Aquella mañana, Alberto se miró al espejo con una mezcla de satisfacción y ansiedad. Había vestido la capa que Inés le regaló, traída desde Flandes, y un sombrero rojo con una pluma de quetzal que brillaba intensamente bajo la luz. En ese reflejo, se reconoció como el niño que había soñado ser, aquel que, en el mercado de Famagusta, observaba a los nobles venecianos y genoveses con envidia y admiración. Era el retrato perfecto de un joven ambicioso, adornado con un aire de nobleza que los demás esclavos ahora reconocían al besarlo en la mano. Sin embargo, ese orgullo no hacía más que atarlo a sus propias inseguridades, alejándolo de la humildad y de cualquier verdadera conexión con Dios.
El señor de Villena era el reflejo de todo lo que Alberto había aprendido a despreciar. En su juventud, lo había visto como un ideal corrupto, pero ahora entendía que ese desprecio nacía de su propia incapacidad para ser algo distinto. Frente al espejo, se convenció de que debía besar la mano de Inés. Ese gesto simbolizaría no solo un paso hacia su objetivo, sino también la aceptación de su lugar en este juego de poder y seducción.
Inés lo esperaba en la sala, rodeada de sus acompañantes. Cuando lo vio entrar, despidió a todos con un gesto decidido. Deseaba estar a solas con él. Las palabras que intercambiaron apenas importaban. Lo que sentían estaba más allá del lenguaje, en los gestos, en las miradas. Mientras él hablaba, uno de los aretes de perla de Inés cayó al suelo. Alberto se inclinó para recogerlo, pero ella cerró su mano sobre la suya, susurrándole con suavidad:
—Te lo regalo.
El gesto fue tan íntimo como trascendental. Era la comunión de una complicidad que ya no podía ser negada. Alberto se sintió envenenado por esa conexión, un lazo que no solo lo unía a Inés, sino que también lo condenaba. Era el veneno del ángel exterminador, del deseo que todo lo consume, que destruye a quien lo siente y a quienes lo rodean.
En la misma casa, Farid servía el vino con movimientos precisos. Era el esclavo favorito, el joven que, a pesar de no hablar, era el centro de atención de todos. Inés lo miraba con una mezcla de ternura y fascinación. Farid, sin saberlo, se había convertido en el depositario de las carencias de quienes lo rodeaban. Jorge lo sabía, y por eso había apoyado lo que estaba sucediendo entre Alberto e Inés. Todo giraba en torno a Farid, incluso aquello que los demás no podían comprender del todo.
Farid servía el vino, pero también portaba una carga mucho más pesada: la de ser el eje de un juego de poder, deseo y redención. En sus silencios, parecía contener los secretos de todos, las respuestas a preguntas que ninguno se atrevía a formular. Y aunque no hablaba, su presencia resonaba como un eco en cada rincón de la casa.
Inés recordaba los sueños de su juventud, cuando su madre le había dicho que el día de su boda sería el más feliz de su vida. Pero no lo fue. Aquella noche, sintió dolor, vacío, y una pregunta comenzó a rondar su mente: ¿Para qué? Ese ¿para qué? la atormentaba cada vez más. Su matrimonio con Luis había sido una alianza pragmática, un acuerdo de utilidad y conveniencia. Pero ahora, en los salones de Roma, el vacío que sentía se volvía más intenso.
Había perdido el sentido de arreglarse frente al espejo, de mirar desde el balcón mientras las antorchas iluminaban la ciudad. Incluso los intentos de embarazo, que siempre terminaban en abortos, le habían robado la esperanza. Las palabras de su madre resonaban en su memoria: Estoy segura de que las cosas irán mejor cuando te embaraces. Pero Inés no pudo volver a concebir, y la tristeza de ese ¿para qué? creció hasta convertirse en un abismo. Ahora, veía en Alberto una posibilidad de llenar ese vacío, aunque fuera efímeramente. Sabía que su deseo podría destruirlos a ambos, pero no le importaba. Me lo merezco, pensaba, justificando su decisión.
Mientras tanto, en otro rincón de Roma, Jorge meditaba sobre los acontecimientos que lo rodeaban. Había decidido hacer de Inés su esposa, un movimiento estratégico que alineaba sus intereses con los de los poderosos. Jorge, con su mirada calculadora, veía a todos como piezas en un tablero, pero también como fragmentos de una narrativa más grande. Sabía que las carencias de todos, incluso las suyas propias, confluían en Farid. Por eso, lo observaba con detenimiento, reconociendo en él un elemento crucial para el futuro que planeaba.
Farid, sin embargo, era un enigma. Había perdido la voz al convertirse en albatros, pero Jorge intuía que la recuperaría a través de Alberto. En ese instante, todo se entrelazaba: las decisiones de Jorge, las dudas de Alberto, los deseos de Inés, y la misteriosa conexión que unía a todos con Farid.
En los salones de Roma, la música continuaba resonando, mientras el destino de todos se escribía en las sombras. Era un juego peligroso, un drama de poder, amor y traición, donde cada movimiento, cada mirada y cada palabra, eran parte de una danza que podría consumirlos a todos.