F0154 · El tamaño del mundo

F0154 · El Reino Cimarrón / El tamaño del mundo

Alberto comentó que se sabía que el mundo era redondo desde tiempos de los griegos. Y en efecto, sólo la gente supersticiosa y sin educación podía imaginar que el mundo fuera plano. Se trataba de una ilusión óptica que fácilmente con el uso de la lógica podía desmontarse. Jorge le pidió a Alberto que por favor no entrara en disquisiciones tomistas. Nada en este castillo puede resumir a ese santorro pasado de moda, dijo. En efecto, era sabido que el mundo era redondo, pero no había modo de confirmar que lo era. Y más, no había modo de confirmar su tamaño. Las mediciones más exactas basadas en trigonometría no eran del todo confiables. Se encontraban en una teoría. Una teoría que había llegado el momento de confirmar. Por supuesto, dijo Jorge, no se trataba sólo de un interés puramente teórico, la idea podía funcionar desde el punto de vista mercantil, desde que se había cerrado el camino del este a causa de la caída de Constantinopla que a él, personalmente lo había afectado tanto, había sido necesario encontrar un camino nuevo y esta era la oportunidad. El problema era claro, este hombre judío, este antiguo espía portugués. Abrazó a Alberto como si fuera un hijo. Le pidió que lo acompañara y le habló de Salvador Fernández, de cómo había sido reclutado y de que a partir de aquel día se enteraría de cosas que era mejor no revelar. Alberto prometió que no revelaría nada.

El monje dejó de vestir como tal. Se hizo de un magnífico guardarropa que pagó Isaac. El esclavo lo acompañó con los mejores sastres de Roma y vistió de seda y armín. Pareció despertar también el tacto y los otros sentidos menores, el gusto y el olfato. Se complacía en el olor de las naranjas y el agridulce aroma de Farid junto a él; se complacía en el roce de las telas que compraban juntos sin olvidarse de los sentidos mayores que lo informaban de la belleza del esclavo, de su voz.

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