F0132 · Farid tocaba el duduk con dedos temblorosos, cada nota un lamento…

F0132 · El Reino Cimarrón / La música y el silencio

Farid tocaba el duduk con dedos temblorosos, cada nota un lamento que ascendía desde el fondo de su ser y llenaba la penumbra de la sala. La música parecía un susurro antiguo, arrancado de la tierra misma, y su eco acariciaba las piedras del castillo como una confesión imposible de detener. Hákim lo observaba desde un rincón, su rostro grave iluminado apenas por la luz vacilante de las velas. No había necesidad de palabras entre ellos. Compartían una certeza: algo se aproximaba, una tormenta inevitable que los envolvería a ambos.

En otra parte del castillo, Jorge, débil y consumido por una enfermedad que devoraba su cuerpo, descansaba en un diván. La fragilidad de su carne contrastaba con la voracidad de su mente, que seguía tejiendo intrigas incluso en su estado. Había oído los rumores sobre Farid, los murmullos que llenaban los pasillos como un río subterráneo, y no podía evitar sentir celos de la atención que aquel joven esclavo atraía, incluso de Inés. La música de Farid poseía algo que Jorge jamás había tenido: un poder que no necesitaba palabras para dominar a quienes lo escuchaban.

Mientras tanto, Hákim, dividido entre su deber y su compasión, no dejaba de observar a Farid. Había jurado protegerlo, pero sabía que su influencia no bastaría para salvarlo de los mismos hombres que habían intentado destruirlo. Farid, marcado por cicatrices visibles e invisibles, había elegido el silencio como escudo. Pero aquella noche, las palabras finalmente brotaron de sus labios, rotas pero claras.

—Siente qué frío estoy —dijo Farid.

Hákim, desconcertado, permaneció en silencio. La frase, simple y devastadora, atravesó los muros de piedra y resonó como un eco en cada rincón del castillo.

En su habitación, Inés contemplaba la Virgen de la Tribulación, cuya figura parecía emitir una luz tenue y extraña. La Virgen sostenía una flor en su mano, un detalle que Inés encontraba incomprensible, como si representara algo más allá de lo terrenal: la música, la literatura, el alma misma. El ícono había llegado al castillo con Lionel, confiado a Alberto años atrás. Ahora, colgado junto al letrero de Non Tolitur Mutatur, la Virgen parecía ser testigo silenciosa de las tramas que se entrelazaban dentro de esas paredes.

Alberto, el maestro de música español que había tomado a Farid bajo su tutela, veía en él algo que trascendía el sufrimiento. No solo le enseñaba a tocar instrumentos, sino a comprender la música como un puente entre el dolor y la redención. En una de sus clases, Farid, esforzándose por hablar italiano, pronunció algo que dejó a Alberto sin palabras:

—Me hubiese gustado preguntar si lo hice con inocencia.

Fue en ese momento que Alberto entendió que Farid no era mudo. Su silencio era un refugio deliberado, una fortaleza construida contra un mundo que lo había traicionado repetidamente.

A medida que Farid avanzaba en sus lecciones, los recuerdos de Alberto comenzaban a entrelazarse con los de Lionel. Una noche, Alberto confesó que las palabras de Farid le habían recordado a un antiguo alumno suyo, un joven desaparecido en las montañas del Troodos, en Chipre, víctima de las sombras de un alquimista. Lionel, al escuchar esto, guardó silencio, sus pensamientos perdidos en un pasado que no compartió con nadie.

En la penumbra del castillo, la música de Farid seguía resonando. Todos los presentes, incluso aquellos que no la escuchaban directamente, percibían una conexión inexplicable, un hilo invisible que los unía. Farid, al recordar los tres juramentos que había hecho en su vida, sintió un miedo que lo apartó del abismo del suicidio. Sabía que su voz, su música, su alma, eran parte de algo más grande, un legado que no comprendía del todo pero que aceptaba con una mezcla de temor y esperanza.

La Virgen de la Tribulación, con su flor inexplicable y su mirada implacable, parecía observarlos a todos, como si sus ojos contuvieran tanto compasión como juicio. En su silencio, decía: “Aún hay más por venir.”

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