02.01 — Apotegmas de san Alejo (Conclusión)

02 El Reino Cimarrón / Fuera del tiempo · Crónica del Reino / Manuscrito del Cuaderno Púrpura

Los Gemelos Comneno · Fase 2: El Desvío Teológico y Roma · Capítulo 02

1985 · Roma: años después · Voz ficcional: Isaac Comneno

Lo malo de escribir una frase sensata es que después alguien puede pedirte que vivas de acuerdo con ella.

Alejo no había previsto eso.

Durante algunas semanas durmió mejor.

Luego comenzó a preguntarse si estaba durmiendo demasiado bien.

Si aquella tranquilidad no sería indiferencia.

Si dejar una pregunta sin respuesta no sería una manera elegante de huir.

Si el demonio, al ver que ya no conseguía despertarlo, habría decidido dejarlo dormir.

Tenía recursos.

Hay que reconocérselo.

El sacerdote escuchó la explicación mientras buscaba unas llaves.

—Ahora te preocupa no preocuparte.

Alejo quiso precisar.

El sacerdote encontró las llaves.

—No lo mejores.

Ésa no la anotó.

Quizá por eso la recuerdo.

Había una mujer que limpiaba el pasillo del seminario.

Alejo conocía sus zapatos antes que su nombre.

Los escuchaba avanzar al otro lado de la puerta cuando él llevaba ya una hora intentando averiguar qué quería Dios de su vida.

Ella quería que levantaran las sillas.

Lo decía todas las mañanas.

Nadie necesitaba discernirlo.

Una vez Alejo salió de la habitación con el cuaderno abierto.

Había escrito algo sobre la humildad.

Una frase bastante buena.

No la recuerdo, pero seguramente era bastante buena porque salió buscando a alguien que pudiera escucharla.

La mujer estaba arrodillada junto a un cubo.

Una rueda del carrito se había quedado atascada.

—¿Me ayuda?

Alejo dejó el cuaderno sobre una silla.

La rueda tenía un hilo enredado.

Se agachó.

Tiró de él.

No salió.

La mujer le dio unas tijeras.

Fue una operación breve.

Sin consecuencias para la historia del cristianismo.

Cuando terminó, tenía las rodillas mojadas.

—Gracias, padre.

—Todavía no soy padre.

—Pues gracias igual.

Y siguió limpiando.

Alejo permaneció unos segundos en el pasillo.

La frase sobre la humildad lo esperaba encima de la silla.

Ahora le daba un poco de vergüenza leerla.

Eso le ocurría con frecuencia.

La vida conseguía responderle antes de que él hubiera terminado de formular la pregunta.

Y casi nunca respetaba sus términos.

Él preguntaba por el sufrimiento.

Alguien necesitaba una aspirina.

Él preguntaba por la hospitalidad.

Había que abrir.

Él preguntaba por la pobreza.

Una mujer le pedía que no pisara donde acababa de limpiar.

No eran respuestas suficientes.

Alejo lo sabía.

Pero empezaban a ocupar un sitio que antes reservaba exclusivamente a las respuestas suficientes.

Una tarde encontró al monje viejo comiendo una pera.

Le contó lo del carrito.

Luego su sospecha de que quizá la humildad consistiera en estar disponible para aquello que no habíamos elegido.

El monje siguió comiendo.

—Puede ser.

Alejo esperaba algo más.

—¿Sólo puede ser?

El anciano miró la pera.

—¿Quieres la otra mitad?

Ahí estaba otra vez.

En nuestra familia aceptar media pera podía ser más difícil que renunciar a una herencia.

La renuncia tenía espectadores.

Aunque no hubiera nadie delante, uno podía imaginarlos.

Un emperador.

Un santo.

Nuestra madre.

Media pera no.

Media pera era recibir algo porque otro había pensado en ti.

Y luego comértelo.

Sin convertirlo en una prueba de nada.

Alejo la aceptó.

Me contó aquello años después con una solemnidad que me hizo reír.

—¿Y estaba buena?

Me miró.

Durante un momento creí que iba a enfadarse.

—Sí.

Eso fue todo.

No sé por qué lo recuerdo mejor que muchas cosas importantes que me dijo.

Comenzó entonces a tener problemas con San Alejo.

Hasta aquel momento el santo había colaborado admirablemente.

No protestaba cuando mi hermano le atribuía una frase.

No corregía sus interpretaciones.

No le pedía que dejara de imitarlo.

Pero cuanto más pensaba Alejo en él, menos fácil le resultaba mantenerlo debajo de la escalera.

Había una casa alrededor.

Personas que entraban.

Personas que salían.

Alguien que barría.

Alguien que debía llevarle comida.

Aquel hombre había abandonado su nombre.

Los demás seguían teniendo trabajo.

Alejo se quedó mirando una estampa.

La escalera estaba muy limpia.

Eso empezó a molestarlo.

—Alguien la limpiaba —me dijo.

—Supongo.

—Nunca aparece.

No supe qué responderle.

Yo también había pasado años mirando aquella imagen sin preguntarme quién recogía el plato.

No perdió la devoción.

Empezó a notar gente.

Era un cambio pequeño.

Incómodo.

En las vidas de santos encontraba ahora puertas que alguien había abierto desde dentro.

Ropa que alguien había lavado.

Animales que alguien había alimentado mientras el protagonista tenía una visión.

La santidad conservaba su misterio.

Pero tenía gastos.

Y había personas que los pagaban sin llegar al retablo.

Una noche escribió:

Un hermano quiso retirarse del mundo.

Antes de salir preguntó quién lavaría su taza.

No añadió una respuesta.

Por primera vez le pareció que el apotegma podía terminar ahí.

Cuando volví a verlo en Roma, todavía llevaba el cuaderno.

Lo sacó durante la comida.

Yo pensé que iba a leerme algo.

Buscó una página.

Luego otra.

Se detuvo.

—¿Qué?

—Nada.

Cerró el cuaderno.

Eso me inquietó más que cualquiera de sus explicaciones.

Habíamos aprendido a reconocer a Alejo por la frase que estaba a punto de decir.

Su manera de levantar un dedo.

De esperar unos segundos.

De concederte generosamente la oportunidad de llegar por tu cuenta a la conclusión que él ya tenía preparada.

Ahora estaba sentado frente a mí.

Comiendo.

Había una mancha de salsa junto a su plato.

—Te estás volviendo raro —le dije.

Se rio.

Después me preguntó cómo estaba.

Se lo dije.

La primera respuesta fue la acostumbrada.

Bien.

Trabajando.

Con algunas cosas.

Alejo esperó.

Tuve que decirle algo más.

No recuerdo cuánto hablamos.

Recuerdo que oscureció.

Que trajeron la cuenta.

Que mi hermano no intentó encontrar un sentido secreto en lo que yo le contaba.

Una vez abrió la boca.

Iba a decir algo.

Se detuvo.

—No sé —dijo.

Lo miré.

Nunca había oído esas dos palabras tan solas en su boca.

Siempre venían acompañadas.

No sé, pero.

No sé si.

No sé hasta qué punto.

Ahora no traían nada detrás.

Sentí un alivio que me avergonzó un poco.

Mi hermano seguía queriendo ayudarme.

Sólo que aquella noche no necesitaba acertar para quedarse.

Más tarde caminamos hacia el Aventino.

Alejo creyó reconocer al mendigo.

Estaba sentado junto a una pared, con una bolsa entre los pies.

Podía ser el mismo.

Yo no lo había visto antes.

Mi hermano se detuvo.

Vi cómo empezaba a trabajarle la cara.

La semejanza.

La coincidencia.

El regreso.

Todo aquello que los Comneno sabemos levantar sobre un encuentro antes de averiguar si el otro quiere hablar.

Luego se acercó.

No le preguntó su nombre.

No le preguntó si recordaba haberlo visto.

—¿Ha comido?

El hombre levantó la mirada.

—Sí.

Alejo asintió.

Aquello parecía haber terminado.

—Pero tomaría un café —añadió el hombre.

Fuimos a buscarlo.

En el cuaderno púrpura encontré después una página casi vacía.

Había una frase tachada.

Tan tachada que no pude leerla.

Debajo, con la letra pequeña de Alejo:

Café.

Dos azúcares.

Nada más.

Por un momento pensé que faltaba una página.

Luego recordé al hombre sujetando el vaso con las dos manos.

A mi hermano buscando dónde sentarse.

La bolsa que hubo que mover un poco para hacerle sitio.

No sé de qué hablaron.

Yo estaba de pie.

Todavía esperaba que ocurriera un milagro.

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