F0181 · Viene a observar

F0181 · El Reino Cimarrón / Viene a observar

Diciembre de 1520

El aire en el campamento cercano a Tlaxcala era helado, y las estrellas parecían brillar con una intensidad inusual, como si presenciaran con indiferencia los acontecimientos que se desarrollaban bajo su mirada. Las fogatas crepitaban, arrojando chispas al cielo, iluminando los rostros marcados de los soldados españoles y sus aliados indígenas, quienes compartían el espacio en una mezcla de cansancio, expectativa y recelo.

En el centro de una de las tiendas, Gonzalo de Sandoval inclinaba la cabeza sobre un mapa improvisado. Sus ojos recorrían los trazos irregulares que delineaban los territorios que aún se resistían a someterse. Sus hombres, reunidos a su alrededor, escuchaban en silencio mientras el capitán explicaba la misión encomendada por Cortés: asegurar la ruta de avituallamiento desde la costa y desmantelar las guarniciones aztecas en Zautla y Xalacingo.

—No hay margen para errores —dijo Sandoval con firmeza—. Cada paso que damos nos acerca a Tenochtitlan, pero también nos expone. Si fallamos en esta misión, no habrá segunda oportunidad.

Mientras tanto, en otro rincón del campamento, un grupo de soldados hablaba en voz baja. Uno de ellos sostenía un pequeño libro que se decía había llegado desde Europa. En sus páginas, las palabras de Lutero ardían con la misma intensidad con la que el reformador alemán había quemado la bula Exsurge Domine y la Suma Teológica de Santo Tomás de Aquino.

—Dicen que desafió al Papa —comentó uno de los soldados, su voz cargada de incredulidad.

—Y dicen que el Papa lo llamó hijo del demonio —añadió otro, dejando escapar una risa amarga.

La discusión, aunque lejana, reflejaba las tensiones que cruzaban océanos y tierras, tensiones que parecían resonar incluso en aquel campamento donde las llamas iluminaban más que los rostros: iluminaban las fisuras de un mundo que se reconfiguraba.

De repente, una figura apareció entre las sombras, envuelta en un manto blanco que brillaba como la luz de la luna. Era la Virgen de la Tribulación. Su aparición silenció el campamento; los soldados, incrédulos, cayeron de rodillas. Sus manos, extendidas como si ofrecieran consuelo, parecían invocar una paz que contrastaba con la violencia que los había llevado hasta allí.

Atonatiuh observaba desde un rincón apartado, su rostro impasible, pero sus ojos revelaban un tumulto interno. Junto a él, Farid, como siempre una figura enigmática, inclinó ligeramente la cabeza, como si estudiara la visión con una mezcla de curiosidad y escepticismo.

—¿Crees que nos habla a todos? —preguntó Atonatiuh en un susurro apenas audible.

Farid no respondió de inmediato. Sus ojos permanecieron fijos en la Virgen, pero su voz, cuando habló, era serena.

—A veces, lo divino no viene a hablar. Viene a observar.

Atonatiuh no supo qué responder. La imagen de la Virgen se desvaneció tan repentinamente como había aparecido, dejando tras de sí un silencio pesado, como si el campamento entero contuviera la respiración.

Mientras tanto, en Tlaxcala, Hernán Cortés supervisaba la construcción de los bergantines. Sus manos recorrían los planos con una precisión casi obsesiva. Sabía que esas embarcaciones serían clave para retomar el control del lago y asediar Tenochtitlan. Su determinación era palpable, una fuerza que parecía contagiarse a todos a su alrededor.

La noche avanzaba, y aunque el frío calaba hasta los huesos, el fuego del espíritu humano ardía con más fuerza en aquel campamento. Soldados, tlaxcaltecas, y figuras como Atonatiuh y Farid permanecían bajo las estrellas, conscientes de que el destino de dos mundos colisionaba en ese lugar, en ese tiempo.

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