F0038 · 21 de enero de 1491 — Farid en el castillo de Aguilar

F0038 · El Reino Cimarrón / Fuera del tiempo

El 21 de enero de 1491, los salones del castillo de los duques de Aguilar brillaban con un resplandor casi sobrenatural. Las antorchas, colocadas estratégicamente en las paredes de piedra, iluminaban el gran salón donde la nobleza castellana se reunía en celebración del nacimiento de Garci, el nieto del duque. La atmósfera estaba cargada de murmullos, intrigas y emociones contenidas, como si algo invisible se deslizara entre los invitados, tensando el aire.

Jorge, de pie junto a una columna, observaba a Inés desde el extremo del salón. Su figura se destacaba entre las damas que la rodeaban. Reía con una suavidad que parecía un susurro, y la luz de las velas delineaba su rostro con una delicadeza casi irreal. Jorge había decidido: haría de Inés su esposa. Había amado antes, pero nunca de esa manera. Sin embargo, no podía ignorar la inquietud que lo atravesaba como una punzada. Una parte de él sabía que no solo era Inés quien ocupaba sus pensamientos. Farid, el esclavo mudo que Hákim había traído consigo, estaba allí, como un fantasma que desafía ser ignorado.

La mirada de Jorge se posó en Farid, quien permanecía de pie cerca de una mesa, con una serenidad que no parecía natural. Había algo en su porte, en su rostro cubierto por una máscara sencilla, que atraía la atención de todos en el salón, aunque nadie se atreviera a acercarse. Jorge, impulsado por una mezcla de desafío y curiosidad, cruzó el salón y se detuvo frente a él. Sin decir una palabra, levantó la máscara que cubría el rostro de Farid.

El tiempo pareció detenerse. El rostro de Farid, revelado ante la luz cálida de las antorchas, era de una belleza perturbadora, como una estatua antigua cobrada a la vida. Los murmullos estallaron en el salón, pero Jorge no apartó la mirada. En ese instante, algo se rompió dentro de él. Farid no era solo un esclavo; era un espejo, un reflejo de todas las carencias y anhelos que Jorge había intentado ignorar. Había algo en él que lo desarmaba completamente, algo que lo enfrentaba a su propia humanidad.

Desde un rincón del salón, el cardenal del Monte observaba la escena con ojos calculadores. Era un hombre de facciones severas, acostumbrado a manipular las intrigas de la corte con maestría. Pero la presencia de Farid lo desconcertaba. Había algo en ese joven que escapaba a su comprensión, algo que intuía como un peligro. Aunque aún no lo sabía, esa noche marcaría el inicio de su propia caída. Alberto, el hombre al que el cardenal subestimaba, se convertiría en su verdugo, y la sangre de su asesinato sería el catalizador de un destino que él creía controlar.

Mientras tanto, Inés, atraída por una fuerza que no entendía, se acercó a Farid. Con una delicadeza que parecía casi un susurro, tocó su mano. Jorge, que había retrocedido unos pasos, observó el gesto con una mezcla de celos y resignación. Inés no parecía ser consciente de las miradas que la seguían, de las tensiones que su simple gesto generaba. Para ella, todo lo demás desaparecía cuando estaba cerca de Farid. Aunque no podía hablar, aunque pertenecía a un mundo ajeno al suyo, Inés lo amaba.

Hákim, quien se mantenía en las sombras, observaba todo con la calma de alguien que ha aprendido a no interferir con el destino. Sabía que Farid no era un joven cualquiera. Había perdido su voz al convertirse en albatros, un sacrificio que lo había marcado para siempre. Pero también sabía algo que nadie más entendía: Alberto, el hombre que parecía destinado a cruzar sus caminos, sería quien le devolviera la voz a Farid, y con ella, la capacidad de cambiar sus vidas para siempre.

A medida que la noche avanzaba, las tensiones en el salón crecían como una tormenta que se acerca. Jorge, Hákim y hasta el propio duque de Aguilar comenzaron a comprender una verdad inquietante: Farid no era solo un esclavo mudo. Era un eje, un punto de convergencia para sus deseos, sus temores y sus secretos más ocultos. Era como si la gravedad misma del castillo girara en torno a él, atrayéndolos hacia un destino que aún no podían comprender del todo.

La música continuó llenando el salón, pero ninguno de los presentes sería el mismo después de esa noche. Las brasas de sus emociones, alimentadas por la presencia de Farid, comenzaban a encender un fuego que consumiría todo a su paso.

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