F0178 · El tiempo se hizo Dios

F0178 · El Reino Cimarrón / El tiempo se hizo Dios

Atonatiuh emergió del humo como un espectro, como un error en el tiempo que se negaba a ser borrado. A su lado, el más pequeño de los niños levantó una cruz y agitó una campana. Un sonido de bronce desgarró la agonía de la ciudad en ruinas. Era un sonido que no debía existir aquí.

Atonatiuh sintió que algo se quebraba en él. No era solo la extrañeza del bronce, sino la certeza de que el mundo que conocía estaba muriendo.

Arriba, en el coro, su voz se enredó con la de Farid, atravesando el humo como un cuchillo. Las voces salieron del abismo y golpearon el silencio en las mentes de los reyes y los príncipes. Y entonces, todo se llenó de música.

El tiempo se hizo Dios.

Era la voz del desierto, del éxodo, de un pueblo de garzas blancas errantes en busca de una tierra que nunca les perteneció. La voz del bautismo, de un alma desgarrada entre la voluntad y la justicia. Atonatiuh no poseía aquellos sonidos más de lo que las nubes poseían la lluvia.

Uno a uno, los niños tlaxcaltecas fueron bautizados. Uno a uno, los guerreros. Uno a uno, la ciudad entera fue arrancada de su propio pasado.

Atonatiuh, el que debía ser sacrificado, se convirtió en el cantor del bautizo del rey.

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