03.04 — El Cairo

03.04 — EL CAIRO

El Cairo · Califato fatimí
No conozco a Alávaro. Sin embargo, lo recuerdo.

Veo El Cairo por primera vez desde el fondo de una carreta. La manta ya no me cubre la cara y puedo incorporarme apenas lo suficiente para mirar por encima de una tabla: primero aparecen muros, después azoteas, después una cantidad de gente que me parece imposible, comerciantes que gritan precios, burros cargados con fardos, hombres que escriben sentados detrás de pequeñas mesas, niños corriendo entre las piernas de los animales, mujeres que desaparecen en callejones donde el sol apenas entra. Tengo todavía las muñecas atadas y la voz de Rashid sigue intacta dentro de la cabeza, aunque cada vez que intento recordar su cara veo primero la lanza. El Cairo no parece advertir nada de esto. La ciudad funciona. Esa es quizá la primera cosa que aprendo de ella: puede morir un hombre, puede desaparecer un niño, puede venderse otro, y entretanto alguien pesa una bolsa de harina, alguien calcula un impuesto, alguien discute el precio de una tela. Escucho por primera vez una palabra que tardaré en comprender, dhimma, y después otra, Ahl al-Dhimma. Judíos. Cristianos. Protegidos. Subordinados. Necesarios. No entiendo cómo las cuatro cosas caben en una sola persona, pero en El Cairo caben con facilidad: médicos, comerciantes, administradores, hombres que cuentan el dinero de quienes rezan de otra manera y que por eso mismo pueden volverse indispensables para quienes los desprecian.

El nombre que más oigo es Yaqub ibn Killis. Lo dicen en los patios, en las tiendas, entre hombres que hablan de impuestos como si hablaran del clima; unos lo pronuncian con admiración, otros bajan la voz, otros escupen después. Cuentan que Al-Aziz entendió algo que los demás preferían no entender: el orden del califato dependía también de personas a las que ese mismo orden mantenía debajo. Dicen que Yaqub puso las cuentas en su sitio, llenó la corte de poetas y eruditos y administró el dinero con una precisión que terminó por hacerlo más necesario que querido; cuando fue arrestado en 372, el año que otros llaman 982, las oficinas empezaron a detenerse, los pagos se atrasaron, la maquinaria entera pareció descubrir de pronto que tenía un corazón judío y que no sabía latir sin él. Hasta quienes lo detestaban pidieron que lo soltaran. Me gusta esa historia, aunque todavía no sé por qué. Tal vez porque ya empiezo a entender que hay formas distintas de estar preso: a uno pueden atarle las muñecas y a otro permitirle sentarse junto al tesoro, darle una casa, servidores, autoridad, incluso respeto, siempre que no olvide quién le concede cada una de esas cosas. En las calles escucho a un hombre gritar que los pies de los no musulmanes no deben pisotear las cabezas del pueblo fiel; unas horas después veo a otro inclinarse ante un funcionario cristiano para pedirle que intervenga en un pago. Nadie parece notar la contradicción. O todos la notan y ése es precisamente el problema.

Hay días en que la ciudad me llega como ruido y otros en que se vuelve una red. Los dhimmís recaudan, administran, prestan, contratan a los suyos, se enriquecen algunos, sobreviven casi todos, y cada éxito añade otra hebra al resentimiento. Lo más extraño es que los insultos y las reverencias empiezan a parecerse. «Deja que nuestras bocas besen tus pies y que nuestras manos estén a tu servicio», escucho decir a unos hombres ante alguien que puede concederles algo; la frase suena humilde, pero la cara del que habla no lo es. Miro sus ojos y pienso en Rashid cuando decía que las preguntas importantes tenían la mala costumbre de no responderse. Aquí nadie pregunta si una sociedad puede necesitar a quienes considera inferiores. Simplemente ocurre. El califato brilla sobre esa contradicción como una lámpara demasiado llena de aceite. No sé todavía qué tiene esto que ver conmigo, y quizá no tenga nada que ver. Tengo doce años, sigo oliendo a piñón y algarrobo cuando el sudor no lo borra, alguien ha decidido cuánto vale mi cuerpo y yo continúo pensando en Jerusalén como si el camino no hubiera terminado junto a una lanza.

Entonces aparece Alávaro. No en la calle. No lo conozco. No puedo conocerlo y, sin embargo, en cuanto cierro los ojos veo sus manos. Es una de esas cosas que ya he dejado de discutir conmigo mismo: Lisboa existe antes de que yo sepa dónde está Lisboa; Hakim tiene una boca antes de tener un nombre; Alávaro golpea metal en un taller que quizá se encuentra en algún rincón de Egipto y yo puedo oírlo como si estuviera detrás de la pared. El martillo cae, vuelve a caer, falla, rompe algo. Él maldice. Ximena está sentada cerca, o apoyada contra una puerta, y lo mira trabajar con esa mezcla de paciencia y distancia que a veces anuncia que alguien ya se ha ido aunque su cuerpo continúe allí. «Daría todo por largarme de aquí para siempre», le ha dicho. Alávaro escucha largarme y entiende volar. Ése es su error, pero también su forma de amar: tomar una frase literalmente hasta poner en peligro el mundo. Reconstruye una ciencia que alguna vez conoció —o cree haber conocido—, llena la cabaña de piezas, humo, recipientes, madera, cuero, metal; cada fracaso deja una quemadura, un agujero, una nueva corrección. Su ayudante recibe golpes, moretones y órdenes con una lealtad que nadie le ha pedido. Ximena se ríe algunas veces. Alávaro cree que esa risa significa que todavía tiene tiempo.

No sé por qué lo recuerdo aquí, entre los recaudadores, los comerciantes y los hombres que se odian mientras se necesitan. Quizá no hay razón. Quizá sólo es el martillo: alguien trabaja metal en un callejón de El Cairo y el sonido abre el otro taller, el que no estoy viendo, el que acaso todavía no existe. Alávaro vuelve a levantar una pieza contra la luz, examina una grieta y comienza de nuevo; afuera, un funcionario termina una cuenta y otro hombre le besa la mano mientras lo insulta en silencio. No pienso que ambas cosas signifiquen lo mismo. Eso sería demasiado fácil. Sólo veo manos ocupadas en construir sistemas para no caer: unas sostienen un imperio, otras intentan construir alas. Ninguna sabe todavía si aquello que fabrica podrá sostener su propio peso.

Al atardecer vuelvo a escuchar una flauta. Me incorporo tan rápido que la cuerda me corta la muñeca. El sonido viene de algún lugar al otro lado del mercado, tres notas apenas, quizá un vendedor, quizá un músico, quizá nada; intento encontrar al Encantador de Serpientes entre la gente y no encuentro más que un hombre con una balanza, dos soldados y un muchacho que carga una jaula vacía. La misma jaula. No puede ser la misma. Lo sigo con la vista hasta que desaparece en un callejón. Entonces alguien detrás de mí dice una palabra que no conozco todavía y todos los muchachos de la carreta levantamos la cabeza al mismo tiempo. No es nuestro nombre. Es el precio.