F0084 · El Reino Cimarrón / Memoria de Inés
Inés se acarició el arete de perla con un movimiento ausente, su mirada perdida en los recuerdos. Pensó en aquella reunión reciente en la que el señor Aguilar había asegurado que pronto tendrían noticias de aquel hombre, Colón. La perla rozó su cuello como un recordatorio. ¿Me amó? La pregunta le dolió más de lo que esperaba. Su esposo, Luis Méndez de Sotomayor, había comenzado a saltar de lecho en lecho, entregándose a los hombres que debía combatir, los árabes, como si fueran mujercitas. No le importaba el escándalo que esto producía, ni siquiera frente a su hijo mayor, al que el rey Juan había ordenado que no asesinara a su propio padre. Luis había desafiado todas las normas, pero había algo en su descaro que siempre la había dejado desconcertada.
Después de todo, el marqués había terminado en sus brazos. Luis Méndez, al sentirse liberado por la muerte de su hijo mayor, se había lanzado hacia ella con una pasión que no esperaba. Inés había tenido un hijo con él, Garci, y aunque sabía que su matrimonio estaba cimentado en conveniencias —por haciendas y apellidos— no en amor, ahora no podía evitar preguntarse si Luis alguna vez había sentido algo más profundo por ella.
Cantaba una nana a su hijo Garci, una melodía suave y melancólica que lo tranquilizó. El niño dormía en paz en su cuna, y Inés, aliviada, se inclinó para olfatearlo con una ternura que le dolía en el pecho. Era un gesto instintivo, casi animal, que le recordaba cuánto había cambiado desde que se había convertido en madre. Pensó en Luis y en la mancha que él llamaba la marca del alquimista. Era una flor roja y azul que había crecido en su pecho hasta devorarlo por completo. Inés había besado esa marca como si quisiera absorber su destino, pero ambos sabían que era inútil. Las leyes de la alquimia eran claras: quien busca la inmortalidad debe pagar con su vida.
La noche estaba tranquila, pero Inés se estremeció al escuchar el canto de un mochuelo que se mezclaba con las notas lejanas del duduk que tocaba Farid. Cerró la ventana y volvió a la cama, donde soñó con Luis, con la mancha del alquimista y con la sensación de estar atrapada entre un pasado que ya no existía y un futuro incierto en una Roma que encontraba perversa.
Roma, donde todo parecía entrelazarse como un palimpsesto, con capas de historias y destinos superpuestos. Allí, Alberto, el joven monje que había llegado como invitado a una de las reuniones de Jorge Comneno, había impresionado a Inés desde el momento en que lo vio cantar acompañado por el duduk de Farid. Había algo en su voz grave que resonaba profundamente en ella, como si su canto fuera un espejo de las emociones que no sabía expresar.
Jorge, el anfitrión, había presentado a Alberto a la señora del Carpio con una mezcla de cortesía y contenida admiración. Inés se inclinó para besar el manto del joven fraile, y aunque la ceremonia fue breve, algo se encendió en aquel instante. Desde entonces, Inés no pudo dejar de pensar en Alberto. En su rostro de niño, en su fragilidad aparente, y en el contraste con la intensidad de su canto.
Poco antes, en otra parte de la ciudad, Hakem había salido a pasear tras un baño frugal. Vestido con cuidado y asistido por Farid, revisó sus alambiques antes de partir. Paseaba por las calles como quien estudia un mapa en movimiento, observando a la gente con curiosidad, pero sin amor. Hakem, el alquimista, aún buscaba el secreto de la inmortalidad, no para sí mismo, sino para los demás. Su destino también parecía entrelazado con los de aquellos que, en diferentes rincones de Roma, buscaban su propio propósito.
De regreso en el palacio, Inés recordó las canciones que habían llenado la biblioteca esa noche, las miradas furtivas que Jorge lanzaba y las emociones que la música despertaba en ella. Pensó en la tensión latente entre todos los presentes, en los secretos que cada uno guardaba, y en la conexión inexplicable que sentía hacia Alberto, un sentimiento que no podía ignorar.
El pasado, con sus alianzas y traiciones, pesaba sobre todos ellos. La caída de Granada, la expansión del poder de los Reyes Católicos, la influencia de Alejandro VI en Roma; todo parecía un preludio a algo más grande, algo inevitable. Y en medio de ese torbellino de cambios, Inés, Alberto, Farid y los demás estaban unidos por hilos invisibles, moviéndose hacia un destino que ninguno de ellos podía prever.
F0084 · El Reino Cimarrón / Memoria de Inés
Inés se acarició el arete de perla con un movimiento ausente, su mirada perdida en los recuerdos. Pensó en aquella reunión reciente en la que el señor Aguilar había asegurado que pronto tendrían noticias de aquel hombre, Colón. La perla rozó su cuello como un recordatorio. ¿Me amó? La pregunta le dolió más de lo que esperaba. Su esposo, Luis Méndez de Sotomayor, había comenzado a saltar de lecho en lecho, entregándose a los hombres que debía combatir, los árabes, como si fueran mujercitas. No le importaba el escándalo que esto producía, ni siquiera frente a su hijo mayor, al que el rey Juan había ordenado que no asesinara a su propio padre. Luis había desafiado todas las normas, pero había algo en su descaro que siempre la había dejado desconcertada.
Después de todo, el marqués había terminado en sus brazos. Luis Méndez, al sentirse liberado por la muerte de su hijo mayor, se había lanzado hacia ella con una pasión que no esperaba. Inés había tenido un hijo con él, Garci, y aunque sabía que su matrimonio estaba cimentado en conveniencias —por haciendas y apellidos— no en amor, ahora no podía evitar preguntarse si Luis alguna vez había sentido algo más profundo por ella.
Cantaba una nana a su hijo Garci, una melodía suave y melancólica que lo tranquilizó. El niño dormía en paz en su cuna, y Inés, aliviada, se inclinó para olfatearlo con una ternura que le dolía en el pecho. Era un gesto instintivo, casi animal, que le recordaba cuánto había cambiado desde que se había convertido en madre. Pensó en Luis y en la mancha que él llamaba la marca del alquimista. Era una flor roja y azul que había crecido en su pecho hasta devorarlo por completo. Inés había besado esa marca como si quisiera absorber su destino, pero ambos sabían que era inútil. Las leyes de la alquimia eran claras: quien busca la inmortalidad debe pagar con su vida.
La noche estaba tranquila, pero Inés se estremeció al escuchar el canto de un mochuelo que se mezclaba con las notas lejanas del duduk que tocaba Farid. Cerró la ventana y volvió a la cama, donde soñó con Luis, con la mancha del alquimista y con la sensación de estar atrapada entre un pasado que ya no existía y un futuro incierto en una Roma que encontraba perversa.
Roma, donde todo parecía entrelazarse como un palimpsesto, con capas de historias y destinos superpuestos. Allí, Alberto, el joven monje que había llegado como invitado a una de las reuniones de Jorge Comneno, había impresionado a Inés desde el momento en que lo vio cantar acompañado por el duduk de Farid. Había algo en su voz grave que resonaba profundamente en ella, como si su canto fuera un espejo de las emociones que no sabía expresar.
Jorge, el anfitrión, había presentado a Alberto a la señora del Carpio con una mezcla de cortesía y contenida admiración. Inés se inclinó para besar el manto del joven fraile, y aunque la ceremonia fue breve, algo se encendió en aquel instante. Desde entonces, Inés no pudo dejar de pensar en Alberto. En su rostro de niño, en su fragilidad aparente, y en el contraste con la intensidad de su canto.
Poco antes, en otra parte de la ciudad, Hakem había salido a pasear tras un baño frugal. Vestido con cuidado y asistido por Farid, revisó sus alambiques antes de partir. Paseaba por las calles como quien estudia un mapa en movimiento, observando a la gente con curiosidad, pero sin amor. Hakem, el alquimista, aún buscaba el secreto de la inmortalidad, no para sí mismo, sino para los demás. Su destino también parecía entrelazado con los de aquellos que, en diferentes rincones de Roma, buscaban su propio propósito.
De regreso en el palacio, Inés recordó las canciones que habían llenado la biblioteca esa noche, las miradas furtivas que Jorge lanzaba y las emociones que la música despertaba en ella. Pensó en la tensión latente entre todos los presentes, en los secretos que cada uno guardaba, y en la conexión inexplicable que sentía hacia Alberto, un sentimiento que no podía ignorar.
El pasado, con sus alianzas y traiciones, pesaba sobre todos ellos. La caída de Granada, la expansión del poder de los Reyes Católicos, la influencia de Alejandro VI en Roma; todo parecía un preludio a algo más grande, algo inevitable. Y en medio de ese torbellino de cambios, Inés, Alberto, Farid y los demás estaban unidos por hilos invisibles, moviéndose hacia un destino que ninguno de ellos podía prever.
F0084 · The Maroon Kingdom / Inés’s Memory
Inés touched her pearl earring absently, her gaze lost in memories. She thought of that recent gathering at which Lord Aguilar had assured them they would soon have news of that man, Colón. The pearl brushed her neck like a reminder. Did he love me? The question hurt her more than she had expected. Her husband, Luis Méndez de Sotomayor, had begun moving from bed to bed, giving himself to the men he was supposed to fight, the Arabs, as though they were little women. He did not care about the scandal this caused, not even before his eldest son, whom King Juan had ordered not to murder his own father. Luis had defied every rule, but there was something in his shamelessness that had always bewildered her.
After all, the marquis had ended up in her arms. Luis Méndez, feeling freed by the death of his eldest son, had thrown himself toward her with a passion she had not expected. Inés had borne him a son, Garci, and although she knew their marriage rested on convenience—on estates and surnames—rather than love, she could no longer help wondering whether Luis had ever felt anything deeper for her.
She sang a lullaby to her son Garci, a soft, melancholy melody that soothed him. The child slept peacefully in his cradle, and Inés, relieved, bent over to breathe in his scent with a tenderness that hurt her chest. It was an instinctive, almost animal gesture that reminded her how much she had changed since becoming a mother. She thought of Luis and the stain he called the alchemist’s mark. It was a red and blue flower that had grown on his chest until it devoured him completely. Inés had kissed that mark as though she wished to absorb his fate, but they both knew it was useless. The laws of alchemy were clear: whoever seeks immortality must pay with their life.
The night was quiet, but Inés shivered when she heard a little owl’s call mingling with the distant notes of the duduk Farid was playing. She closed the window and returned to bed, where she dreamed of Luis, of the alchemist’s stain, and of the feeling of being trapped between a past that no longer existed and an uncertain future in a Rome she found perverse.
Rome, where everything seemed to interweave like a palimpsest, with layers of stories and destinies superimposed. There, Alberto, the young monk who had arrived as a guest at one of Jorge Comneno’s gatherings, had impressed Inés from the moment she saw him sing, accompanied by Farid’s duduk. There was something in his deep voice that resonated profoundly within her, as though his singing were a mirror of the emotions she could not express.
Jorge, the host, had introduced Alberto to the lady of Carpio with a mixture of courtesy and restrained admiration. Inés bent to kiss the young friar’s cloak, and although the ceremony was brief, something kindled at that instant. From then on, Inés could not stop thinking about Alberto. About his boyish face, his apparent fragility, and its contrast with the intensity of his singing.
Shortly before, elsewhere in the city, Hakem had gone out for a walk after a brief bath. Carefully dressed and assisted by Farid, he checked his stills before leaving. He walked through the streets like someone studying a map in motion, observing people with curiosity but without love. Hakem, the alchemist, was still searching for the secret of immortality, not for himself, but for others. His fate, too, seemed intertwined with those of the people who, in different corners of Rome, were searching for their own purpose.
Back in the palace, Inés remembered the songs that had filled the library that night, the furtive glances Jorge cast, and the emotions the music awakened in her. She thought of the tension beneath the surface among everyone present, of the secrets each of them kept, and of the inexplicable connection she felt toward Alberto, a feeling she could not ignore.
The past, with its alliances and betrayals, weighed on them all. The fall of Granada, the expansion of the Catholic Monarchs’ power, Alexander VI’s influence in Rome: everything seemed a prelude to something greater, something inevitable. And amid that whirlwind of change, Inés, Alberto, Farid, and the others were joined by invisible threads, moving toward a destiny none of them could foresee.