Ácatl

Archivo / Núcleo del personaje

Una mano guía al joven dios hacia el interior del palacio.

Ácatl · Reloj de Ciudad de México

Emisión del día · 04/11/2026

¿Qué viniste a filmar tú?

2001, verano (fecha aproximada). Apartamento en San Antonio de los Baños. Tarde (hora aproximada).

Cierran la puerta.

Y ahí sí, “conversamos”.

Se besan.

No hay transición elegante.

Un segundo están hablando; al siguiente están uno encima del otro diciendo «te extrañé», que es una frase que en boca ajena siempre le parece ridícula hasta que la dice él.

Después Tony suspira:

—Ay, Dios, qué diría mi mamá.

Eso sí le hace reír.

Cuando todo termina se quedan desnudos sobre la cama. Abrazados primero. Hablan bajito, como si alguien pudiera escucharlos detrás de la pared, y poco a poco olvidan la precaución. En media hora son ya dos cubanos gritones aunque uno de ellos haya nacido en México. La habitación es pelona, amarilla, sin cuadros, casi sin libros. Afuera llueve. Aquí adentro se está bien y eso basta para sentir que durante algunas horas les pertenece.

Tony pregunta qué hace en Cuba.

—Un documental.

—¿De qué?

—De ustedes.

—Ah.

—Qué entusiasmo.

Se ríe.

Le explica. Unos yumas han dado dinero a una amiga y a él para entrevistar a doce muchachos cubanos. Además da clases en la Escuela de Cine. Todavía no sabe exactamente qué película están haciendo y ésa es una de las cosas que no le dice.

Saca la cámara digital.

La enciende.

No aprieta todavía el botón rojo.

Tony mira hacia el lente.

—¿Ya?

—No.

—¿Entonces?

—Estamos ensayando.

Le hace una pregunta.

Responde.

Otra.

Dice poco. Sonríe, se humedece los labios y empieza a representar otra película. Se recuesta, arquea la espalda, juega con la cámara aunque la cámara todavía no está grabando. Tony sabe perfectamente cuándo lo están mirando y, sobre todo, sabe hacer algo con esa mirada.

Ahora aprieta el botón rojo.

Por puro gusto.

Graba.

Durante unos segundos el documental desaparece.

Queda Tony haciendo el Tony.

Afuera pasa el tiempo. Las ranas empiezan a callarse. En alguna casa un campesino debe estar regresando del trabajo. Todo eso ocurre mientras una cámara digital registra a un muchacho recostado en una habitación amarilla.

Después Tony se viste.

Él mira por la ventana. Hay un sembradío que podría ser maíz. Piensa nuevamente que podría ser un personaje magnífico para el documental. En Nueva York habían acordado que uno de los doce debía ser gay. Ahora esa decisión le parece sospechosamente administrativa: necesitan un campesino, una muchacha, un estudiante, un homosexual, como si un país pudiera dividirse en doce casillas.

Se sientan en la cama.

Esta vez muy formales.

Aprieta el botón.

Tony habla de su padre, que está en Pinar del Río. No lo ve desde que tiene quince años. Su madre se hizo cargo de él. Se lleva bien con su hermana. Habla un poco de clientes. No demasiado.

Después menciona a un amigo.

—Él fue el primero que me llevó al Coppelia.

—¿A tomar helado?

Tony sonríe.

—A “platicar”. Suelto la carcajada. “Tomar helados” me entero, además, es en el lenguaje de los jineteros de La Habana ejercer precisamente su oficio. 

—¿Y tú… ?

Sonríe coquetísimo. 

—Pues yo vendo helados.

Evidentemente nadie habla de helados ya. 

Tony sigue hablando de vender helados en el Coppelia pero en un instante él ya se está escuchando a sí mismo.

—Apaga eso —ordena. 

La apaga.

—No quiero que salga.

—No va a salir.

Se tapa la cara.

Después se acomoda en la cama y permanece callado.

La cámara está entre ellos.

—¿Quieres que borre lo que grabé?

Levanta la mirada.

—¿Puedes?

—Sí.

—Después.

No sabe si significa que lo decida después o que lo borre después.

Entonces hace algo que no espera.

Extiende la mano.

—Dámela.

Le entrega la cámara y piensa que va a borrar lo que grabó. Le parece justo, pero no. La pesa. Le da vuelta. Aprieta dos botones. Una luz parpadea. Se siente inmediatamente cómodo con ella, como si hubiera estado esperando que el objeto cambiara de dueño.

Le apunta.

Él levanta una mano.

—Eh.

Tony sonríe.

—Ahora tú.

—Yo qué.

—Habla.

—¿De qué?

—¿Qué viniste a filmar a Cuba?

—Ya te dije.

—No. Eso es el trabajo.

Lo mira por detrás de la cámara.

—¿Qué viniste a filmar tú?

La pregunta lo descoloca. Es claro que se siente mejor siendo dueño del punto de vista. Le da una autoridad que le preocupa éticamente.

—Quiero hacer un documental.

—¿De qué?

No sabe por qué le dice:

—Del primer beso que le di a un muchacho.

Tony espera.

—Tenía doce años.

—¿Tú?

—Yo.

—Ah.

—Él también era un niño. Chileno. Después volvió a Chile cuando regresó la democracia.

Tony mantiene la cámara fija.

Ahora es él quien mira el punto oscuro del lente.

—Hace mucho que quiero filmarlo —dice sinceramente—. Lo apodaban en la escuela El Pequeño Samurái. 

—¿Por qué?

No sabe. 

Debería tener una respuesta. Quiere hacer una película sobre aquello y, sin embargo, no sabe contestar la primera pregunta.

—Porque así lo llamaban. Porque se sentaba como samurái, qué sé. 

Tony baja un poco la cámara.

—Eso no es un por qué.

—Lo sé —y se siente avergonzado sin saber la razón.

Tony vuelve a levantar la cámara. Ahora está pensando en el beso. Y luego en el lugar, el miedo. La sensación de que algo había ocurrido y que nadie podía saberlo todavía.

—Supongo que quiero hacer una película sobre eso porque después todo se volvió muy complicado.

Tony no dice nada.

Él continúa.

—Quiero volver al momento en que todavía no lo era.

—¿No era qué?

—Complicado.

Tony sonríe.

—Eso sí está difícil.

Tiene razón.

Guía de Canales / Lectura A–B–C

1 capítulos · Orden del manuscrito

Las fechas orientan; la secuencia sigue Scrivener.

  1. Atonatiuh: la habitación del día de su muerte

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