F0146 · La voz de Alessio

F0146 · El Reino Cimarrón / La voz de Alessio

Y así lo creyó Alessio. No sólo había consumido las visiones que le venían desde que era niño y lo asaltaban en la madrugada, había cerrado una cicatriz que debía permanecer abierta para expulsar el veneno. El veneno del deseo, de la sensualidad. Una tarde, recordó había estado a punto de ahogarse porque se quedó mirando un coral en su casa en Bahía del Apóstol. Aquella música le había recordado la sensación de nadar en aquel mar de color verde azul, un mar lleno de tesoros que están ahí para hacerse mirar. Era un sonido que le había recordado el mundo dentro de este mundo. Esa voz no hablaba, como la suya misma o como la de otros hermanos en el monasterio de cielos nuevos y tierra nueva. Era el esplendor de un sueño posible en la tierra. En las conversaciones con Isaac creyó entender, exaltado,  todo lo que había estado leyendo en estos meses de soledad. La vida, se dijo, no está en el sacrificio de un Dios improbable, está aquí, en el encuentro con este hombre y su esclavo en un campamento en el centro de Roma. En esta música y en la sensualidad que le siguió tenían sentido las obras del Trismesgisto, de Alberto Magno y de Roger Bacon. Creyó entender el Opus Tertium y otros libros que Isaac había salvado del fuego en Constantinopla. Todo tenía sentido por volver a escuchar al esclavo árabe que rasgaba el oud y lo miraba a los ojos como si construyese con su voz una Torre de Babel capaz, en efecto, de alcanzar el cielo. 

Con Isaac aprendió también que el diablo es un dios caído que regaló al Altísimo este universo. Era un dios que había escondido en las montañas que separan Francia de España la joya de su corona para que todo iniciado pudiese recordar con ella el camino de regreso hasta el último cielo. 

Al día siguiente, por primera vez desde que había sido ordenado, no celebró misa. Aún resonaba en su mente aquel sonido metálico y los ojos de aquel muchacho. Resonaba la larga conversación que tuvo con Isaac. Era cierto, la divinización no proviene de un rito. Lo pensó como un iluminado. 

Aunque a partir de ese día dejó de tener compasión por el mundo, creció en él la curiosidad. Se reunía con Isaac por las noches en el extraño campamento de los amplios techos de la Casa de Dante. Farid no parecía interesado en lo que decía Isaac o parecía haberlo escuchado muchas veces. Llegado el momento de reflexionar, la comunión era entonces callarse y escucharlo cantar mientras rasgaba el oud. Bebían vino, comían quesos finos y embutidos y una noche Isaac ordenó a Alessio:

—Canta.

Fue así que la voz grave del monje se unió a la voz infantil del esclavo árabe y los dos se unieron por primera vez. Isaac escuchando, se aproximó a las almenas del castillo y miró Roma al otro lado del río, más allá de la Isla de los Locos. Se sentía dueño del mundo porque se creía dueño de aquellos dos.

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