F0101 · La Sed de Sabiduría y las Promesas de Inmortalidad

F0101 · El Reino Cimarrón / Lecturas de Alberto

En la penumbra de su habitación en Casa de Dante, Alberto leía las Escrituras con una intensidad que bordeaba la obsesión. En las últimas semanas, había pasado largas noches repasando el Antiguo Testamento, buscando respuestas a preguntas que no podía formular del todo. El libro de Eclesiastés lo conmovía especialmente: “Todo lo que te viniere a la mano para hacer, hazlo según tus fuerzas; porque en el Sheol, adonde vas, no hay obra, ni trabajo, ni ciencia, ni sabiduría.” Estas palabras le daban vueltas en la cabeza mientras trataba de reconciliar su fervor por la inmortalidad con la certeza de que la muerte era inevitable.

Había escuchado hablar del láudano en las reuniones de alquimistas que Isaac organizaba en la biblioteca. Aquella sustancia, una mezcla de opio, mandrágora, beleño y otros componentes secretos, era para muchos la piedra filosofal, el elixir que prometía inmortalidad. Paracelso lo llamaba la piedra de la inmortalidad, y sus seguidores aseguraban que podía prolongar la vida si se administraba en dosis exactas. Sin embargo, Alberto no estaba convencido. Sabía que aquellos brebajes podían traer visiones, pero también locura y muerte. Se preguntaba si los alquimistas estaban persiguiendo un espejismo, como Saúl al consultar a la adivina de Endor en busca de respuestas que no pertenecían a este mundo.

La Sed de Sabiduría y las Promesas de Inmortalidad

El libro de Sabiduría lo perturbaba profundamente: “Gracias a la Sabiduría obtendré la inmortalidad, y dejaré un recuerdo eterno a los que vendrán después de mí.” ¿Acaso era eso lo que realmente buscaba? ¿La gloria eterna o simplemente un escape del Sheol, de aquel lugar de sombras del que hablaban los profetas? Recordaba a Isaías: “Tus muertos vivirán, sus cadáveres resucitarán.” Pero también el juicio de Daniel: “Muchos resucitarán, unos para vida eterna, otros para vergüenza y confusión perpetua.” ¿A dónde lo llevaría su búsqueda? ¿A la gloria o a la confusión eterna?

En una de sus visitas al Trastévere con Farid, lo llevaron a comer tripa a la romana. Era un lugar ruidoso, lleno de humo y risas vulgares, donde servían cola de vaca, pezuñas de buey y alcachofas que antaño alimentaban a los cerdos. Florián, quien alguna vez lo guió espiritualmente, habría despreciado aquel lugar, pero para Alberto tenía un encanto crudo, una conexión con lo terrenal que lo hacía sentir vivo. Allí, entre bocados de comida y vasos de vino barato, Farid le habló del Seol, del Abadón, y de cómo, según Isaías, incluso el inframundo podía espantarse de los humanos: “El Seol se espantó de ti.”

El Valle de los Huesos y la Piedra Filosofal

Una noche, mientras dormía, Alberto tuvo un sueño que lo estremeció. Se vio a sí mismo en el Valle de los Huesos de Ezequiel, rodeado de esqueletos que cobraban vida al soplo del Espíritu. Era una visión imponente, pero también aterradora. Despertó sobresaltado, con las palabras de Isaías resonando en su mente: “Cielos nuevos y tierra nueva.” ¿Sería posible reconstruir no solo un cuerpo, sino también un espíritu? ¿Era eso lo que prometían Isaac y los alquimistas? ¿Una resurrección del alma a través de la transmutación de la carne?

Isaac, en sus conversaciones, hablaba del láudano como una herramienta divina. Explicaba cómo los alcaloides, combinados con polvos de oro y perlas molidas, podían abrir las puertas de la percepción y conectar al hombre con lo eterno. Farid, que a menudo escuchaba estas discusiones en silencio, le lanzó una mirada que Alberto no supo interpretar. ¿Era compasión? ¿Escepticismo? Alberto no podía evitar sentir que Farid sabía más de lo que decía.

El Torbellino de Elías y las Decisiones de Alberto

En una reunión en la biblioteca de Casa de Dante, Isaac mencionó a Elías, el profeta que ascendió al cielo en un torbellino: “Elías sube al cielo en un torbellino,” dijo, y sus palabras se mezclaron con el humo de las lámparas y el aroma de los manuscritos antiguos. Alberto se preguntó si él también podría encontrar su torbellino, su escape de un mundo que le parecía cada vez más sombrío. Pensó en el Salmo: “No dejarás a tu siervo en el Seol ni permitirás que tu santo vea corrupción.” ¿Podría salvarse? ¿O estaba destinado a hundirse más en las sombras de su propia alma?

La Redención o la Perdición

Al final de la velada, Isaac le pidió a Alberto que cantara. Farid lo acompañó con el oud, y juntos llenaron la sala de una música que parecía venir de otro mundo. Los ojos de Farid se encontraron con los de Alberto, y por un momento, el exorcista sintió una paz que no había experimentado en años. Pero cuando terminó la canción, la inquietud volvió. Sabía que su búsqueda no estaba cerca de terminar.

Mientras caminaba de regreso a su habitación, las palabras de 2 Macabeos lo acompañaron como un eco: “Oraron por los difuntos.” Quizá su búsqueda no era por la inmortalidad, sino por redención. Quizá, pensó, todo lo que podía hacer era orar, no por su alma, sino por la de aquellos que había amado y perdido. Pero incluso eso le parecía un acto de fe que ya no estaba seguro de poseer.

En la ventana, la luna bañaba Roma con su luz pálida. Más allá de la Isla de los Locos, podía ver el reflejo de las antorchas en el Tíber, y se preguntó si esa ciudad de Rómulo y Remo alguna vez había sido más que un sueño. Con el rostro iluminado por la luz plateada, susurró las palabras del Eclesiastés: “Todo lo que te viniere a la mano para hacer, hazlo según tus fuerzas.”

Esa noche, Alberto durmió profundamente, pero en sus sueños, el Valle de los Huesos lo esperaba una vez más. Y en el horizonte, un torbellino comenzaba a formarse.

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