F0008 · 03.03 — La voz

03.03 — LA VOZ

Damasco · Farid, doce años
Una gota cae del techo. Después otra. Espero la tercera.

No llega.

Abro los ojos.

La lámpara casi se ha consumido y el sebo deja un olor que se mezcla con el polvo de las mantas, los cuerpos de los viajeros, la madera mojada del techo. Levanto el brazo para taparme la nariz y en la piel encuentro todavía piñón, algarrobo, humo. Qasioun.

Una gota.

Dos.

Tres.

Pienso en los juramentos.

No quiero.

La tercera cae junto a mi cabeza.

Rashid duerme cerca de la puerta, con un brazo doblado debajo de la nuca. Parece más joven dormido. La cicatriz de la frente casi desaparece.

Lo miro respirar.

Ayer me dice que Cristo quizá cumple.

Después dice que no sabe.

Me gusta más cuando no sabe.

Cierro los ojos.

La flauta empieza.

No.

Agua.

Sólo agua cayendo del techo.

Cuando vuelvo a abrirlos, Rashid me tiene una mano en el hombro.

—Farid.

Su cara está demasiado cerca.

—Levántate.

—¿Ya?

—Ya.

No sé cuánto he dormido.

Me incorporo y la habitación se mueve un instante. Alguien tose detrás de una cortina. Una mujer recoge unas sandalias. Afuera hay voces, animales, metal.

Rashid me pasa un pedazo de pan.

—Come.

—No tengo hambre.

—Entonces guárdalo.

Lo guardo.

Eso parece satisfacerlo.

Salimos con otros.

Primero son diez, luego veinte, luego tantos que dejo de contarlos. Hombres, mujeres, niños, dos ancianos que caminan más rápido que yo, una mujer con un bebé envuelto contra el pecho, un muchacho que lleva una jaula vacía.

—¿A dónde van?

—A Jerusalén.

—¿Todos?

—Eso creen.

—¿Y nosotros?

Rashid no contesta.

Sonrío.

—Tú nunca contestas las preguntas importantes.

—Las preguntas importantes suelen tener ese problema.

Pasamos junto al muro.

Ayer había un hombre allí.

Hoy no.

No necesito buscarlo pero lo busco.

Nada.

Ni serpientes.

Ni flauta.

Sólo unas manchas sobre la piedra y un perro que olfatea algo entre la basura.

Rashid me toma del brazo.

—Vamos.

—Estoy viendo.

—Ya viste.

No.

Eso pienso.

Pero lo sigo.

Fuera de la ciudad el camino se abre y la gente empieza a separarse según su paso. Durante un rato miro únicamente los pies.

Sandalias.

Talones cuarteados.

Polvo.

Una venda gris alrededor de un tobillo.

Los pies de una niña que camina delante de su madre.

Mis pies.

Ayer estaban sobre Qasioun.

Hoy van a Jerusalén.

Mañana quizá estén en Lisboa.

No sé qué es Lisboa.

Me da risa.

—¿Qué?

Rashid me mira.

—Nada.

Al mediodía ya nadie habla.

El aire entra caliente por la nariz y parece salir todavía más caliente. Me queda un poco de pan; lo mastico sin saliva y tarda tanto en bajar que durante unos pasos creo que voy a vomitarlo.

Escucho un caballo.

Levanto la cabeza.

No veo nada.

Otro relincho.

Rashid ya está mirando hacia las dunas.

Entonces cambia.

No sé cómo.

Sigue siendo el mismo hombre pero deja de estar conmigo.

—Farid.

Su mano encuentra mi hombro.

—Cuando te diga corre, corres.

—¿Qué pasa?

—¿Entendiste?

—Sí.

—¿Qué entendiste?

Me irrita.

—Que corra.

Algo metálico golpea piedra.

Un hombre grita:

—¡Al suelo!

Todos caen de una manera distinta.

Eso es lo primero que veo.

Una mujer se arrodilla.

Otro hombre se tira de costado.

El de la jaula la suelta y la jaula rebota dos veces antes de quedar boca abajo.

La niña de los pies pequeños sigue de pie hasta que su madre la jala.

Entonces aparecen los caballos.

Muchos.

No sé cuántos.

El horizonte deja de ser horizonte.

—Corre.

Rashid me empuja.

Corro.

Tres pasos.

Cuatro.

Me detengo.

No sé por qué.

Quizá escucho la flauta.

No.

Gritos.

Un caballo pasa tan cerca que siento el golpe de aire contra la cara.

—¡Farid!

Volteo.

Rashid tiene un cuchillo.

Nunca se lo había visto.

Eso también me parece extraño.

Ayer hablaba de Cristo.

Hoy tiene un cuchillo.

No son cosas incompatibles.

No sé por qué pienso que deberían serlo.

Un hombre cae.

Otro corre.

Alguien llama a su madre.

Un niño grita con una voz tan aguda que durante un momento creo que soy yo.

No soy yo.

Todavía.

Rashid se mueve hacia los jinetes.

Es absurdo.

Está solo.

No.

Hay otros hombres alrededor.

Pero yo sólo lo veo a él.

La cicatriz.

El cuchillo.

El polvo pegado a la cara.

Uno de los caballos gira.

Rashid desaparece detrás.

Vuelve a aparecer.

—¡Cuidado con los jóvenes! —grita alguien.

No entiendo.

Una mano me agarra del pelo.

Ahora sí grito.

El tirón me dobla el cuello.

Quiero morder.

No alcanzo.

Algo áspero entra entre mis labios y aprieta contra la cara.

La voz queda adentro.

Eso es nuevo.

Intento gritar otra vez y escucho un animal.

Soy yo.

Me atan las manos.

Después los tobillos.

La arena está tan cerca que puedo distinguir piedritas rojas entre el polvo.

Una hormiga.

Eso veo.

Una hormiga caminando junto a mi boca mientras alguien me arrastra.

Rashid.

Busco sus piernas entre las piernas de los otros.

Caballos.

Túnicas.

Sangre.

Polvo.

Rashid.

Ahí.

Está de rodillas.

Durante un segundo pienso que reza.

Después veo la lanza.

No ocurre nada especial cuando entra.

Eso es lo peor.

Un cuerpo está de pie.

Luego ya no.

Rashid cae hacia un lado.

Quiero decir su nombre.

La cuerda me lo devuelve a la garganta.

El Rey Serpiente viene por ti.

Mi madre.

No sé si lo dijo alguna vez.

Ahora sí.

Está aquí.

En mi cabeza.

La cueva.

Qasioun.

La boca abierta.

La serpiente no baja de la montaña.

La montaña viene conmigo.

Un hombre se inclina sobre Rashid.

No veo qué hace.

La luz se vuelve blanca.

Después negra.

Despierto porque la rueda golpea una piedra.

Todo mi cuerpo salta.

Estoy debajo de una manta que huele a sudor viejo, sangre y animal. Tengo las muñecas atadas. También los tobillos.

La carreta se mueve.

No sé hacia dónde.

Intento levantar la cabeza.

Hay otros cuerpos conmigo.

Vivos.

Eso creo.

Uno respira demasiado rápido.

Otro no se mueve.

No quiero averiguarlo.

Pruebo mi voz.

Primero apenas aire.

Después:

—Rashid.

Sale.

La voz sigue ahí.

La misma.

Demasiado clara.

Digo otra cosa para comprobarlo.

—No voy a quedarme aquí toda la vida lamiendo esta cicatriz.

No tengo ninguna cicatriz que pueda lamer.

La frase me gusta.

No sé de dónde viene.

Lisboa quizá.

Indochina.

Una calle que todavía no existe.

Me río una vez.

Me duele.

Cierro los ojos.

Veo el muro.

El lugar vacío donde estaba el Encantador.

La cicatriz de Rashid.

La lanza.

Tres gotas cayendo del techo.

Tres juramentos.

Después escucho la flauta.

Ahora sí.

Estoy seguro.

Tres notas.

Serás un niño por siempre.

Abro los ojos.

Nadie ha hablado.

La carreta sigue avanzando.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes