F0147 · Los tres juramentos

F0147 · El Reino Cimarrón / Los tres juramentos

Los tres juramentos 

Farid caminaba por las calles de Sevilla pensando. Aquella mañana había despertado con una sensación de plenitud muy extraña. Había mirado fuera de la ventana y había visto el jardín y la ciudad. Allá abajo estaba Garci y su madre, la mora a quien el Señor de las Salinas estaba tratando de proteger. Conversaban con un veneciano y la luz era tan hermosa y el aire tan limpio que sintió algo que creyó haber olvidado. Salió al jardín y estuvo paseando entre las madreselvas y se echó bajo un árbol. Había algo que no había contado a Alberto. No había sentido confianza, entre otras cosas porque se daba cuenta de que el monje había perdido toda la fe. Ensimismado en teorías filosóficas en amor al hombre y no en amor a Dios habría sido incapaz de entender que, cuando estaban a punto de castrarlo, Farid pronunció un juramento. Estaba atado, con una vara metida en la boca para que sus gritos no pudieran escucharse. Estaba desnudo y completamente indefenso. Se sentía un animal, un cerdo que no vale nada. Entonces pronunció por primera vez un juramento: “altísimo Jesucristo”, se dijo “nunca he creído en ti, pero te regalaré mi vida si me sacas de este lugar.” No sucedió nada. La mujer le abrió los testículos y cortó los conductos seminales. Exteriormente, desnudo, parecería un muchacho completamente normal, pero no llegaría a él nunca la pubertad. Nunca cambiaría su voz y sería perfecto para trabajar en un serallo o en uno de esos burdeles a los que asisten los amantes de la inocencia porque quieren mancharla.

Ahora Farid caminaba por las calles de Sevilla y cuando cruzó el puente y se giró para mirar la catedral recordó la ciudad de Roma. Por muchos caminos lo había llevado aquel juramento. Porque a pesar de que aquel Dios tan diferente a Hákim, el que le había enseñado su madre, no parecía haber hecho nada, Farid sobrevivió. Miró a Rashid desangrándose en la mesa de junto, miró a la vieja que los había castrado cerrándole los ojos con un cariño de madre y creyó escucharla murmurar en el idioma del desierto: mejor así. Así lo ha querido Dios, que mueras como un mártir. El vendedor de esclavos, advertido de lo peligroso de la operación, no mostró demasiada molestia. Después de todo ahí estaba Farid lleno desde los pies hasta la cabeza de un dolor que nacía del centro de su cuerpo, de su virilidad. ¿Quién puede aspirar a ser amado por Dios por hermoso o inteligente?, se dijo. El sufrimiento es el único camino de comunicación con aquel que ha tenido que desvestirse de divinidad para vestirse de tiempo.

Despertó porque un movimiento le producía dolor. Estaba en una carreta y supo, tal vez porque lo había escuchado o porque sintió su ausencia, que Rashid había muerto. En cuanto abrió a los ojos miró junto de él a un muchacho veneciano que le acarició el cabello y con mucha ternura le pidió que no se moviera para no lastimarse. Había sido castrado. Recordó haber soñado que vagaba con aquel muchacho vestido de paje por una fiesta llena de paganos que bebían y reían y comían cerdo. Recordaba también que Rashid había visto al cielo y miraba a Hákim el profeta. Bajaba arropado de ángeles y luz, pero los paganos lo tendían sobre una mesa y se lanzaban sobre de él como los chacales como los guls para devorarlo. Era tanto el sufrimiento de aquel niño que Farid murmuraba por segunda vez.

—Altísimo Jesucristo, nunca he creído en ti, pero te doy mi vida si me sacas de este lugar. 

Fue entonces que despertó, pero recordaba el juramento. La carreta se movió por una carretera y él descubrió que estaba en un lugar completamente desconocido, en lo alto de un farallón desde el que podía verse el mar. Farid no lo había visto nunca y le sorprendió que se sintiera tan mal que todo aquel azul que se confundía con el cielo le resultara completamente indiferente. Estaba en Chipre, lo sabría algunas semanas después y que subía hasta el más alto de los montes de los Troodos donde miró un castillo a medio derruir. 

—No te muevas —le dijo el hombre en el lenguaje del desierto—. Ahora perteneces al duque Isaac.

Volvió a dormirse.

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