Las hermanas Papin preparan la cena

ES·003 · Una habitación de la hacienda

Desde el estudio se escuchaba el agua de la cocina. Las hermanas Papin preparaban la pasta que Walsh había traído del pueblo. Una lavaba; la otra colocaba los platos. Isaac no alcanzaba a verlas enteras: una mano en el marco de la puerta, la sombra de una falda, el paño blanco que aparecía y desaparecía.

—Nos van a llamar —dijo.

Walsh seguía limpiando un pincel.

—Entonces todavía tenemos tiempo.

Sobre la mesa había un cuaderno de tapas oscuras y un frasco de tinta púrpura. Isaac lo abrió por la mitad. Las hojas marfileñas cedían con un ruido seco. A través de la ventana, la niebla había borrado la división entre el corredor y el campo.

—¿Por qué las llamas así?

—¿A quiénes?

—A las hermanas Papin.

Walsh levantó los ojos hacia la puerta. En la cocina chocaron dos platos.

—¿No se llaman así?

Isaac sonrió, pero Walsh ya había vuelto al pincel. La respuesta le dejó una incomodidad pequeña: no sabía sus nombres. Las veía todos los días, aceptaba el plato, decía gracias. A veces creía que sólo había una mujer moviéndose entre dos habitaciones.

Una de ellas entró para recoger los vasos. Miró la botella vacía, después a Walsh. El pintor se la entregó sin decir nada.

—Ya está la cena.

Isaac cerró el cuaderno. Había escrito una fecha que no pertenecía a ese día: 24 de febrero de 1500.

—¿Vienes? —preguntó Walsh desde la puerta.

Isaac pasó la mano sobre la tapa. En la cocina se había cerrado el grifo. Todo lo que quedaba por escuchar venía del otro lado de la casa.

Ángel Comneno · Banda sonora

Onirikón Codex Chant

Desde el cuaderno

Laberinto con el niño samurái · I

Verde laberinto de divino espanto,
mármol con musgo, arcángel despeinado.
El niño samurái sonríe: «nunca entendiste»,
eco de un río ya sedimentado.

Tras él, el ebrio —nácar y pecado—
le acaricia el cabello con descuido.
Yo cuento mis gatos: siete han huido.
El monasterio rezuma su aguardiente helado.

Madre-Alzhéimer abre la última puerta,
su llave es de cristal, el mundo gime.
«Él es lo único», repito, y el aire miente.

El cuarto vacío es una oferta:
ni Dios ni demonio, pura geometría.
La paciencia es polvo que el polvo envía.

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