre la cama y escucha el refrigerador.

—Parece que alguien está roncando.

—Es el motor.

—Ya sé que es el motor.

Alejo ha estado leyendo la vida de san Alejo de Roma, un joven de familia noble que abandona su casa y vive como mendigo, sin revelar su identidad. La historia lo impresiona especialmente porque el santo regresa muchos años después y nadie lo reconoce. Isaac conoce el relato porque su hermano se lo ha contado varias veces.

—Tú también quieres ser san Alejo —le dice Alejo.

—No seas idiota.

—Pero con piano.

Isaac se ríe. Su hermano mira la cama, las paredes y el refrigerador.

—Nada más que tú puedes volver a La Hacienda Comneno cuando quieras.

—No voy a volver.

—Eso dijo san Alejo.

Hay algo de los Comneno en aquella decisión, aunque ninguno de los dos lo advierte. Cuando alguien de la familia se propone una cosa, suele llevarla hasta sus últimas consecuencias, aun después de haber olvidado por qué la quería. Isaac está convencido de que vivir solo significa ser independiente, pero todavía no sabe exactamente de quién.

El Pequeño Samurái vive en el mismo edificio.

Isaac se entera unos días después, cuando lo encuentra subiendo las escaleras con el estuche del violín en una mano y una bolsa de supermercado en la otra. Yoshiaki se ha recogido el pelo en una pequeña cola de caballo y lleva una camiseta demasiado grande. Se detiene para dejarlo pasar.

—¿Tú vives aquí?

—Sí —responde Isaac—. Me acabo de mudar.

—Ah.

Yoshiaki sigue subiendo.

Isaac tarda unos segundos en comprender que la conversación ha terminado. Tiene ganas de correr detrás de él y preguntarle en qué departamento vive, pero le parece que hacerlo sería demasiado evidente. Baja las escaleras sin saber para qué había salido.

Ahora resulta que va a encontrarlo también cuando regrese a su casa.

II

Para conservar la beca, Isaac debe mantener sus calificaciones en la preparatoria, asistir a las clases de la Escuela Nacional de Música y presentarse puntualmente a los ensayos de la Carlos Chávez. La mayor parte del tiempo está cansado. A veces se duerme durante las clases y por la tarde descubre que ha olvidado comer.

En la orquesta casi todos son mayores que él. Algunos tienen familia, otros tocan también en conjuntos de cámara y hay quienes llevan años trabajando como músicos profesionales. Isaac y Yoshiaki son los becarios. Les pagan menos, pero nadie les perdona una entrada equivocada. Cuando se presentan en Bellas Artes, el público no sabe quién tiene quince años y quién lleva veinte sentado frente a un atril.

Isaac toca el piano desde pequeño y se ha acostumbrado a que los adultos hablen de su talento como si se tratara de algo que le hubiera ocurrido sin que él interviniera. Hay profesores que elogian su memoria y otros que se sorprenden de su facilidad para aprender una partitura. A él le gusta que lo admiren, aunque no lo reconoce.

Roberto es distinto.

Es su maestro de piano y no dirige la Carlos Chávez. Isaac lo visita para estudiar repertorio y preparar las obras que después tocará con la orquesta. Roberto puede pasar una mañana completa trabajando cuatro compases y, cuando está de mal humor, ni siquiera permite que termine la primera frase.

—Otra vez.

Isaac vuelve al principio.

—No.

—¿Qué?

—No es eso.

—¿Qué no es eso?

Roberto cierra la tapa del piano.

—¿Qué estás tocando?

Isaac dice el nombre de la obra.

—Ya sé cómo se llama. Te estoy preguntando qué estás tocando.

Hay días en que Roberto parece olvidar que han quedado para una clase de piano. Se sienta frente a Isaac y comienza a hablar de libros, de pintura o de algo que ha leído esa misma mañana. Isaac sospecha que lo hace para poner a prueba su paciencia, pero generalmente termina interesándose tanto en la conversación que se olvida del instrumento.

Una tarde Roberto le pregunta si ha leído la Ilíada.

—Sí.

—¿Completa?

—Sí.

—Entonces, ¿por qué está enojado Aquiles?

Isaac intenta recordar. Sabe que Aquiles es el mayor guerrero de los griegos, que Héctor muere a sus manos y que Paris está relacionado con Helena. También sabe que la guerra comenzó por una mujer, aunque no tiene muy claro por qué todos habían decidido ir a buscarla.

—Porque le quitaron a una mujer.

—¿Quién?

—Agamenón.

—¿Y por qué se la quitó?

Isaac guarda silencio.

—No has leído la Ilíada.

—Sí la leí.

—La terminaste, que no es lo mismo.

Roberto le habla entonces de la cólera de Aquiles. Le explica que Homero comienza a contar la historia cuando la guerra lleva ya muchos años y que los acontecimientos que la originaron han quedado fuera del poema. Helena está en Troya, Paris la ha llevado hasta allí y los héroes han envejecido intentando recuperar algo que quizá nunca les perteneció.

—¿Y dónde se cuenta lo anterior? —pregunta Isaac.

—En otros poemas.

—¿Cuáles?

Roberto le habla de los poemas del ciclo troyano, de los que solamente han sobrevivido fragmentos y testimonios. Entre ellos están las Ciprias, que narraban acontecimientos anteriores a la cólera de Aquiles.

—¿Y dónde puedo leerlas?

—Tendrás que buscarlas.

—Pero si se perdieron.

—Entonces tendrás que averiguar qué se sabe de ellas.

Isaac regresa a su departamento pensando en una obra que nadie puede leer completa. Le parece extraño que una historia tan famosa como la guerra de Troya dependa también de libros desaparecidos. Busca las Ciprias en una enciclopedia y descubre que hay versiones diferentes de algunos episodios. Lo que un poeta cuenta de una manera, otro lo cuenta de otra. Y hay personajes que parecen cambiar de carácter según quien hable de ellos.

Comienza a escribir nombres en un cuaderno: Paris, Helena, Aquiles, Agamenón. Al lado pone preguntas que no sabe responder.

Alejo encuentra el cuaderno sobre la mesa.

—¿Ahora vas a escribir la guerra de Troya?

—No.

—Parece que sí.

Isaac se lo quita.

—Estoy tratando de averiguar qué pasó antes de la Ilíada.

—Eso ya pasó hace muchos años.

—Por eso.

Alejo se ríe y vuelve a dejarlo solo.

III

En la preparatoria, la clase de Historia del Arte ha comenzado a ocuparse de las catedrales medievales y de las novelas de caballería. Isaac está particularmente interesado en los vitrales, en las construcciones góticas y en una historia que todavía no consigue entender del todo: la búsqueda del Grial.

A veces confunde a Lancelot con Parsifal. Otras veces recuerda una escena de Wagner y cree haberla leído en alguna novela medieval. Roberto tiene que corregirlo cuando comienza a mezclar los personajes y las versiones.

—No es lo mismo el Parsifal de Wagner que el de Wolfram von Eschenbach.

—Ya sé.

—Entonces deja de confundirlos.

—Se parecen.

—Por supuesto que se parecen.

A Roberto le interesa más que Isaac descubra las diferencias.

Una tarde estudian uno de los sonetos de Petrarca que Liszt convirtió en música. Isaac ha preparado la obra y comienza a tocarla con una expresión que considera apropiada para un poema amoroso. Apenas ha llegado a la segunda página cuando Roberto lo interrumpe.

—¿Quién era Petrarca?

Isaac deja de tocar.

—Un poeta.

—Eso ya lo sé.

—Italiano.

—También.

—Del Renacimiento.

Roberto parece resignarse.

—¿Has leído el soneto?

—No.

—Entonces, ¿qué estás tocando?

Isaac señala la partitura.

—Liszt.

—Estás tocando a Liszt después de que Liszt leyó a Petrarca.

Le entrega el poema y le pide que lo lea antes de continuar.

Isaac descubre que unas palabras escritas siglos atrás se han convertido en música y que ahora él tiene que encontrar algo de aquellas palabras entre las notas. El poeta ha pensado en una mujer; el compositor ha pensado en el poeta y el pianista, sentado frente a Roberto, está obligado a pensar en los dos.

Le parece extraordinario que una obra pueda conservar algo de otra sin repetirla.

Escribe en el margen de la partitura:

Una obra puede recordar otra obra.

Roberto lee la frase cuando Isaac regresa al piano.

—Sí —dice.

Isaac espera que añada algo.

—Pero no llenes la partitura de tonterías.

A Isaac le da risa. Con el director de la Carlos Chávez no puede escribir nada en una partitura que no se refiera directamente a la ejecución. Roberto, en cambio, parece dispuesto a permitir cualquier cosa, siempre que después pueda justificarla.

También le habla de la relación entre música y literatura, de las escenas que los compositores imaginan y de lo difícil que resulta saber qué significa realmente una obra cuando ha pasado por las manos de tantas personas.

Isaac comienza a pensar en Lancelot, en Parsifal y en el Grial. Le interesa particularmente que un hombre pueda dedicar su vida entera a encontrar algo y, cuando finalmente lo tiene delante, no sepa qué hacer.

En otra partitura escribe:

Lancelot ve el Grial y no siente nada.

Roberto vuelve a leerlo.

—Eso no es exactamente lo que ocurre.

—Ya sé.

—Entonces, ¿por qué lo escribiste?

Isaac se queda pensando.

—Porque podría ocurrir.

Roberto lo mira durante un momento y le devuelve la partitura.

—Ahora toca.

IV

Para entonces algunos profesores han comenzado a llamar genio a Isaac. La palabra aparece primero durante una conversación en la que él no está presente. Después alguien la repite delante de sus padres y finalmente llega hasta la Carlos Chávez, donde los músicos más viejos se divierten observando la facilidad con que el muchacho se aprende las obras.

Isaac empieza a acostumbrarse.

Alejo le pregunta una vez si de verdad se cree un genio.

—No sé.

—Todo el mundo lo dice.

—No todo el mundo.

—Bueno, casi todo el mundo.

Isaac no responde. Sabe que su hermano se burla un poco de él, pero también que le gustaría escuchar una respuesta afirmativa.

Roberto nunca utiliza la palabra.

Una tarde, después de que Isaac ha terminado de tocar, el maestro permanece sentado sin decir nada. Examina la partitura, cierra el piano y se vuelve hacia él.

—Niños hay muchos —dice—. Genios, muy pocos.

Isaac levanta la vista.

—¿Tú eres un genio?

La pregunta le parece absurda. No porque nunca se la haya hecho, sino porque no esperaba que Roberto se la formulara de aquella manera.

Piensa en los conciertos, en los profesores que lo felicitan y en las ocasiones en que ha conseguido tocar algo que sus compañeros todavía no pueden aprender. Piensa también en las horas que pasa estudiando y en lo poco que parece costarle aquello que a otros exige tanto esfuerzo.

Roberto espera.

—Sí —responde Isaac.

Lo dice seriamente.

Su maestro introduce los labios en la boca y niega lentamente con la cabeza. Isaac comienza a sentirse incómodo. Está a punto de explicarle que no quiere decir que sea mejor que nadie cuando Roberto se levanta, camina hasta la ventana y mira hacia afuera.

—No eres un genio.

Isaac siente que ha cometido un error.

Roberto regresa al piano.

—Eres un maestro.

Isaac no sabe qué contestar.

—¿Un maestro de qué?

Roberto no responde inmediatamente. Abre la partitura que han estado estudiando y señala un pasaje.

—Toca otra vez desde aquí.

Isaac obedece, pero no consigue concentrarse. La palabra maestro le parece mucho más importante que genio, aunque no comprende por qué Roberto ha querido distinguirlas. Quizá piensa que todavía es demasiado joven para ser considerado un gran músico. Quizá está hablando de otra cosa.

Durante el resto de la clase intenta averiguarlo, pero Roberto no vuelve a mencionar el asunto.

Al salir, Isaac camina hacia su departamento. Ha comenzado a oscurecer y todavía le quedan varias horas de estudio antes de acostarse. En el edificio encuentra a Yoshiaki, que viene bajando las escaleras con el violín.

—¿Qué tal? —le pregunta el japonés.

—Bien.

—¿Vienes de clase?

—Sí.

—¿Con Roberto?

Isaac asiente.

Yoshiaki se detiene un instante, como si fuera a preguntarle algo más, pero luego se despide y continúa bajando.

Isaac permanece en la escalera hasta que deja de escuchar sus pasos.

Cuando entra en su departamento, el refrigerador sigue haciendo aquel ruido insoportable. Se sienta frente a las partituras y trata de estudiar. No consigue avanzar demasiado. Piensa en Roberto, en la palabra que ha utilizado y en Yoshiaki, que acaba de preguntarle algo sin verdadera importancia.

Maestro.

Le gusta más que genio.

Todavía no sabe cuánto puede equivocarse un muchacho cuando empieza a creer en las palabras que los adultos utilizan para describirlo.

Poco después comienza a drogarse.

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