Iván Walsh

Archivo / Núcleo del personaje

El estudio, los pinceles, la última copa. La conversación se interrumpe y una pintura sigue mirando.

Iván Walsh · Reloj de Ciudad de México

Emisión del día · 03/11/2026

00.13 — Lo que apenas estaba naciendo — revisión de Libro II

00.13 · El Sitio / Diarios de Confinamiento

00.13 — LO QUE APENAS ESTABA NACIENDO — REVISIÓN DE LIBRO II

1985 → años después · Ciudad de México / Cuetzalan

El humo permanece más que las personas. A veces también los objetos.

Durante años pensé que la muerte de mi padre empezaba en el momento en que alguien nos avisó.

No.

Había empezado mucho antes.

Eso no significa que estuviera predestinada. Detesto esa clase de consuelo. Significa únicamente que, cuando alguien muere, descubrimos de pronto la cantidad de cosas que ya estaban esperando convertirse en recuerdo.

El crematorio olía a flores baratas y a desinfectante.

Mi madre todavía no entendía qué tenía que decidir.

—Ni siquiera nos preguntó —dijo—. ¿Qué hacemos con tu padre?

Como si él hubiera debido dejar instrucciones sobre el procedimiento correcto para dejar de existir.

Tony encendió un cigarro.

No estaba permitido.

El clic del encendedor resonó en aquella sala con una insolencia que me gustó.

—Incinerarlo.

Lo dijo sin solemnidad.

Mi madre la miró.

Tony fumó.

Yo quería irme.

Eso es lo que más recuerdo: no el cuerpo, ni la urna, ni siquiera a mi madre llorando. Quería salir de allí y convertirme en otra persona.

Ser Bernardo.

Durante mucho tiempo usé esa expresión sin explicármela.

Ser Bernardo significaba poder abandonar un cuarto antes de que el dolor tuviera tiempo de encontrarme. Caminar de noche. Robar un disco que podía pagar. Besar a alguien en una puerta sólo porque había un policía mirando. Bailar hasta que el cuerpo dejara de pertenecer a la familia, al apellido, al padre muerto.

Ser Bernardo era frivolidad convertida en defensa.

Lo comprendí mucho después.

Cuando el horno se cerró, mi madre comenzó a llorar.

Tony no.

Yo tampoco.

La persona que recibió las cenizas hizo una pregunta administrativa. No recuerdo cuál.

Tony tiró el cigarro al suelo y lo apagó con el zapato.

Es curioso lo que sobrevive.

No recuerdo qué música sonaba en el coche de regreso.

Recuerdo la colilla.

Alejo fue el único que se acercó al cuerpo antes de que lo retiraran.

Le dio un beso en la frente.

Después entró al cuarto de mi padre y descolgó una imagen de la pared.

La Virgen.

Entonces ya la llamábamos de la Tribulación, aunque nadie sabía explicar bien desde cuándo.

Mi madre lo vio.

—¿Qué haces?

Alejo sostuvo el cuadro contra el pecho.

—Me la voy a llevar.

Nada más.

No pidió permiso.

Tampoco hubo discusión.

A veces las herencias más importantes se reparten antes de que alguien encuentre el testamento.

Durante años pensé que aquello había sido un acto de piedad.

Ahora no estoy seguro.

Tal vez Alejo supiera algo.

Tal vez únicamente necesitaba llevarse un objeto que hubiera estado cerca de mi padre.

Las dos cosas pueden ser ciertas.

Ser Bernardo vino después.

O había empezado antes.

No importa.

En Acapulco caminaba durante horas sin propósito. Papagayo, Costera, el centro. A veces llevaba dinero suficiente para volver en taxi y regresaba caminando de todas formas. Había noches en que besar a alguien bastaba para sentir que había ocurrido algo importante.

Otras necesitaba más.

La Habana llegó así.

Como llegan ciertas ciudades: después de haberlas inventado.

Allí aprendí que uno puede utilizar el cuerpo para dejar de pensar y terminar pensando únicamente en el cuerpo.

Bailar.

Beber.

Despertar desnudo con el sol sobre las piernas.

Permanecer unos minutos sin preguntarse quién ha sido uno antes.

Eso era ser Bernardo.

No esconderme.

Precisamente lo contrario.

Volverme visible de una manera que nadie en mi familia pudiera administrar.

La Virgen aparecía algunas veces.

No literalmente.

Una estampa en una cartera.

Una reproducción en una pared.

Una mujer sosteniendo a un niño en un cuadro que yo no había ido a mirar.

Al principio no presté atención.

Uno encuentra vírgenes por todas partes cuando ha crecido rodeado de católicos.

Después comenzaron las coincidencias.

O lo que llamamos coincidencias cuando todavía no hemos decidido qué hacer con ellas.

Años más tarde entré en la oficina de Tony en el Instituto de Investigaciones Estéticas.

Olía a café recalentado y tabaco.

Había reproducciones apoyadas contra el muro, libros abiertos sobre el escritorio y una fotografía de un falso Vermeer junto a la ventana.

Tony estaba leyendo.

—¿Puedo preguntarte algo?

—Eso nunca te ha detenido.

Me senté.

Durante unos segundos miré el cuadro.

Cristo.

El cáliz.

La perfección fraudulenta.

Van Meegeren había conseguido pintar una mentira suficientemente buena para que hombres extraordinariamente preparados quisieran creerla verdadera.

—¿Qué es la Virgen de la Tribulación?

Tony levantó la mirada.

No sonrió inmediatamente.

Después sí.

—Ésa es por fin una pregunta decente.

—¿Por qué?

—Porque preguntaste qué.

Encendió un cigarro.

—Todo el mundo pregunta quién.

—¿Y no es alguien?

—No lo sé.

Respuesta de historiadora del arte.

Perfecta.

—Entonces ¿qué es?

Tony miró hacia la ventana.

—Un registro.

Esperé.

—¿De qué?

—De pérdidas.

—Eso no significa nada.

—Significa demasiado.

Se levantó y buscó una carpeta.

No me la enseñó.

—Una imagen cambia de nombre. Se repinta. Se copia. Alguien la roba. Otro la restaura mal. Aparece cien años después en otra ciudad. Todos creen poseerla.

Dejó la carpeta sobre la mesa.

—Pero quizá el error está ahí.

—¿Cuál?

—Pensar que nosotros poseemos las imágenes.

Aplastó un poco de ceniza.

—Hay imágenes que organizan la vida de quienes las miran.

No dije nada.

Pensé en Alejo llevándose el cuadro.

En mi padre.

En Casey Walsh dibujando una mujer que aseguraba no haber pintado antes.

En mí mismo viendo una pintura acabada donde sólo había carbón.

—Hakim nos está buscando —dije.

Tony dejó de fumar.

Fue apenas un cambio.

Pero ocurrió.

—¿Quién te dijo?

—No importa.

—Sí importa.

—Quiere la Virgen.

Tony negó lentamente.

—No entiende.

—¿Qué cosa?

—Que nadie la tiene.

Se acercó al escritorio.

—Ése es el problema con las reliquias, con los cuadros, con los países, con las personas. Todos quieren poseer aquello que los posee.

—Entonces ¿dónde está?

Tony me miró.

Detrás de ella, el falso Vermeer parecía más verdadero que muchas pinturas auténticas.

—Nunca te la voy a dar.

No pregunté si hablaba del cuadro.

Años después recordé esa conversación en Cuetzalan.

Casey había dejado su boceto sobre la mesa.

El mismo rostro que todavía no era rostro.

La misma curva.

El púrpura.

Yo ya sabía entonces que Alejo se había llevado una Virgen de la casa de mi padre.

Sabía que Hakim la buscaba.

Sabía que Tony se negaba a decir dónde estaba.

Lo que todavía no sabía era si hablábamos del mismo objeto.

Ésa era la pregunta equivocada.

En nuestra familia siempre habíamos cometido ese error: creer que dos cosas tienen que ser idénticas para ser la misma.

Afuera, las ranas comenzaron otra vez.

Miré el dibujo de Casey.

Pensé en la urna.

En Alejo.

En el falso Vermeer.

En Bernardo bailando para no tener apellido.

Y por primera vez entendí que quizá la Virgen no sobrevivía porque alguien la protegiera.

Sobrevivía porque cambiaba.

De cuadro.

De nombre.

De dueño.

De historia.

Como nosotros.

Guía de Canales / Lectura A–B–C

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