F0112 · La cuerda se cerró en torno al cuello de Alberto, y…

F0112 · El Reino Cimarrón / La visión de Alberto

La cuerda se cerró en torno al cuello de Alberto, y la vida comenzó a escapársele con la brutal lentitud de un reloj que se detiene en cada tic. No hubo gritos, solo el sonido de la soga tensándose y el murmullo lejano de quienes observaban. En el umbral de la muerte, algo se rompió dentro de él, como si su ser entero se fragmentara en pedazos que flotaban entre el tiempo y el espacio.

El sabor del piñón que su madre le había preparado aquella mañana de infancia regresó con una intensidad desconcertante, como si su lengua lo saboreara en ese mismo instante. El dulce y la resina lo transportaron a ese momento en que, niño aún, había sentido por primera vez el pulso de algo más grande, algo que vibraba en su interior como una música incomprensible. Entonces entendió el sentido del Magníficat, no como una oración, sino como un ritmo inaprensible que siempre había estado ahí, latiendo en su corazón.

A medida que el oxígeno abandonaba su cuerpo, la oscuridad fue sustituida por una claridad insoportable. Se vio frente a una cama, con Farid a un lado y el ángel al otro. Ambos lo observaban en silencio, pero sus miradas no transmitían juicio, solo una especie de amor que lo envolvía en su totalidad. El ángel inclinó la cabeza hacia él y habló con una voz que resonaba como si viniera de las entrañas del cosmos.
—Despierta.

Y Alberto despertó. La lluvia caía suavemente sobre la carreta en la que viajaba enjaulado. Podía escuchar el golpeteo constante del agua sobre la madera y el murmullo de Joaquín, su captor, al otro lado. Pero no era ese mundo físico lo que dominaba su atención. Lo que había soñado permanecía grabado en su mente, tan claro como la sensación del nudo que aún parecía apretar su cuello. Pero por primera vez, no sintió la necesidad de preguntarse qué significaba. No había nada antes, y no habría nada después. Todo lo que existía era el presente, un instante eterno en el que reconoció, sin presunción, la presencia de Dios.

Era un Dios que no exigía ni juzgaba, que simplemente estaba ahí, habitando cada molécula de su ser. En ese momento, Alberto entendió el perdón, no como un acto externo, sino como una reconciliación interna. Sintió un profundo arrepentimiento, no por las decisiones que lo habían alejado del convento, sino por haber tardado tanto en comprender que todo lo vivido, incluso los errores, lo habían llevado a este instante de claridad.

—Esto es vivir —murmuró, dejando que la frase se deslizara como un suspiro.

La carreta avanzaba, su traqueteo mezclándose con el sonido de la lluvia. Afuera, Joaquín hablaba con alguien, su voz apenas un eco en el mundo físico que ahora parecía tan distante para Alberto. Cerró los ojos y dejó que la última revelación lo envolviera como un manto.

Finalmente, descubrió quién era esa mujer de sus visiones de niño: ella representaba el tiempo.

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