RC·001 · Roma · Siglo XVI
Alberto había aprendido en el monasterio a mantener la espalda recta y la mirada baja. En el salón romano, aquellas costumbres parecían otra clase de insolencia. La señora lo observaba desde el extremo de la mesa. Él no sabía todavía dónde colocar las manos cuando dejaba de cantar.
Farid sostenía la tiorba. Había terminado la canción de Rodrigo Martínez y sus dedos seguían tocando, casi sin sonido, una cuerda.
La dama pensó que la canción no hablaba de campesinos, sino de alguien que aún no había aprendido el mundo. Miró a Alberto. Hasta aquella tarde, la música había sido algo que se ordenaba a los sirvientes para llenar una habitación.
Ahora el salón le pareció hermoso. La voz del monje había cambiado incluso la distancia entre las cosas.
Cuando Alberto se inclinó para besarle la mano, ella no la retiró enseguida. Él se incorporó con la lentitud de quien procura no delatar un temblor. Farid levantó los ojos.
Más tarde, sola, la señora volvió a acomodarse el cabello detrás de los aretes de perla. Buscó en la mano el lugar exacto donde él había puesto los labios. No había ninguna marca.
Alberto caminaba por Roma. La tela de la manga le rozaba la piel de un modo que no recordaba. Le habían ofrecido una casa, libros, ropa. Hasta el olor de las naranjas parecía esperar de él una respuesta.
Pensaba que había salido del monasterio para aprender a vivir. No se le ocurría todavía que alguien pudiera estar eligiendo por él sus recorridos.
En el salón, Farid guardó la tiorba. La cuerda que había tocado seguía vibrando cuando cerró el estuche.
Al margen
Comneno. Villena. Sotomayor. Isaac repite los apellidos en el margen. Quiere saber de quién era aquella mano antes de que el monje la besara. Tacha una flecha. La vuelve a dibujar.
Ángel Comneno · Banda sonora
Rodrigo at the Edge of the Sun
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Desde el cuaderno
Chipre
Tú y yo estamos otra vez en Chipre. El aire huele a sal y al miedo de quienes se esconden. Pero aquí no hay mapas. No sé por dónde estarás buscándome ¿desde el mar? ¿desde los olivares donde los gritos se confunden con el viento? Tal vez ya te cansaste. Tal vez me escondí tan bien que ni yo mismo sé encontrarme. Me quedo en esta cama que no reconozco, con las sábanas revueltas y tu nombre dándome vueltas en la cabeza como una plegaria sin amén. Dicen que todo brilla afuera — pero aquí dentro nada reluce. Aquí la locura se castiga. Y yo estoy otra vez en Chipre, aunque ya no sé desde dónde podrías estar llamándome.
Atonatiuh: la habitación del día de su muerte
Alberto · Núcleo del personaje