F0161 · El Reino Cimarrón / El alma seca
En aquel tiempo aún estaba lleno de mí mismo. Tenía pocos años y estaba lleno de vida. El hombre en abundancia es como una fiera herida, ciega. No ve. Tenía tanta vida que era incapaz de imaginar que también yo iba a morir. No tenía, como Alejandro a un esclavo que me dijese: recuerda Farid que vas a morir. El esclavo era yo. Y justo por eso me daba el crédito de todo lo bueno que me sucedía. Como si pudiese haber alguien que se salva a sí mismo. Como si hubiese necesidad de saber que hay algo más allá de esta tumba de lodo y sangre para salir de la enfermedad de una vida demasiado llena de mundo. Era, pues, incapaz de agradecer nada al viejo maestro Nicolás. No te pensaba a ti ni a la mujer vestida de Luna a quien te dirigías cuando rezamos antes de que comenzaras a enseñarme a cantar. Era yo quien lo había conseguido todo, era yo mi propio maestro, era yo mi propia guía, era yo el ciego que guiaba el alma seca con otra alma seca. Me acostumbre al vino, claro. Al principio, durante las comidas me daba vergüenza pedir a Atonatiuh que me sirviese un poco más. El mexicano, me servía y se servía también él de modo que dejé de sentir vergüenza y nos volvimos cómplices en la búsqueda de una vida aquí que, aunque nos negábamos a aceptarlo, está más allá. Es gracias a mí, a que soy un músico, pensaba, que puedo pasar las tardes lluviosas en la biblioteca de los Manuel de Villena estudiando. Es gracias a mí que soy sagaz que aprendo las cosas rápido y tengo todo el tiempo del mundo para vagar por la ciudad de Coyoacán, para internarme en la selva y convocar a dioses más viejos que mi madre, mi padre y el mismo Dios en el que, poco a poco, había comenzado a creer. El Dios trino que, perfecto Dios y perfecto hombre se había hecho hombre como yo para padecer lo mismo que yo.
Cuando volvían, Isaac le entregó a una leprosa la propina que le regaló Juan Carlos. Farid vomitó en un pozo. Isaac volvió a casa de Martín y se sintió hermanado con el mono verde que, amarrado en el jardín, come piñones.
—Los niños están creciendo —. Comentó Martín con su esposa—. Es un capital que se nos puede ir de las manos. Puedo venderlos a Juan Carlos.
—No valdrán mucho —dijo ella.
—Puede que sí. Puede que haya forma de volverlos un poco más caros.
Mi abuela Inés no era muy dada a los afectos, pero una mañana, le dio, a cada uno de los niños, un beso en la frente.
F0161 · El Reino Cimarrón / El alma seca
En aquel tiempo aún estaba lleno de mí mismo. Tenía pocos años y estaba lleno de vida. El hombre en abundancia es como una fiera herida, ciega. No ve. Tenía tanta vida que era incapaz de imaginar que también yo iba a morir. No tenía, como Alejandro a un esclavo que me dijese: recuerda Farid que vas a morir. El esclavo era yo. Y justo por eso me daba el crédito de todo lo bueno que me sucedía. Como si pudiese haber alguien que se salva a sí mismo. Como si hubiese necesidad de saber que hay algo más allá de esta tumba de lodo y sangre para salir de la enfermedad de una vida demasiado llena de mundo. Era, pues, incapaz de agradecer nada al viejo maestro Nicolás. No te pensaba a ti ni a la mujer vestida de Luna a quien te dirigías cuando rezamos antes de que comenzaras a enseñarme a cantar. Era yo quien lo había conseguido todo, era yo mi propio maestro, era yo mi propia guía, era yo el ciego que guiaba el alma seca con otra alma seca. Me acostumbre al vino, claro. Al principio, durante las comidas me daba vergüenza pedir a Atonatiuh que me sirviese un poco más. El mexicano, me servía y se servía también él de modo que dejé de sentir vergüenza y nos volvimos cómplices en la búsqueda de una vida aquí que, aunque nos negábamos a aceptarlo, está más allá. Es gracias a mí, a que soy un músico, pensaba, que puedo pasar las tardes lluviosas en la biblioteca de los Manuel de Villena estudiando. Es gracias a mí que soy sagaz que aprendo las cosas rápido y tengo todo el tiempo del mundo para vagar por la ciudad de Coyoacán, para internarme en la selva y convocar a dioses más viejos que mi madre, mi padre y el mismo Dios en el que, poco a poco, había comenzado a creer. El Dios trino que, perfecto Dios y perfecto hombre se había hecho hombre como yo para padecer lo mismo que yo.
Cuando volvían, Isaac le entregó a una leprosa la propina que le regaló Juan Carlos. Farid vomitó en un pozo. Isaac volvió a casa de Martín y se sintió hermanado con el mono verde que, amarrado en el jardín, come piñones.
—Los niños están creciendo —. Comentó Martín con su esposa—. Es un capital que se nos puede ir de las manos. Puedo venderlos a Juan Carlos.
—No valdrán mucho —dijo ella.
—Puede que sí. Puede que haya forma de volverlos un poco más caros.
Mi abuela Inés no era muy dada a los afectos, pero una mañana, le dio, a cada uno de los niños, un beso en la frente.
F0161 · The Maroon Kingdom / The Dry Soul
At that time I was still full of myself. I was young and full of life. A man in abundance is like a wounded, blind beast. He cannot see. I had so much life that I was incapable of imagining that I too would die. Unlike Alexander, I had no slave to tell me: remember, Farid, that you are going to die. I was the slave. And precisely for that reason I took credit for everything good that happened to me. As though there could be anyone who saves himself. As though one needed to know that there is something beyond this tomb of mud and blood to escape the sickness of a life too full of the world. I was therefore incapable of thanking old master Nicolás for anything. I gave no thought to you or to the woman clothed with the Moon whom you addressed when we prayed before you began to teach me to sing. I was the one who had achieved everything, I was my own master, I was my own guide, I was the blind man guiding a dry soul with another dry soul. I grew accustomed to wine, of course. At first, during meals, I was ashamed to ask Atonatiuh to pour me a little more. The Mexican would pour some for me and for himself too, so that I ceased to feel ashamed and we became accomplices in the search for a life here which, although we refused to accept it, lies beyond. It is thanks to me, to my being a musician, I thought, that I can spend rainy afternoons studying in the Manuel de Villena library. It is thanks to me, to my being shrewd, that I learn things quickly and have all the time in the world to wander through the city of Coyoacán, to venture into the jungle and summon gods older than my mother, my father and the very God in whom, little by little, I had begun to believe. The triune God who, perfect God and perfect man, had become a man like me to suffer what I suffered.
As they were returning, Isaac gave a woman with leprosy the tip Juan Carlos had given him. Farid vomited into a well. Isaac returned to Martín’s house and felt a kinship with the green monkey that, tethered in the garden, eats pine nuts.
—The children are growing —. Martín remarked to his wife—. They are capital that could slip through our fingers. I can sell them to Juan Carlos.
—They won’t be worth much —she said.
—Perhaps they will. Perhaps there is a way to make them a little more expensive.
My grandmother Inés was not much given to displays of affection, but one morning she gave each of the children a kiss on the forehead.