02 · El Reino Cimarrón / Fuera del tiempo
Crónica del Reino / Manuscrito Antiguo
12 de septiembre de 1985 · Voz ficcional: Alejo Comneno
I
En La Hacienda Comneno hay un árbol genealógico que comienza en Georgia y termina, después de algunas interrupciones, en una familia de Ciudad de México. Alejo lo ha visto desde niño. Hay nombres escritos en armenio, en griego y en otras lenguas que su padre dice poder reconocer, fotografías de hombres con bigotes muy cuidados y mujeres vestidas de negro, cartas que han pasado de una generación a otra y un tramo de la historia familiar que nadie parece conocer demasiado bien. Su padre asegura que los Comneno descienden de una de las dinastías imperiales de Bizancio. Si Alejo le pregunta cómo llegaron hasta México, su padre comienza a contar una historia que cambia ligeramente cada vez que la repite.
—Primero estuvieron en Georgia.
—Eso ya lo sé.
—Entonces, ¿para qué preguntas?
Su padre es palestino y matemático. Su familia ha pasado por la Nakba y por otros desplazamientos que Alejo no consigue ordenar cronológicamente. Sabe que hubo casas abandonadas, ciudades que cambiaron de nombre y parientes que se quedaron en lugares a los que ya no era posible regresar. Pero también sabe que los Comneno existieron y que fueron emperadores en Constantinopla. Le parece extraordinario que su familia haya conseguido pasar de una cosa a otra.
Una tarde le pregunta a su padre dónde están los documentos que prueban el parentesco.
—Hay muchos documentos.
—Pero ¿cuál lo prueba?
Su padre busca entre unos papeles y encuentra una fotografía. Alejo la reconoce. Es un hombre con uniforme militar que mira a la cámara con una expresión solemne.
—Éste es tu bisabuelo.
—Ya sé quién es.
—Entonces empieza por ahí.
Alejo piensa que su padre se está burlando de él, pero no está seguro.
Su madre tiene menos interés por Bizancio que por la educación de sus hijos. Es judía y se ha convertido al catolicismo. Le parece que la religión debe practicarse y no simplemente heredarse, y por eso insiste en que todos pasen alguna temporada en escuelas religiosas, internados o seminarios. Considera que levantarse temprano es una virtud y que la formación espiritual puede resolver algunas de las dificultades que una familia con demasiados hijos, demasiado dinero y demasiadas opiniones parece incapaz de solucionar por sí sola.
Isaac asegura que su madre quiere convertirlos a todos en sacerdotes para que no se casen.
—Eso es una estupidez —dice Alejo.
—Entonces, ¿por qué nos manda a los seminarios?
Alejo no contesta.
Su hermano ha decidido que será pianista y que vivirá de una beca. Alejo, en cambio, ha comenzado a interesarse por los santos que abandonaron sus casas y se marcharon a vivir entre desconocidos. En la biblioteca familiar encuentra la historia de san Alejo de Roma, un joven de familia rica que renuncia a su matrimonio, abandona a sus padres y vive durante años como mendigo. Después regresa a su casa sin revelar quién es y permanece bajo una escalera hasta que muere. Sólo entonces descubren su identidad.
Lo que más impresiona a Alejo no es que el santo haya abandonado sus riquezas. Le parece que eso podría hacerlo cualquiera suficientemente decidido. Lo extraordinario es que haya conseguido vivir junto a sus padres sin decirles quién era.
Isaac no está de acuerdo.
—Eso es una crueldad.
—¿Por qué?
—Imagínate a mamá creyendo que estamos muertos mientras vivimos debajo de su escalera.
—San Alejo no estaba muerto.
—Precisamente.
Alejo intenta explicarle que el santo quería vivir sin que nadie conociera su nombre ni su procedencia. Isaac responde que se puede ser pobre sin hacer sufrir de esa manera a la propia madre. La discusión termina cuando Alejo le dice que no entiende nada de la vida de los santos e Isaac contesta que no le interesa entender una estupidez.
En Cuetzalan, la familia tiene una propiedad llamada La Hacienda Comneno. Los hermanos la llaman el Sitio. Hay varias casas, caminos de piedra, una piscina y jardines que se prolongan hacia el bosque. Durante años, nadie se preocupa demasiado por establecer dónde termina el terreno familiar y dónde comienza el de los Ferretis. La niebla hace todavía más difícil distinguir los límites.
A Alejo le gusta caminar temprano, cuando no se ve más allá de unos cuantos metros y las casas aparecen poco a poco entre los árboles. En esas mañanas comprende algo de la historia del santo romano. Es posible vivir junto a una casa sin que nadie sepa que uno está allí. Basta con no hacer ruido y permanecer inmóvil mientras la niebla termina de cubrirlo todo.
Un día Isaac le pregunta si piensa irse para siempre a un monasterio.
—No sé.
—Pues decide pronto para quedarme con tu cuarto.
Alejo le dice que puede quedárselo desde ahora.
Isaac no entiende por qué aquello lo irrita.
II
En Roma, Alejo vive cerca del Aventino. Ha viajado para estudiar y lleva varias semanas intentando acostumbrarse a una ciudad en la que las iglesias se confunden con los edificios de viviendas, los autobuses pasan junto a ruinas de dos mil años y los sacerdotes caminan por la calle como cualquier otro hombre que tiene prisa por llegar a alguna parte.
La primera vez que visita la basílica de los santos Bonifacio y Alejo permanece mucho tiempo contemplando el lugar donde, según la tradición, vivió el santo debajo de la escalera de la casa paterna.
Le sorprende que la escalera esté dentro de una iglesia. Siempre había imaginado una construcción doméstica, un lugar oscuro por el que pasarían diariamente los criados llevando comida o limpiando la casa. Ahora encuentra flores, imágenes religiosas y visitantes que se detienen a mirar aquello que queda de una historia ocurrida muchos siglos atrás.
Se pregunta cómo sería vivir durante años debajo de una escalera sin que nadie supiera quién es uno. Después recuerda que la historia pertenece a una tradición hagiográfica y que no todos sus detalles pueden comprobarse. Le molesta un poco pensar en eso mientras está rezando.
En la biblioteca ha leído las vidas de los Padres del Desierto. Le gustan particularmente las historias en que un monje pregunta algo extraordinariamente complicado y el anciano responde con tres palabras. A veces no entiende las respuestas, pero supone que precisamente por eso son importantes.
En su cuaderno copia una sentencia:
Un hermano preguntó al anciano cómo debía salvarse. El anciano le respondió: permanece en tu celda y tu celda te enseñará todas las cosas.
Alejo quisiera tener una celda.
Su habitación es pequeña, pero tiene una ventana que da a la calle. Por las mañanas se escucha el ruido de los vehículos y a veces alguien grita desde la acera. Hay un escritorio, una cama y un armario en el que guarda más ropa de la que considera necesaria.
Una noche decide que va a desprenderse de algunas cosas. Extiende sobre la cama sus camisas, dos pantalones que casi no utiliza, varios libros y un par de zapatos demasiado elegantes para la vida que pretende llevar. Durante más de una hora intenta decidir qué conservar. Finalmente guarda todo otra vez.
Le parece absurdo tener que elegir entre dos camisas cuando san Alejo había conseguido abandonar una casa entera.
Al día siguiente se confiesa.
El sacerdote escucha sus dificultades con la pobreza, la obediencia y la humildad. Alejo habla largamente de la vanidad. Dice que siente una satisfacción demasiado grande cuando consigue ayunar, cuando se levanta antes que sus compañeros o cuando alguien lo felicita por su disciplina.
—¿Y qué quieres hacer? —pregunta el sacerdote.
—Dejar de ser vanidoso.
—Entonces deja de estar tan pendiente de ti mismo.
Alejo considera que aquella respuesta es demasiado sencilla.
Sale del confesionario y compra un libro sobre los primeros monjes de Egipto.
III
Una tarde comienza a llover mientras Alejo está en la iglesia de San Alessio. La lluvia es tan fina que apenas moja las piedras del Aventino, pero cuando sale encuentra que las banquetas están resbalosas y que el agua se acumula junto a las ruedas de los automóviles.
Decide bajar caminando hacia el río.
Lleva varios días pensando en su hermano. Isaac está ensayando con la Carlos Chávez y se ha mudado a un departamento cerca de la Ollin Yoliztli. Le ha contado que vive prácticamente solo y que ya no necesita pedir dinero en su casa. Alejo sabe que eso no es del todo cierto, pero le parece que Isaac está haciendo algo semejante a lo que él mismo intenta en Roma.
La diferencia es que Isaac no pretende ser santo.
A veces Alejo sospecha que por eso puede hacer las cosas con mayor facilidad.
Cuando llega a un cruce encuentra a un mendigo que pide dinero a los automovilistas detenidos frente al semáforo. Es un hombre viejo, de barba irregular y pelo gris. Lleva un abrigo demasiado grande y unos zapatos que parecen haberse mojado muchas veces.
Alejo pasa junto a él.
Después se detiene.
El hombre sigue extendiendo la mano hacia los automóviles. Nadie le presta demasiada atención. Una mujer le entrega unas monedas sin abrir completamente la ventanilla.
Alejo regresa unos pasos.
Por alguna razón que no comprende, piensa en san Alejo.
No se trata solamente de la barba ni del abrigo. El hombre permanece ligeramente encorvado y tiene una manera particular de inclinar la cabeza cuando alguien le habla. Parece avergonzado de recibir dinero, aunque continúa pidiéndolo.
Alejo lo observa desde la acera de enfrente.
El semáforo cambia de color.
Se pregunta si podría ser realmente el santo. No sabe por qué se le ha ocurrido semejante cosa. San Alejo murió hace muchos siglos, y si se apareciera en Roma seguramente tendría algo más importante que hacer que pedir monedas junto a un semáforo.
Sin embargo, no consigue marcharse.
Recuerda que los santos han aparecido muchas veces bajo el aspecto de mendigos. También recuerda algunos relatos en los que los monjes reciben a un desconocido y descubren después que era Cristo.
Alejo quisiera cruzar la calle y preguntarle algo.
Pero ¿qué podría preguntarle?
Si le pidiera que dijera quién es, probablemente el hombre respondería con su nombre. Si le preguntara dónde vive, tal vez le indicaría una calle o algún albergue. Y si le dijera que se parece a san Alejo, lo más probable es que el mendigo creyera que está loco.
El semáforo vuelve a cambiar.
Alejo piensa que debería ofrecerle dinero. Busca en el bolsillo del abrigo y encuentra algunas monedas.
Entonces comprende que no quiere acercarse al hombre para ayudarlo, sino para averiguar algo acerca de sí mismo.
La idea le produce una vergüenza considerable.
Ha pasado toda la mañana rezando ante la memoria de un santo que renunció a ser reconocido y ahora quisiera que un mendigo lo reconociera a él.
Cruza finalmente la calle.
Cuando llega al otro lado, el hombre ha comenzado a caminar hacia una esquina. Alejo lo sigue unos metros, pero después se detiene. No tiene ninguna razón para perseguirlo.
Guarda las monedas.
Esa noche no consigue rezar con tranquilidad.
IV
Alejo comienza a escribir apotegmas.
No sabe exactamente por qué. Ha estado leyendo las colecciones de sentencias de los Padres del Desierto y le gusta su manera de contar historias. Un hermano visita a un anciano, le hace una pregunta y recibe una respuesta que parece no tener relación con lo que ha preguntado. Después pasan muchos años y el hermano comprende.
A Alejo le gustaría que las conversaciones fueran así.
En el seminario, en cambio, todo el mundo habla demasiado.
Los estudiantes discuten sobre teología, sobre obediencia y sobre las órdenes religiosas a las que piensan ingresar. Algunos están convencidos de que Dios los ha llamado a realizar grandes cosas. Otros critican a los superiores y después se apresuran a cumplir cualquier encargo para que los tengan en buena consideración.
Alejo no cree ser diferente, aunque le parece que al menos él conoce sus defectos.
Escribe en un cuaderno:
Un hermano preguntó a Alejo:
—¿Cómo sabré que he vencido una tentación?
Y el anciano respondió:
—Cuando dejes de necesitar saberlo.
Lee la frase varias veces.
Le gusta.
Después piensa que es posible que también sea una tontería. La deja escrita porque no sabe cómo mejorarla.
Unos días más tarde, después de escuchar a un seminarista explicar durante la comida que Dios le ha concedido gracias especiales, escribe otro:
Dijo Alejo:
Quien quiere ser santo para que Dios lo vea todavía quiere ser visto.
Éste le gusta más.
Comienza a escribirlos durante las clases, en el autobús y antes de dormir. Algunos tratan sobre el ayuno y otros sobre la pobreza. Hay uno dedicado a los monjes que se ofenden cuando nadie agradece los trabajos que realizan en el monasterio. Otro habla de un hombre que guarda silencio durante toda su vida, pero se enorgullece tanto de ello que termina convirtiendo su silencio en la conversación más larga de la comunidad.
A veces atribuye las sentencias a san Alejo. Otras veces escribe simplemente Dijo el anciano.
No pretende hacerlas pasar por textos antiguos. Le divierte imaginar que los problemas de los estudiantes del seminario ya estaban presentes entre los monjes egipcios.
Una noche vuelve a pensar en el mendigo romano.
Escribe:
Preguntaron a Alejo dónde debía buscarse a Dios.
Y respondió:
Primero deja de preguntarte dónde estás tú.
Se queda mirando la página.
Recuerda al hombre del semáforo y siente que la frase no dice exactamente lo que quisiera. La vuelve a leer y tiene la impresión de que está intentando escribir algo demasiado importante.
Al día siguiente le parece pretenciosa.
No la borra.
V
Su madre recibe por correo algunos apotegmas.
Alejo los ha copiado en hojas limpias porque sabe que ella conserva todas las cartas de sus hijos. Durante una llamada telefónica, su madre le dice que los ha leído y que le parecen muy bonitos.
—¿Los escribiste tú?
—Sí, mamá.
—Pero aquí dice san Alejo.
—Es un juego.
—Ah.
Su madre guarda las hojas en una carpeta donde conserva documentos familiares, certificados escolares, fotografías y algunas de las supuestas pruebas de la ascendencia Comneno.
Cuando Isaac regresa a La Hacienda Comneno encuentra los papeles sobre una mesa y comienza a leerlos.
—¿Esto lo escribió Alejo?
Su madre asiente.
Isaac lee uno en voz alta y se ríe.
—Pues no está mal.
Después encuentra el del santo que quiere ser visto por Dios.
—Éste está bueno.
Su padre levanta la cabeza.
—¿Qué cosa?
Isaac vuelve a leerlo.
Su padre pide ver los papeles. Examina la letra de Alejo y luego pregunta por qué atribuye sus propias palabras a un santo que vivió hace tantos siglos.
—Porque se llama Alejo —responde su madre.
El padre sonríe.
—Entonces también descendemos de los Comneno.
Isaac deja los apotegmas sobre la mesa y busca papel para escribir a su hermano.
Le cuenta que su madre ha puesto las sentencias junto a los documentos de la familia y que su padre está cada vez más convencido de que todos fueron emperadores.
Alejo recibe la carta unos días después.
No le hace demasiada gracia.
Le responde que la ascendencia familiar es una cosa y los apotegmas otra. Añade que nunca ha pretendido engañar a nadie y que los Padres del Desierto también recogían enseñanzas que habían sido transmitidas oralmente durante generaciones.
Isaac le contesta que, si continúa escribiendo así, terminarán por encontrar sus apotegmas entre los documentos que prueban la existencia del Imperio bizantino.
Alejo decide no responder.
Pero escribe una nueva sentencia:
Un hombre pasó la vida demostrando que descendía de emperadores.
Cuando murió llegó desnudo ante Dios.
Dios le preguntó:
—¿Y?
Esta vez se ríe mientras la escribe.
VI
En Cuetzalan, la niebla vuelve a cubrir La Hacienda Comneno.
Alejo ha regresado por unos días y encuentra que su hermano ha llenado varios cuadernos con nombres de personajes griegos, referencias a poemas desaparecidos y dibujos de una manzana que parece estar pudriéndose.
Isaac continúa interesado en las Ciprias.
Ha leído que Eris, la Discordia, arrojó una manzana durante las bodas de Peleo y Tetis. La manzana llevaba una inscripción dedicada a la más bella y provocó la disputa entre Hera, Atenea y Afrodita. Paris tuvo que elegir y su elección terminó relacionada con una guerra en la que murieron innumerables hombres.
Alejo escucha la explicación mientras caminan por uno de los senderos del Sitio.
—¿Y por qué una manzana?
—No sé.
—¿Y por qué dorada?
—Eso es lo que siempre dicen.
Isaac le muestra un dibujo que ha hecho en su cuaderno. La manzana es negra y tiene una pequeña mancha brillante en uno de los lados.
—Yo creo que era así.
—Parece podrida.
—Precisamente.
Alejo observa el dibujo.
Le parece que su hermano ha dedicado demasiadas horas a imaginar una fruta, pero le interesa el hecho de que toda la historia dependa de una inscripción.
—¿Qué decía exactamente?
—Para la más bella.
—¿Y las tres querían la manzana?
—Sí.
—Entonces ninguna sabía cuál era la más bella.
Isaac lo mira.
—Por eso tuvieron que preguntarle a Paris.
Alejo vuelve a observar el dibujo. Piensa que las tres diosas ya eran hermosas antes de que Eris arrojara la manzana. Nada había cambiado en ellas, salvo la necesidad de que alguien decidiera cuál era superior a las otras.
Recuerda al mendigo de Roma.
Le parece que él también había querido que alguien le dijera qué clase de hombre era.
Pero no se lo cuenta a Isaac.
Siguen caminando entre los árboles. La niebla se ha hecho tan espesa que ya no se distingue el camino hacia la piscina. Isaac dice que podrían estar en cualquier parte del mundo.
—En Troya, por ejemplo.
—En Troya no había tanta humedad.
—Tú qué sabes.
Alejo sonríe.
Más tarde escribe en su cuaderno:
La manzana de Eris no era dorada.
Era negra.
Lo dorado estaba en los ojos de quienes querían recibirla.
No sabe si aquello es un apotegma. Tampoco está seguro de que su hermano esté de acuerdo.
Lo deja entre los demás.
VII
Muchos años después, en La Hacienda Comneno, aparece un cuaderno de tapas púrpuras que contiene algunos de los apotegmas.
Nadie recuerda con precisión quién comenzó a copiar los papeles familiares en aquel cuaderno. Hay páginas escritas con la letra de Alejo, otras que parecen de Isaac y algunas con anotaciones de Tony. Entre los textos hay fotografías, recortes de periódicos y dibujos que no siempre corresponden a la época en que fueron escritos.
Alejo encuentra una sentencia que recuerda haber compuesto en Roma.
Un hombre pasó la vida demostrando que descendía de emperadores.
Al morir llegó desnudo ante Dios.
Dios le preguntó:
—¿Y?
Sonríe.
Debajo aparece otro texto, escrito con tinta diferente:
La manzana de Eris no era dorada.
Era negra.
Lo dorado estaba en los ojos de quienes querían recibirla.
Alejo reconoce la frase, pero no recuerda haberla copiado allí.
Pasa la página.
Encuentra una fotografía de La Hacienda Comneno. La casa apenas se distingue entre la niebla y en primer plano aparece el sendero que conduce hacia la piscina. Debe de ser una de aquellas mañanas en que los hermanos salían a caminar antes del desayuno.
Alejo saca la fotografía del cuaderno.
En el reverso alguien ha escrito, con una letra que no consigue reconocer:
Para la más bella.
Permanece un rato contemplando aquellas palabras.
Después vuelve a mirar la fotografía.
No recuerda quién la tomó.
Tampoco recuerda que hubiera una manzana sobre el muro, junto al sendero, pero allí está, pequeña y oscura, en una esquina de la imagen.
02 · El Reino Cimarrón / Fuera del tiempo
Crónica del Reino / Manuscrito Antiguo
12 de septiembre de 1985 · Voz ficcional: Alejo Comneno
I
En La Hacienda Comneno hay un árbol genealógico que comienza en Georgia y termina, después de algunas interrupciones, en una familia de Ciudad de México. Alejo lo ha visto desde niño. Hay nombres escritos en armenio, en griego y en otras lenguas que su padre dice poder reconocer, fotografías de hombres con bigotes muy cuidados y mujeres vestidas de negro, cartas que han pasado de una generación a otra y un tramo de la historia familiar que nadie parece conocer demasiado bien. Su padre asegura que los Comneno descienden de una de las dinastías imperiales de Bizancio. Si Alejo le pregunta cómo llegaron hasta México, su padre comienza a contar una historia que cambia ligeramente cada vez que la repite.
—Primero estuvieron en Georgia.
—Eso ya lo sé.
—Entonces, ¿para qué preguntas?
Su padre es palestino y matemático. Su familia ha pasado por la Nakba y por otros desplazamientos que Alejo no consigue ordenar cronológicamente. Sabe que hubo casas abandonadas, ciudades que cambiaron de nombre y parientes que se quedaron en lugares a los que ya no era posible regresar. Pero también sabe que los Comneno existieron y que fueron emperadores en Constantinopla. Le parece extraordinario que su familia haya conseguido pasar de una cosa a otra.
Una tarde le pregunta a su padre dónde están los documentos que prueban el parentesco.
—Hay muchos documentos.
—Pero ¿cuál lo prueba?
Su padre busca entre unos papeles y encuentra una fotografía. Alejo la reconoce. Es un hombre con uniforme militar que mira a la cámara con una expresión solemne.
—Éste es tu bisabuelo.
—Ya sé quién es.
—Entonces empieza por ahí.
Alejo piensa que su padre se está burlando de él, pero no está seguro.
Su madre tiene menos interés por Bizancio que por la educación de sus hijos. Es judía y se ha convertido al catolicismo. Le parece que la religión debe practicarse y no simplemente heredarse, y por eso insiste en que todos pasen alguna temporada en escuelas religiosas, internados o seminarios. Considera que levantarse temprano es una virtud y que la formación espiritual puede resolver algunas de las dificultades que una familia con demasiados hijos, demasiado dinero y demasiadas opiniones parece incapaz de solucionar por sí sola.
Isaac asegura que su madre quiere convertirlos a todos en sacerdotes para que no se casen.
—Eso es una estupidez —dice Alejo.
—Entonces, ¿por qué nos manda a los seminarios?
Alejo no contesta.
Su hermano ha decidido que será pianista y que vivirá de una beca. Alejo, en cambio, ha comenzado a interesarse por los santos que abandonaron sus casas y se marcharon a vivir entre desconocidos. En la biblioteca familiar encuentra la historia de san Alejo de Roma, un joven de familia rica que renuncia a su matrimonio, abandona a sus padres y vive durante años como mendigo. Después regresa a su casa sin revelar quién es y permanece bajo una escalera hasta que muere. Sólo entonces descubren su identidad.
Lo que más impresiona a Alejo no es que el santo haya abandonado sus riquezas. Le parece que eso podría hacerlo cualquiera suficientemente decidido. Lo extraordinario es que haya conseguido vivir junto a sus padres sin decirles quién era.
Isaac no está de acuerdo.
—Eso es una crueldad.
—¿Por qué?
—Imagínate a mamá creyendo que estamos muertos mientras vivimos debajo de su escalera.
—San Alejo no estaba muerto.
—Precisamente.
Alejo intenta explicarle que el santo quería vivir sin que nadie conociera su nombre ni su procedencia. Isaac responde que se puede ser pobre sin hacer sufrir de esa manera a la propia madre. La discusión termina cuando Alejo le dice que no entiende nada de la vida de los santos e Isaac contesta que no le interesa entender una estupidez.
En Cuetzalan, la familia tiene una propiedad llamada La Hacienda Comneno. Los hermanos la llaman el Sitio. Hay varias casas, caminos de piedra, una piscina y jardines que se prolongan hacia el bosque. Durante años, nadie se preocupa demasiado por establecer dónde termina el terreno familiar y dónde comienza el de los Ferretis. La niebla hace todavía más difícil distinguir los límites.
A Alejo le gusta caminar temprano, cuando no se ve más allá de unos cuantos metros y las casas aparecen poco a poco entre los árboles. En esas mañanas comprende algo de la historia del santo romano. Es posible vivir junto a una casa sin que nadie sepa que uno está allí. Basta con no hacer ruido y permanecer inmóvil mientras la niebla termina de cubrirlo todo.
Un día Isaac le pregunta si piensa irse para siempre a un monasterio.
—No sé.
—Pues decide pronto para quedarme con tu cuarto.
Alejo le dice que puede quedárselo desde ahora.
Isaac no entiende por qué aquello lo irrita.
II
En Roma, Alejo vive cerca del Aventino. Ha viajado para estudiar y lleva varias semanas intentando acostumbrarse a una ciudad en la que las iglesias se confunden con los edificios de viviendas, los autobuses pasan junto a ruinas de dos mil años y los sacerdotes caminan por la calle como cualquier otro hombre que tiene prisa por llegar a alguna parte.
La primera vez que visita la basílica de los santos Bonifacio y Alejo permanece mucho tiempo contemplando el lugar donde, según la tradición, vivió el santo debajo de la escalera de la casa paterna.
Le sorprende que la escalera esté dentro de una iglesia. Siempre había imaginado una construcción doméstica, un lugar oscuro por el que pasarían diariamente los criados llevando comida o limpiando la casa. Ahora encuentra flores, imágenes religiosas y visitantes que se detienen a mirar aquello que queda de una historia ocurrida muchos siglos atrás.
Se pregunta cómo sería vivir durante años debajo de una escalera sin que nadie supiera quién es uno. Después recuerda que la historia pertenece a una tradición hagiográfica y que no todos sus detalles pueden comprobarse. Le molesta un poco pensar en eso mientras está rezando.
En la biblioteca ha leído las vidas de los Padres del Desierto. Le gustan particularmente las historias en que un monje pregunta algo extraordinariamente complicado y el anciano responde con tres palabras. A veces no entiende las respuestas, pero supone que precisamente por eso son importantes.
En su cuaderno copia una sentencia:
Un hermano preguntó al anciano cómo debía salvarse. El anciano le respondió: permanece en tu celda y tu celda te enseñará todas las cosas.
Alejo quisiera tener una celda.
Su habitación es pequeña, pero tiene una ventana que da a la calle. Por las mañanas se escucha el ruido de los vehículos y a veces alguien grita desde la acera. Hay un escritorio, una cama y un armario en el que guarda más ropa de la que considera necesaria.
Una noche decide que va a desprenderse de algunas cosas. Extiende sobre la cama sus camisas, dos pantalones que casi no utiliza, varios libros y un par de zapatos demasiado elegantes para la vida que pretende llevar. Durante más de una hora intenta decidir qué conservar. Finalmente guarda todo otra vez.
Le parece absurdo tener que elegir entre dos camisas cuando san Alejo había conseguido abandonar una casa entera.
Al día siguiente se confiesa.
El sacerdote escucha sus dificultades con la pobreza, la obediencia y la humildad. Alejo habla largamente de la vanidad. Dice que siente una satisfacción demasiado grande cuando consigue ayunar, cuando se levanta antes que sus compañeros o cuando alguien lo felicita por su disciplina.
—¿Y qué quieres hacer? —pregunta el sacerdote.
—Dejar de ser vanidoso.
—Entonces deja de estar tan pendiente de ti mismo.
Alejo considera que aquella respuesta es demasiado sencilla.
Sale del confesionario y compra un libro sobre los primeros monjes de Egipto.
III
Una tarde comienza a llover mientras Alejo está en la iglesia de San Alessio. La lluvia es tan fina que apenas moja las piedras del Aventino, pero cuando sale encuentra que las banquetas están resbalosas y que el agua se acumula junto a las ruedas de los automóviles.
Decide bajar caminando hacia el río.
Lleva varios días pensando en su hermano. Isaac está ensayando con la Carlos Chávez y se ha mudado a un departamento cerca de la Ollin Yoliztli. Le ha contado que vive prácticamente solo y que ya no necesita pedir dinero en su casa. Alejo sabe que eso no es del todo cierto, pero le parece que Isaac está haciendo algo semejante a lo que él mismo intenta en Roma.
La diferencia es que Isaac no pretende ser santo.
A veces Alejo sospecha que por eso puede hacer las cosas con mayor facilidad.
Cuando llega a un cruce encuentra a un mendigo que pide dinero a los automovilistas detenidos frente al semáforo. Es un hombre viejo, de barba irregular y pelo gris. Lleva un abrigo demasiado grande y unos zapatos que parecen haberse mojado muchas veces.
Alejo pasa junto a él.
Después se detiene.
El hombre sigue extendiendo la mano hacia los automóviles. Nadie le presta demasiada atención. Una mujer le entrega unas monedas sin abrir completamente la ventanilla.
Alejo regresa unos pasos.
Por alguna razón que no comprende, piensa en san Alejo.
No se trata solamente de la barba ni del abrigo. El hombre permanece ligeramente encorvado y tiene una manera particular de inclinar la cabeza cuando alguien le habla. Parece avergonzado de recibir dinero, aunque continúa pidiéndolo.
Alejo lo observa desde la acera de enfrente.
El semáforo cambia de color.
Se pregunta si podría ser realmente el santo. No sabe por qué se le ha ocurrido semejante cosa. San Alejo murió hace muchos siglos, y si se apareciera en Roma seguramente tendría algo más importante que hacer que pedir monedas junto a un semáforo.
Sin embargo, no consigue marcharse.
Recuerda que los santos han aparecido muchas veces bajo el aspecto de mendigos. También recuerda algunos relatos en los que los monjes reciben a un desconocido y descubren después que era Cristo.
Alejo quisiera cruzar la calle y preguntarle algo.
Pero ¿qué podría preguntarle?
Si le pidiera que dijera quién es, probablemente el hombre respondería con su nombre. Si le preguntara dónde vive, tal vez le indicaría una calle o algún albergue. Y si le dijera que se parece a san Alejo, lo más probable es que el mendigo creyera que está loco.
El semáforo vuelve a cambiar.
Alejo piensa que debería ofrecerle dinero. Busca en el bolsillo del abrigo y encuentra algunas monedas.
Entonces comprende que no quiere acercarse al hombre para ayudarlo, sino para averiguar algo acerca de sí mismo.
La idea le produce una vergüenza considerable.
Ha pasado toda la mañana rezando ante la memoria de un santo que renunció a ser reconocido y ahora quisiera que un mendigo lo reconociera a él.
Cruza finalmente la calle.
Cuando llega al otro lado, el hombre ha comenzado a caminar hacia una esquina. Alejo lo sigue unos metros, pero después se detiene. No tiene ninguna razón para perseguirlo.
Guarda las monedas.
Esa noche no consigue rezar con tranquilidad.
IV
Alejo comienza a escribir apotegmas.
No sabe exactamente por qué. Ha estado leyendo las colecciones de sentencias de los Padres del Desierto y le gusta su manera de contar historias. Un hermano visita a un anciano, le hace una pregunta y recibe una respuesta que parece no tener relación con lo que ha preguntado. Después pasan muchos años y el hermano comprende.
A Alejo le gustaría que las conversaciones fueran así.
En el seminario, en cambio, todo el mundo habla demasiado.
Los estudiantes discuten sobre teología, sobre obediencia y sobre las órdenes religiosas a las que piensan ingresar. Algunos están convencidos de que Dios los ha llamado a realizar grandes cosas. Otros critican a los superiores y después se apresuran a cumplir cualquier encargo para que los tengan en buena consideración.
Alejo no cree ser diferente, aunque le parece que al menos él conoce sus defectos.
Escribe en un cuaderno:
Un hermano preguntó a Alejo:
—¿Cómo sabré que he vencido una tentación?
Y el anciano respondió:
—Cuando dejes de necesitar saberlo.
Lee la frase varias veces.
Le gusta.
Después piensa que es posible que también sea una tontería. La deja escrita porque no sabe cómo mejorarla.
Unos días más tarde, después de escuchar a un seminarista explicar durante la comida que Dios le ha concedido gracias especiales, escribe otro:
Dijo Alejo:
Quien quiere ser santo para que Dios lo vea todavía quiere ser visto.
Éste le gusta más.
Comienza a escribirlos durante las clases, en el autobús y antes de dormir. Algunos tratan sobre el ayuno y otros sobre la pobreza. Hay uno dedicado a los monjes que se ofenden cuando nadie agradece los trabajos que realizan en el monasterio. Otro habla de un hombre que guarda silencio durante toda su vida, pero se enorgullece tanto de ello que termina convirtiendo su silencio en la conversación más larga de la comunidad.
A veces atribuye las sentencias a san Alejo. Otras veces escribe simplemente Dijo el anciano.
No pretende hacerlas pasar por textos antiguos. Le divierte imaginar que los problemas de los estudiantes del seminario ya estaban presentes entre los monjes egipcios.
Una noche vuelve a pensar en el mendigo romano.
Escribe:
Preguntaron a Alejo dónde debía buscarse a Dios.
Y respondió:
Primero deja de preguntarte dónde estás tú.
Se queda mirando la página.
Recuerda al hombre del semáforo y siente que la frase no dice exactamente lo que quisiera. La vuelve a leer y tiene la impresión de que está intentando escribir algo demasiado importante.
Al día siguiente le parece pretenciosa.
No la borra.
V
Su madre recibe por correo algunos apotegmas.
Alejo los ha copiado en hojas limpias porque sabe que ella conserva todas las cartas de sus hijos. Durante una llamada telefónica, su madre le dice que los ha leído y que le parecen muy bonitos.
—¿Los escribiste tú?
—Sí, mamá.
—Pero aquí dice san Alejo.
—Es un juego.
—Ah.
Su madre guarda las hojas en una carpeta donde conserva documentos familiares, certificados escolares, fotografías y algunas de las supuestas pruebas de la ascendencia Comneno.
Cuando Isaac regresa a La Hacienda Comneno encuentra los papeles sobre una mesa y comienza a leerlos.
—¿Esto lo escribió Alejo?
Su madre asiente.
Isaac lee uno en voz alta y se ríe.
—Pues no está mal.
Después encuentra el del santo que quiere ser visto por Dios.
—Éste está bueno.
Su padre levanta la cabeza.
—¿Qué cosa?
Isaac vuelve a leerlo.
Su padre pide ver los papeles. Examina la letra de Alejo y luego pregunta por qué atribuye sus propias palabras a un santo que vivió hace tantos siglos.
—Porque se llama Alejo —responde su madre.
El padre sonríe.
—Entonces también descendemos de los Comneno.
Isaac deja los apotegmas sobre la mesa y busca papel para escribir a su hermano.
Le cuenta que su madre ha puesto las sentencias junto a los documentos de la familia y que su padre está cada vez más convencido de que todos fueron emperadores.
Alejo recibe la carta unos días después.
No le hace demasiada gracia.
Le responde que la ascendencia familiar es una cosa y los apotegmas otra. Añade que nunca ha pretendido engañar a nadie y que los Padres del Desierto también recogían enseñanzas que habían sido transmitidas oralmente durante generaciones.
Isaac le contesta que, si continúa escribiendo así, terminarán por encontrar sus apotegmas entre los documentos que prueban la existencia del Imperio bizantino.
Alejo decide no responder.
Pero escribe una nueva sentencia:
Un hombre pasó la vida demostrando que descendía de emperadores.
Cuando murió llegó desnudo ante Dios.
Dios le preguntó:
—¿Y?
Esta vez se ríe mientras la escribe.
VI
En Cuetzalan, la niebla vuelve a cubrir La Hacienda Comneno.
Alejo ha regresado por unos días y encuentra que su hermano ha llenado varios cuadernos con nombres de personajes griegos, referencias a poemas desaparecidos y dibujos de una manzana que parece estar pudriéndose.
Isaac continúa interesado en las Ciprias.
Ha leído que Eris, la Discordia, arrojó una manzana durante las bodas de Peleo y Tetis. La manzana llevaba una inscripción dedicada a la más bella y provocó la disputa entre Hera, Atenea y Afrodita. Paris tuvo que elegir y su elección terminó relacionada con una guerra en la que murieron innumerables hombres.
Alejo escucha la explicación mientras caminan por uno de los senderos del Sitio.
—¿Y por qué una manzana?
—No sé.
—¿Y por qué dorada?
—Eso es lo que siempre dicen.
Isaac le muestra un dibujo que ha hecho en su cuaderno. La manzana es negra y tiene una pequeña mancha brillante en uno de los lados.
—Yo creo que era así.
—Parece podrida.
—Precisamente.
Alejo observa el dibujo.
Le parece que su hermano ha dedicado demasiadas horas a imaginar una fruta, pero le interesa el hecho de que toda la historia dependa de una inscripción.
—¿Qué decía exactamente?
—Para la más bella.
—¿Y las tres querían la manzana?
—Sí.
—Entonces ninguna sabía cuál era la más bella.
Isaac lo mira.
—Por eso tuvieron que preguntarle a Paris.
Alejo vuelve a observar el dibujo. Piensa que las tres diosas ya eran hermosas antes de que Eris arrojara la manzana. Nada había cambiado en ellas, salvo la necesidad de que alguien decidiera cuál era superior a las otras.
Recuerda al mendigo de Roma.
Le parece que él también había querido que alguien le dijera qué clase de hombre era.
Pero no se lo cuenta a Isaac.
Siguen caminando entre los árboles. La niebla se ha hecho tan espesa que ya no se distingue el camino hacia la piscina. Isaac dice que podrían estar en cualquier parte del mundo.
—En Troya, por ejemplo.
—En Troya no había tanta humedad.
—Tú qué sabes.
Alejo sonríe.
Más tarde escribe en su cuaderno:
La manzana de Eris no era dorada.
Era negra.
Lo dorado estaba en los ojos de quienes querían recibirla.
No sabe si aquello es un apotegma. Tampoco está seguro de que su hermano esté de acuerdo.
Lo deja entre los demás.
VII
Muchos años después, en La Hacienda Comneno, aparece un cuaderno de tapas púrpuras que contiene algunos de los apotegmas.
Nadie recuerda con precisión quién comenzó a copiar los papeles familiares en aquel cuaderno. Hay páginas escritas con la letra de Alejo, otras que parecen de Isaac y algunas con anotaciones de Tony. Entre los textos hay fotografías, recortes de periódicos y dibujos que no siempre corresponden a la época en que fueron escritos.
Alejo encuentra una sentencia que recuerda haber compuesto en Roma.
Un hombre pasó la vida demostrando que descendía de emperadores.
Al morir llegó desnudo ante Dios.
Dios le preguntó:
—¿Y?
Sonríe.
Debajo aparece otro texto, escrito con tinta diferente:
La manzana de Eris no era dorada.
Era negra.
Lo dorado estaba en los ojos de quienes querían recibirla.
Alejo reconoce la frase, pero no recuerda haberla copiado allí.
Pasa la página.
Encuentra una fotografía de La Hacienda Comneno. La casa apenas se distingue entre la niebla y en primer plano aparece el sendero que conduce hacia la piscina. Debe de ser una de aquellas mañanas en que los hermanos salían a caminar antes del desayuno.
Alejo saca la fotografía del cuaderno.
En el reverso alguien ha escrito, con una letra que no consigue reconocer:
Para la más bella.
Permanece un rato contemplando aquellas palabras.
Después vuelve a mirar la fotografía.
No recuerda quién la tomó.
Tampoco recuerda que hubiera una manzana sobre el muro, junto al sendero, pero allí está, pequeña y oscura, en una esquina de la imagen.