F0076 · 1491, abril, 7. Casa de Hakim, Trastevere, Roma. 06:00 PM.

1491, abril, 7. Casa de Hakim, Trastevere, Roma. 06:00 PM.

Farid había descubierto su voz en los días más oscuros de su vida, cuando la ciudad, con sus callejones oscuros y el humo de las fogatas en el aire, parecía ahogar cualquier vestigio de luz. La penumbra había caído sobre él como un manto pesado, y fue en ese abismo donde, por fin, el universo le ofreció su último refugio: la música. Su canto, tan puro y resonante, brotaba no solo de su garganta, sino de las entrañas mismas de su ser, como si cada nota naciera de los abismos de su alma atormentada. Farid lo había observado en silencio, su mirada fija, profunda, como quien contempla algo más allá del horizonte visible. Y había entendido que, en esa voz, había algo más que música: era un puente entre mundos, un eco que resonaba a través del tiempo, un susurro de la eternidad.

Farid, siempre con su inseparable laúd y su duduk, comenzó a tejer la música alrededor de ese canto, como si el alma de Farid fuera el núcleo de todo, el centro alrededor del cual todo lo demás giraba. Más recientemente, el piano había llegado a sus manos, y juntos, con una precisión casi divina, crearon melodías que parecían contener fragmentos del cielo y de la tierra. Cada nota del laúd, cada acorde del piano, respondía al canto de Farid, como si el aire mismo, el espacio en su alrededor, se rompiera y respondiera a cada vibración, como un susurro que conectaba el pasado con el presente, lo divino con lo humano.

Pero esa nueva conexión había tenido un precio. Hakim, que siempre había sido la sombra silenciosa en la que Farid se refugiaba, el compañero invisible, comenzó a alejarse. Su presencia, que había sido un faro constante, se volvió cada vez más tenue, más ausente. Ya no compartía la música, ya no participaba de la magia que había nacido entre Farid y su canto. Hakim no dijo nada. No hubo palabras, pero su partida era un grito mudo, el recordatorio de que toda creación exigía un sacrificio. Los muros de la Casa de Hakim, en Trastevere, parecían tragarse la ausencia, como si el eco de la casa misma se desvaneciera con cada acorde.

Farid, aunque lo había notado, no sabía qué sentir. Su relación con Hakim había crecido en silencio, entre los pliegues de la incomodidad y la comprensión tácita. Era algo tan íntimo, tan inexplicable, que las palabras se desmoronaban al intentarlas expresar. Y sin embargo, algo había cambiado. Cada vez que cantaba, sentía cómo el laúd, el piano, respondían a sus notas como si ambos estuvieran destinados a crear una obra que no pertenecía a ninguno de ellos, sino a algo más grande. A algo que ni Farid ni Hakim comprendían por completo.

Sin embargo, la presencia de Hakim ya no era un reflejo en las melodías. El silencio que dejaba se infiltraba entre las notas, envolvía cada acorde como un velo que apagaba la luz de la música. Farid sentía que la creación continuaba, pero se había roto. No sabía cómo seguir, ni cómo llenar el vacío dejado por la ausencia de su amigo, de su compañero. La música seguía fluyendo, sí, pero era diferente. La obra que estaban construyendo juntos ya no era suya, ya no era de ellos. Ahora, pertenecía a algo que ninguno de los dos podía comprender. A algo que los había trascendido, y que seguiría existiendo mucho después de que se desvanecieran en la niebla del tiempo.

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