El Reino Cimarrón

02 · Fuera del tiempo

Una habitación del siglo XVI, un nombre en el margen, un camino que atraviesa el Reino.

Entrada al Reino · 02.01 — Apotegmas de san Alejo

El Reino Cimarrón · Reloj de Ciudad de México

Emisión del día · 04/11/2026

F0141 · Alberto no solo cantaba bien. Era extraordinariamente hermoso. Jorge, apoyado contra…

F0141 · El Reino Cimarrón / El canto y el sueño

Alberto no solo cantaba bien. Era extraordinariamente hermoso. Jorge, apoyado contra el umbral del ventanal, observaba cómo la luz de las velas bailaba en el rostro del monje. Sus facciones eran un poema no escrito, una justificación en sí misma de la existencia. “Todo en él basta para justificar su vida,” pensó Jorge, casi con devoción.

—No habrá nada más hermoso que hacer cantar a ese monje canciones paganas el día de mi boda —musitó para sí, su voz baja, cargada de una emoción que oscilaba entre la admiración y el deseo. Luego, volviéndose hacia Farid, añadió—: Y tú lo vas a acompañar.

Farid no respondió. Su duduk seguía llenando la habitación con una música que parecía surgir del mismo corazón del desierto, una melodía que desdibujaba el tiempo y el espacio. Esa misma noche, antes de que comenzara a tocar, le había dicho a Al-Hákim:

—Tienes que escuchar cantar a ese hermoso monje en Santa Sabina.

Hákim, con su acostumbrada indiferencia que rozaba la arrogancia, había respondido que sí. Pero ¿dónde estaría ahora? Jorge se lo preguntaba mientras dejaba que la música lo envolviera. Seguramente vagando por las calles de Roma, entre asesinos y prostitutas, como si esas almas perdidas fueran un eco del mundo en su estado más puro, sin máscaras ni redenciones.

Esa era la conexión que siempre había sentido con Hákim, una identificación profunda que había nacido en Trebisonda y que seguía viva como un fuego que ninguno de los dos deseaba apagar. Ambos compartían el mismo anhelo oscuro: corromper aquello que consideraban demasiado hermoso o demasiado puro. Arrancar a sus elegidos del hado de Zenón, del azar de Epicuro, y liberarlos de lo que veían como el mayor error de la humanidad: la firmeza implacable del mensaje cristiano. Para ellos, la naturaleza, en su salvaje inmoralidad, era la verdadera religión. Tan bella como la música que Alberto y Farid crearían juntos, estaba seguro Jorge.

Mientras estas ideas danzaban en su mente, Jorge se dejó caer sobre un diván. Cerró los ojos y, como tantas veces antes, se encontró soñando con la última mañana de Constantinopla, la ciudad santa que había caído ante los otomanos. En su sueño, no se sentía un griego del decadente imperio bizantino, sino un ateniense, un macedonio o, en el peor de los casos, un espartano. Se veía como un Licurgo moderno, un legislador de su propio destino, dispuesto incluso a aceptar el estoicismo si este podía alcanzar las alturas intelectuales que él atribuía a su propia mente en aquel momento.

La música de Farid seguía resonando en el fondo de su conciencia, como un eco lejano, mientras recordaba las palabras del hermano Guillermo de Ockham, uno de los pocos monjes a quienes realmente consideraba digno de ese título. “Todo problema lógico es un problema de entendimiento, y la realidad reside exclusivamente en el cerebro.” Jorge sonrió ante el recuerdo, convencido de que, al menos en ese instante, estaba en posesión de la verdad más pura.

El pensamiento se desvaneció mientras el sueño lo reclamaba, dejando la música, la luz de las velas y el rostro de Alberto flotando en la penumbra de su mente.

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