Aquella tarde, Alberto despertó sobresaltado sobre un volumen de poesía española que había dejado abierto en su regazo. La habitación estaba bañada por la luz dorada del atardecer, pero la sensación de haber desperdiciado horas le pesaba como una losa. Se levantó con una sensación de incomodidad, el malestar habitual de quien duerme durante el día. Era algo que detestaba, pues estaba convencido de que el tiempo era la verdadera riqueza.
Caminó hacia la ventana, descalzo como siempre. Era un hábito que había adquirido durante los años en que vivió en Oriente, un vestigio que nunca abandonó. Al abrir los postigos, olió el aire salado del Mediterráneo y sintió un instante de calma. Si algo amo, pensó, es este mar. Un mar que parecía eterno, ajeno al caos y la efímera naturaleza de la vida humana. Sin embargo, sus pensamientos rápidamente volvieron a las preocupaciones.
El papa estaba muriendo, y Alberto sabía que debía asegurar su lugar en la corte del próximo pontífice. Su mente se llenó de reflexiones filosóficas: la realidad material y la realidad formal. La formal, pensó, esa ya la tengo ganada. Había dedicado su vida al arte, la poesía y la música. Incluso cuando su fe en el cristianismo había tambaleado, esas eran constantes que nunca abandonó. Pero lo material era otro asunto. Necesitaba dinero, y lo necesitaba rápido. Las investigaciones alquímicas, la búsqueda del elixir de la inmortalidad, eran costosas. Y aunque sabía que su tiempo en esta vida era limitado —diez o quince años a lo sumo—, no podía evitar sentirse atrapado en la desesperación de sus propias carencias.
Volvió al libro, intentando concentrarse en los versos, pero la música que resonaba desde los sirvientes lo distrajo. Siempre la música lo distraía, evocando recuerdos de Trebisonda, donde había crecido entre melodías que lo salvaban de un mundo lleno de dudas y contradicciones. Al menos la música nunca me ha abandonado, pensó.
Entre las notas, escuchó la voz de Alberto. Se estremeció al reconocerla. Era hermosa, sí, pero había algo más. Había una inocencia en ella que lo perturbaba profundamente. Recordó un momento del pasado, cuando esa misma voz, con cándida curiosidad, le había preguntado: Maestro, ¿por qué yo? Hakim le había dicho una vez que todos los elegidos eran frágiles, un poco locos. Pero ahora, mientras miraba hacia el horizonte teñido de rojo por el atardecer, se preguntaba si esa fragilidad no era más bien un reflejo de su propia debilidad.
En otra parte de la ciudad, Jorge Comneno observaba a Farid con detenimiento. Habían pasado años desde que el muchacho llegó a Roma, pero su presencia seguía siendo un misterio fascinante. Farid, con su semblante tranquilo y esa tiorba que siempre lo acompañaba, era un imán para todos los que lo rodeaban. Esa tarde, Jorge decidió algo que cambiaría el destino de muchos: haría de Inés su esposa.
Inés, entretanto, se encontraba en su habitación, acariciando el arete de perla que Luis Méndez le había regalado. Pensaba en su pasado, en los hombres que habían pasado por su vida, y en cómo todo parecía converger ahora en Farid. Había algo en él que despertaba ternura, pero también un amor profundo y casi inexplicable. Era un amor que no entendía del todo, pero que sabía estaba ahí, latiendo en su pecho.
Esa misma tarde, en una reunión clandestina en la Casa de Dante, Hakim entregó a Alberto a Jorge. Hablaron en árabe, un idioma que siempre parecía envolver los secretos más profundos de la ciudad. En un rincón, Farid observaba la escena en silencio, como si intuyera que todos los hilos invisibles que unían a los presentes terminaban en él. Su figura menuda pero imponente había captado la atención de muchos, incluido el cardenal del Monte, quien no podía apartar los ojos de él. Ese muchachito tiene algo especial, pensó el cardenal, sin saber que esa misma noche sería asesinado por Alberto.
21 de enero de 1491. Sexta.
El día avanzaba en un caos de intrigas y decisiones fatídicas. Lucía, en uno de los salones, miraba a Farid con una mezcla de fascinación y tristeza. El muchacho, que había perdido la voz al convertirse en albatros, parecía ser la clave de algo mucho más grande que cualquiera de ellos podía comprender. Su tiorba resonaba con una melancolía que atravesaba las paredes de la casa. Mientras tocaba, los pensamientos de todos los presentes confluían en él, como si su música fuera un espejo de las carencias y anhelos de cada uno.
Jorge, observando todo esto, se dio cuenta de algo crucial: Farid no solo era el centro de atención de todos, sino también el catalizador de sus decisiones. Y por eso, apoyó lo que estaba sucediendo entre Alberto e Inés. Aunque lo hacía en silencio, sabía que el destino de todos ellos estaba entrelazado, y que el joven esclavo era la clave para entenderlo.
En el horizonte, el Mediterráneo seguía brillando bajo el sol, indiferente al drama humano que se desarrollaba a su alrededor. En una Roma donde los ideales se mezclaban con las ambiciones, cada personaje seguía su camino, cada uno buscando algo que tal vez nunca encontraría.