Atonatiuh: la habitación del día de su muerte

RC·002 · Tenochtitlan

—Sólo hay una habitación en este palacio que no debes abrir nunca —dijo Ácatl.

Habían pasado por la biblioteca, por los salones donde guardaban fieras y por una terraza en la que gritaban los papagayos. Los esclavos levantaban las telas para dejarlos pasar. Atonatiuh se detenía ante cada puerta.

—¿Cuál es?

El ceremoniero se volvió hacia él.

—La habitación del día de tu muerte, joven dios.

En el balcón lo esperaba la ciudad. Cuando se asomó, la multitud gritó. Atonatiuh miró los brazos levantados, las plumas, el agua que brillaba más allá de los templos. Todo aquello, le habían dicho, vivía gracias a él.

Ácatl le apoyó la mano en el brazo y lo condujo otra vez al interior. Nadie dejó de inclinarse a su paso. Nadie le preguntó adónde quería ir.

Mucho después, al comenzar la fiesta de mayo, Atonatiuh pensó que había llegado por fin a la habitación prohibida. No tenía paredes. Era una piedra al aire libre, en lo alto de la pirámide.

Desde allí vio la irrupción de los españoles. El ruido llegó deshecho: gritos, metal, un tambor que no conseguía callarse. Durante un instante estuvo convencido de que la matanza era culpa suya. Tenía que morir; para eso lo habían vestido, alimentado, enseñado a cantar.

Un muchacho tlaxcalteca cortó las ligaduras. Atonatiuh sintió primero el aire en la muñeca. Luego el dolor de los brazos al moverlos. El otro lo miró como si esperara que se levantara.

El sacerdote ya no estaba. Los soldados lo habían arrojado por la escalinata. Abajo, entre cuerpos y gente que intentaba huir, el paso se abría y volvía a cerrarse.

Atonatiuh bajó lentamente junto al tlaxcalteca. La multitud se apartaba con la reverencia de quien ve volver a un muerto. A cada peldaño le costaba menos respirar y más reconocer la ciudad que había sido suya.

No había visto el rostro del sol. Tenía una muñeca libre, una mano junto a la suya y la escalera por delante.

Al margen

En el borde de la hoja, Isaac escribe Comneno. Después lo borra. No encuentra a Atonatiuh en los papeles de la familia; insiste en buscarlo entre los nombres que esos papeles dejan fuera.

Ángel Comneno · Banda sonora

Farid Becomes a Tree

Desde el cuaderno

Metamorfosis

Sólo a través del fuego del cambio
se revela el camino de la luz,
la metamorfosis sagrada,
donde el sacrificio es puente
y el sufrimiento, un río hacia lo divino.

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