F0140 · Cuando regresó a su habitación, el señor de Aguilar encontró a…

F0140 · El Reino Cimarrón / Otras transmutaciones

Cuando regresó a su habitación, el señor de Aguilar encontró a sus anfitriones, Jorge Comneno y Al-Hákim, en el despacho. Desde los ventanales, el jardín se extendía bajo la luz de la luna, un escenario perfecto para las discusiones que llenaban el aire de una densidad casi tangible. Hablaban de alquimia, esa ciencia que desafiaba las fronteras entre lo místico y lo racional.

—Según los alquimistas —dijo Jorge con un tono que oscilaba entre lo didáctico y lo poético—, el arte de la transmutación comenzó cuando los mundos vivíamos en el mundo de las ideas platónicas. Ahí, lo único que no cambia es el cambio. Heráclito, quien algunos dicen fue el primer alquimista, ya lo adivinaba.

Al-Hákim escuchaba, pero en su mente, su propia narrativa disputaba aquel título. Para él, el primer alquimista había sido una mujer, una figura de tiempos inmemoriales que había desafiado los límites del conocimiento. La imaginaba descubriendo una planta, probando con cautela un fragmento de su hoja, comprendiendo su sabor, su veneno y su gracia. Ella, la sabia original, había entendido la relación entre el arriba y el abajo, entre los astros y las hierbas, entre el placer y el dolor. Era la madre de la alquimia, la primera en descifrar el lenguaje de la vida y la muerte, la portadora del conocimiento del primer jardín.

Los tres hombres bebían láudano, un veneno que adormecía la razón y avivaba los sueños. Solo Al-Hákim, acostumbrado a resistir los efectos de la droga desde sus años como gobernante en Egipto, mantenía su lucidez. En un rincón de la sala, Farid tocaba el duduk, sus notas tristes y prolongadas envolviendo el aire como una niebla que distorsionaba la percepción del tiempo.

—Lo que debe interesarnos ahora son otro tipo de transmutaciones —intervino Al-Hákim, su voz rompiendo el hilo nebuloso de los pensamientos de los presentes.

La conversación había comenzado por un regalo que Al-Hákim le había hecho a Jorge: una traducción al latín de un tratado persa de Ostanes. “Para que sigas buscando el Nigredo,” le había dicho con ironía. Pero Jorge no había captado el sarcasmo; hacía mucho tiempo que había abandonado el alambique, y con él, la rigurosa disciplina que requería. Su interés en la alquimia ahora era más una excusa para sus desvaríos que una búsqueda verdadera.

El duduk de Farid dejó de sonar, y el silencio que siguió incomodó a todos.

—Sigue tocando —ordenó Al-Hákim con un tono firme. Farid, esclavo de la melodía y de la voluntad ajena, llevaba más de cinco horas tocando.

El amanecer comenzó a pintar el cielo de tonos pálidos cuando Al-Hákim decidió partir. Debía dirigirse al Vaticano, pero antes tenía en mente hacer una parada: comprar algo para la próxima boda de Jorge con Inés, su futura esposa y, más tarde, abuela del narrador.

Cuando salió a las calles desiertas, la tristeza lo golpeó con fuerza. Caminó por los senderos adoquinados, sintiéndose infinitamente lejos de casa. Se preguntó qué encontraría si cruzara todo el tiempo y la distancia que lo separaban de su reino perdido. La respuesta fue un vacío, la certeza de que todo lo que conocía había sido devorado por la arena del desierto y el paso implacable del tiempo. Pero no podía permitirse sucumbir a esa melancolía.

—Hay que sobreponerse —se dijo en voz baja, como una orden—, y encontrarle un sentido a toda esta vida.

Siguió caminando, cargando consigo no solo la memoria de lo que fue, sino también el peso de lo que aún debía ser.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes