La Virgen comienza su viaje hacia Occidente

La Virgen comienza su viaje hacia Occidente

Efectivamente, la Virgen de la Tribulación comenzó su largo trayecto hasta la tierra en que se pone el sol en el Monasterio latino de San Marcos, en Constantinopla. Ahí, de manera similar a como lo haría mi hermano varios siglos después, un siete de marzo de 1453 despertó un monje que se llamaba Jorge. Era de madrugada. Y afuera de la celda brilló la luna sobre la gruta que los monjes latinos habían hecho para alojar el icono milagroso.

El joven novicio despertó con la sensación de que alguien lo estaba mirando en la oscuridad de su celda.

—¿Quién eres? —preguntó.

—Héctor —respondió la sombra.

Héctor era su hermano. Había muerto antes de que Jorge cambiara de nombre y se incorporara al Monasterio. Este hecho, el de que Héctor le hablase como si estuviese vivo, hizo que Jorge se diera cuenta de que estaba soñando. Se aproximó a la ventana con la intención de lanzarse y saber, por fin, si podía volar.

—¿Ahora te llamas Jorge? —preguntó Héctor, con un reproche en su voz. El monje no supo qué contestar. Hacía tiempo que no se sentía parte de aquella familia que lo había traído a la capital del imperio para deshacerse de él. No estaba seguro de sentir hacia aquel recuerdo cariño o rencor

—. Tu nombre es Basilio —dijo Héctor, no Jorge.

Basilio. Hacía mucho que no escuchaba ese nombre. Basilio, gritaba Héctor cuando jugaban en la Bahía del Apóstol.

Jorge despertó sobresaltado. Héctor había muerto otra vez. El joven monje se dirigió a la jofaina. Se refrescó con un poco del agua que los sirvientes trajeron Del Pozo. Se desnudó el pecho, pero mantuvo el sayo atado hasta la cintura. Se lavó con una esponja y entonces descubrió, gracias a la luz de la luna, un discreto vello rubio que le crecía en las axilas. El estómago le dio un vuelco. Su mano bajó y dobló el sayo un poco más. Ahí estaba, en la mitad de su cuerpo. Había llegado a la pubertad. El monje se sintió angustiado. Tenía meses pensando en lo que había dicho Nicolás, el maestro de capilla: si pierdes la voz, perderás tu sitio en el coro.

Y la música era lo único que Jorge amaba en realidad. Desconcertado, como si tuviera asco de sí mismo, recompuso el sayo y se tendió sobre la cama para mirar el techo. Pensó que perder la voz sería una tragedia, su vida volvería a ser tan monótona como cuando vivía en aquel pueblo de pescadores malolientes y Héctor lo perseguía para darle una tunda a la orilla del mar.

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