00.13 · El Sitio / Diarios de Confinamiento
00.13 — LO QUE APENAS ESTABA NACIENDO — REVISIÓN DE LIBRO II
1985 → años después · Ciudad de México / Cuetzalan
El humo permanece más que las personas. A veces también los objetos.
Durante años pensé que la muerte de mi padre empezaba en el momento en que alguien nos avisó.
No.
Había empezado mucho antes.
Eso no significa que estuviera predestinada. Detesto esa clase de consuelo. Significa únicamente que, cuando alguien muere, descubrimos de pronto la cantidad de cosas que ya estaban esperando convertirse en recuerdo.
El crematorio olía a flores baratas y a desinfectante.
Mi madre todavía no entendía qué tenía que decidir.
—Ni siquiera nos preguntó —dijo—. ¿Qué hacemos con tu padre?
Como si él hubiera debido dejar instrucciones sobre el procedimiento correcto para dejar de existir.
Tony encendió un cigarro.
No estaba permitido.
El clic del encendedor resonó en aquella sala con una insolencia que me gustó.
—Incinerarlo.
Lo dijo sin solemnidad.
Mi madre la miró.
Tony fumó.
Yo quería irme.
Eso es lo que más recuerdo: no el cuerpo, ni la urna, ni siquiera a mi madre llorando. Quería salir de allí y convertirme en otra persona.
Ser Bernardo.
Durante mucho tiempo usé esa expresión sin explicármela.
Ser Bernardo significaba poder abandonar un cuarto antes de que el dolor tuviera tiempo de encontrarme. Caminar de noche. Robar un disco que podía pagar. Besar a alguien en una puerta sólo porque había un policía mirando. Bailar hasta que el cuerpo dejara de pertenecer a la familia, al apellido, al padre muerto.
Ser Bernardo era frivolidad convertida en defensa.
Lo comprendí mucho después.
Cuando el horno se cerró, mi madre comenzó a llorar.
Tony no.
Yo tampoco.
La persona que recibió las cenizas hizo una pregunta administrativa. No recuerdo cuál.
Tony tiró el cigarro al suelo y lo apagó con el zapato.
Es curioso lo que sobrevive.
No recuerdo qué música sonaba en el coche de regreso.
Recuerdo la colilla.
Alejo fue el único que se acercó al cuerpo antes de que lo retiraran.
Le dio un beso en la frente.
Después entró al cuarto de mi padre y descolgó una imagen de la pared.
La Virgen.
Entonces ya la llamábamos de la Tribulación, aunque nadie sabía explicar bien desde cuándo.
Mi madre lo vio.
—¿Qué haces?
Alejo sostuvo el cuadro contra el pecho.
—Me la voy a llevar.
Nada más.
No pidió permiso.
Tampoco hubo discusión.
A veces las herencias más importantes se reparten antes de que alguien encuentre el testamento.
Durante años pensé que aquello había sido un acto de piedad.
Ahora no estoy seguro.
Tal vez Alejo supiera algo.
Tal vez únicamente necesitaba llevarse un objeto que hubiera estado cerca de mi padre.
Las dos cosas pueden ser ciertas.
Ser Bernardo vino después.
O había empezado antes.
No importa.
En Acapulco caminaba durante horas sin propósito. Papagayo, Costera, el centro. A veces llevaba dinero suficiente para volver en taxi y regresaba caminando de todas formas. Había noches en que besar a alguien bastaba para sentir que había ocurrido algo importante.
Otras necesitaba más.
La Habana llegó así.
Como llegan ciertas ciudades: después de haberlas inventado.
Allí aprendí que uno puede utilizar el cuerpo para dejar de pensar y terminar pensando únicamente en el cuerpo.
Bailar.
Beber.
Despertar desnudo con el sol sobre las piernas.
Permanecer unos minutos sin preguntarse quién ha sido uno antes.
Eso era ser Bernardo.
No esconderme.
Precisamente lo contrario.
Volverme visible de una manera que nadie en mi familia pudiera administrar.
La Virgen aparecía algunas veces.
No literalmente.
Una estampa en una cartera.
Una reproducción en una pared.
Una mujer sosteniendo a un niño en un cuadro que yo no había ido a mirar.
Al principio no presté atención.
Uno encuentra vírgenes por todas partes cuando ha crecido rodeado de católicos.
Después comenzaron las coincidencias.
O lo que llamamos coincidencias cuando todavía no hemos decidido qué hacer con ellas.
Años más tarde entré en la oficina de Tony en el Instituto de Investigaciones Estéticas.
Olía a café recalentado y tabaco.
Había reproducciones apoyadas contra el muro, libros abiertos sobre el escritorio y una fotografía de un falso Vermeer junto a la ventana.
Tony estaba leyendo.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Eso nunca te ha detenido.
Me senté.
Durante unos segundos miré el cuadro.
Cristo.
El cáliz.
La perfección fraudulenta.
Van Meegeren había conseguido pintar una mentira suficientemente buena para que hombres extraordinariamente preparados quisieran creerla verdadera.
—¿Qué es la Virgen de la Tribulación?
Tony levantó la mirada.
No sonrió inmediatamente.
Después sí.
—Ésa es por fin una pregunta decente.
—¿Por qué?
—Porque preguntaste qué.
Encendió un cigarro.
—Todo el mundo pregunta quién.
—¿Y no es alguien?
—No lo sé.
Respuesta de historiadora del arte.
Perfecta.
—Entonces ¿qué es?
Tony miró hacia la ventana.
—Un registro.
Esperé.
—¿De qué?
—De pérdidas.
—Eso no significa nada.
—Significa demasiado.
Se levantó y buscó una carpeta.
No me la enseñó.
—Una imagen cambia de nombre. Se repinta. Se copia. Alguien la roba. Otro la restaura mal. Aparece cien años después en otra ciudad. Todos creen poseerla.
Dejó la carpeta sobre la mesa.
—Pero quizá el error está ahí.
—¿Cuál?
—Pensar que nosotros poseemos las imágenes.
Aplastó un poco de ceniza.
—Hay imágenes que organizan la vida de quienes las miran.
No dije nada.
Pensé en Alejo llevándose el cuadro.
En mi padre.
En Casey Walsh dibujando una mujer que aseguraba no haber pintado antes.
En mí mismo viendo una pintura acabada donde sólo había carbón.
—Hakim nos está buscando —dije.
Tony dejó de fumar.
Fue apenas un cambio.
Pero ocurrió.
—¿Quién te dijo?
—No importa.
—Sí importa.
—Quiere la Virgen.
Tony negó lentamente.
—No entiende.
—¿Qué cosa?
—Que nadie la tiene.
Se acercó al escritorio.
—Ése es el problema con las reliquias, con los cuadros, con los países, con las personas. Todos quieren poseer aquello que los posee.
—Entonces ¿dónde está?
Tony me miró.
Detrás de ella, el falso Vermeer parecía más verdadero que muchas pinturas auténticas.
—Nunca te la voy a dar.
No pregunté si hablaba del cuadro.
Años después recordé esa conversación en Cuetzalan.
Casey había dejado su boceto sobre la mesa.
El mismo rostro que todavía no era rostro.
La misma curva.
El púrpura.
Yo ya sabía entonces que Alejo se había llevado una Virgen de la casa de mi padre.
Sabía que Hakim la buscaba.
Sabía que Tony se negaba a decir dónde estaba.
Lo que todavía no sabía era si hablábamos del mismo objeto.
Ésa era la pregunta equivocada.
En nuestra familia siempre habíamos cometido ese error: creer que dos cosas tienen que ser idénticas para ser la misma.
Afuera, las ranas comenzaron otra vez.
Miré el dibujo de Casey.
Pensé en la urna.
En Alejo.
En el falso Vermeer.
En Bernardo bailando para no tener apellido.
Y por primera vez entendí que quizá la Virgen no sobrevivía porque alguien la protegiera.
Sobrevivía porque cambiaba.
De cuadro.
De nombre.
De dueño.
De historia.
Como nosotros.
00.13 · El Sitio / Diarios de Confinamiento
00.13 — LO QUE APENAS ESTABA NACIENDO — REVISIÓN DE LIBRO II
1985 → años después · Ciudad de México / Cuetzalan
El humo permanece más que las personas. A veces también los objetos.
Durante años pensé que la muerte de mi padre empezaba en el momento en que alguien nos avisó.
No.
Había empezado mucho antes.
Eso no significa que estuviera predestinada. Detesto esa clase de consuelo. Significa únicamente que, cuando alguien muere, descubrimos de pronto la cantidad de cosas que ya estaban esperando convertirse en recuerdo.
El crematorio olía a flores baratas y a desinfectante.
Mi madre todavía no entendía qué tenía que decidir.
—Ni siquiera nos preguntó —dijo—. ¿Qué hacemos con tu padre?
Como si él hubiera debido dejar instrucciones sobre el procedimiento correcto para dejar de existir.
Tony encendió un cigarro.
No estaba permitido.
El clic del encendedor resonó en aquella sala con una insolencia que me gustó.
—Incinerarlo.
Lo dijo sin solemnidad.
Mi madre la miró.
Tony fumó.
Yo quería irme.
Eso es lo que más recuerdo: no el cuerpo, ni la urna, ni siquiera a mi madre llorando. Quería salir de allí y convertirme en otra persona.
Ser Bernardo.
Durante mucho tiempo usé esa expresión sin explicármela.
Ser Bernardo significaba poder abandonar un cuarto antes de que el dolor tuviera tiempo de encontrarme. Caminar de noche. Robar un disco que podía pagar. Besar a alguien en una puerta sólo porque había un policía mirando. Bailar hasta que el cuerpo dejara de pertenecer a la familia, al apellido, al padre muerto.
Ser Bernardo era frivolidad convertida en defensa.
Lo comprendí mucho después.
Cuando el horno se cerró, mi madre comenzó a llorar.
Tony no.
Yo tampoco.
La persona que recibió las cenizas hizo una pregunta administrativa. No recuerdo cuál.
Tony tiró el cigarro al suelo y lo apagó con el zapato.
Es curioso lo que sobrevive.
No recuerdo qué música sonaba en el coche de regreso.
Recuerdo la colilla.
Alejo fue el único que se acercó al cuerpo antes de que lo retiraran.
Le dio un beso en la frente.
Después entró al cuarto de mi padre y descolgó una imagen de la pared.
La Virgen.
Entonces ya la llamábamos de la Tribulación, aunque nadie sabía explicar bien desde cuándo.
Mi madre lo vio.
—¿Qué haces?
Alejo sostuvo el cuadro contra el pecho.
—Me la voy a llevar.
Nada más.
No pidió permiso.
Tampoco hubo discusión.
A veces las herencias más importantes se reparten antes de que alguien encuentre el testamento.
Durante años pensé que aquello había sido un acto de piedad.
Ahora no estoy seguro.
Tal vez Alejo supiera algo.
Tal vez únicamente necesitaba llevarse un objeto que hubiera estado cerca de mi padre.
Las dos cosas pueden ser ciertas.
Ser Bernardo vino después.
O había empezado antes.
No importa.
En Acapulco caminaba durante horas sin propósito. Papagayo, Costera, el centro. A veces llevaba dinero suficiente para volver en taxi y regresaba caminando de todas formas. Había noches en que besar a alguien bastaba para sentir que había ocurrido algo importante.
Otras necesitaba más.
La Habana llegó así.
Como llegan ciertas ciudades: después de haberlas inventado.
Allí aprendí que uno puede utilizar el cuerpo para dejar de pensar y terminar pensando únicamente en el cuerpo.
Bailar.
Beber.
Despertar desnudo con el sol sobre las piernas.
Permanecer unos minutos sin preguntarse quién ha sido uno antes.
Eso era ser Bernardo.
No esconderme.
Precisamente lo contrario.
Volverme visible de una manera que nadie en mi familia pudiera administrar.
La Virgen aparecía algunas veces.
No literalmente.
Una estampa en una cartera.
Una reproducción en una pared.
Una mujer sosteniendo a un niño en un cuadro que yo no había ido a mirar.
Al principio no presté atención.
Uno encuentra vírgenes por todas partes cuando ha crecido rodeado de católicos.
Después comenzaron las coincidencias.
O lo que llamamos coincidencias cuando todavía no hemos decidido qué hacer con ellas.
Años más tarde entré en la oficina de Tony en el Instituto de Investigaciones Estéticas.
Olía a café recalentado y tabaco.
Había reproducciones apoyadas contra el muro, libros abiertos sobre el escritorio y una fotografía de un falso Vermeer junto a la ventana.
Tony estaba leyendo.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Eso nunca te ha detenido.
Me senté.
Durante unos segundos miré el cuadro.
Cristo.
El cáliz.
La perfección fraudulenta.
Van Meegeren había conseguido pintar una mentira suficientemente buena para que hombres extraordinariamente preparados quisieran creerla verdadera.
—¿Qué es la Virgen de la Tribulación?
Tony levantó la mirada.
No sonrió inmediatamente.
Después sí.
—Ésa es por fin una pregunta decente.
—¿Por qué?
—Porque preguntaste qué.
Encendió un cigarro.
—Todo el mundo pregunta quién.
—¿Y no es alguien?
—No lo sé.
Respuesta de historiadora del arte.
Perfecta.
—Entonces ¿qué es?
Tony miró hacia la ventana.
—Un registro.
Esperé.
—¿De qué?
—De pérdidas.
—Eso no significa nada.
—Significa demasiado.
Se levantó y buscó una carpeta.
No me la enseñó.
—Una imagen cambia de nombre. Se repinta. Se copia. Alguien la roba. Otro la restaura mal. Aparece cien años después en otra ciudad. Todos creen poseerla.
Dejó la carpeta sobre la mesa.
—Pero quizá el error está ahí.
—¿Cuál?
—Pensar que nosotros poseemos las imágenes.
Aplastó un poco de ceniza.
—Hay imágenes que organizan la vida de quienes las miran.
No dije nada.
Pensé en Alejo llevándose el cuadro.
En mi padre.
En Casey Walsh dibujando una mujer que aseguraba no haber pintado antes.
En mí mismo viendo una pintura acabada donde sólo había carbón.
—Hakim nos está buscando —dije.
Tony dejó de fumar.
Fue apenas un cambio.
Pero ocurrió.
—¿Quién te dijo?
—No importa.
—Sí importa.
—Quiere la Virgen.
Tony negó lentamente.
—No entiende.
—¿Qué cosa?
—Que nadie la tiene.
Se acercó al escritorio.
—Ése es el problema con las reliquias, con los cuadros, con los países, con las personas. Todos quieren poseer aquello que los posee.
—Entonces ¿dónde está?
Tony me miró.
Detrás de ella, el falso Vermeer parecía más verdadero que muchas pinturas auténticas.
—Nunca te la voy a dar.
No pregunté si hablaba del cuadro.
Años después recordé esa conversación en Cuetzalan.
Casey había dejado su boceto sobre la mesa.
El mismo rostro que todavía no era rostro.
La misma curva.
El púrpura.
Yo ya sabía entonces que Alejo se había llevado una Virgen de la casa de mi padre.
Sabía que Hakim la buscaba.
Sabía que Tony se negaba a decir dónde estaba.
Lo que todavía no sabía era si hablábamos del mismo objeto.
Ésa era la pregunta equivocada.
En nuestra familia siempre habíamos cometido ese error: creer que dos cosas tienen que ser idénticas para ser la misma.
Afuera, las ranas comenzaron otra vez.
Miré el dibujo de Casey.
Pensé en la urna.
En Alejo.
En el falso Vermeer.
En Bernardo bailando para no tener apellido.
Y por primera vez entendí que quizá la Virgen no sobrevivía porque alguien la protegiera.
Sobrevivía porque cambiaba.
De cuadro.
De nombre.
De dueño.
De historia.
Como nosotros.
00.13 · El Sitio / Confinement Diaries
00.13 — WHAT WAS ONLY JUST BEGINNING TO BE BORN — BOOK II REVISION
1985 → years later · Mexico City / Cuetzalan
Smoke lingers longer than people. Sometimes objects do too.
For years I thought my father’s death began the moment someone told us.
No.
It had begun much earlier.
That does not mean it was predestined. I detest that kind of consolation. It only means that, when someone dies, we suddenly discover how many things were already waiting to become memories.
The crematorium smelled of cheap flowers and disinfectant.
My mother still did not understand what she had to decide.
—He didn’t even ask us —she said—. What do we do with your father?
As though he ought to have left instructions on the proper procedure for ceasing to exist.
Tony lit a cigarette.
It was not allowed.
The click of the lighter echoed through that room with an insolence I liked.
—Cremate him.
She said it without solemnity.
My mother looked at her.
Tony smoked.
I wanted to leave.
That is what I remember most: not the body, not the urn, not even my mother crying. I wanted to get out of there and become someone else.
To be Bernardo.
For a long time I used that expression without explaining it to myself.
To be Bernardo meant being able to leave a room before pain had time to find me. To walk at night. To steal a record I could afford. To kiss someone in a doorway just because a policeman was watching. To dance until the body no longer belonged to the family, to the surname, to the dead father.
To be Bernardo was frivolity turned into a defense.
I understood that much later.
When the furnace closed, my mother began to cry.
Tony did not.
Neither did I.
The person who received the ashes asked an administrative question. I do not remember what it was.
Tony threw the cigarette on the floor and put it out with her shoe.
It is strange what survives.
I do not remember what music was playing in the car on the way back.
I remember the cigarette butt.
Alejo was the only one who went up to the body before they took it away.
He kissed his forehead.
Then he went into my father’s room and took a picture down from the wall.
The Virgin.
By then we already called her the Virgin of Tribulation, though no one could quite explain since when.
My mother saw him.
—What are you doing?
Alejo held the painting against his chest.
—I’m taking her with me.
Nothing more.
He did not ask permission.
There was no argument either.
Sometimes the most important inheritances are divided up before anyone finds the will.
For years I thought that had been an act of piety.
Now I am not sure.
Perhaps Alejo knew something.
Perhaps he only needed to take an object that had been near my father.
Both things can be true.
Being Bernardo came afterward.
Or it had begun before.
It does not matter.
In Acapulco I walked for hours without a purpose. Papagayo, the Costera, downtown. Sometimes I had enough money to take a taxi back and walked anyway. There were nights when kissing someone was enough to make me feel that something important had happened.
Other nights I needed more.
Havana arrived that way.
As certain cities arrive: after you have invented them.
There I learned that you can use the body to stop thinking and end up thinking only about the body.
To dance.
To drink.
To wake naked with the sun on your legs.
To spend a few minutes without asking who you have been before.
That was being Bernardo.
Not hiding.
Precisely the opposite.
Becoming visible in a way no one in my family could manage.
The Virgin appeared sometimes.
Not literally.
A holy card in a wallet.
A reproduction on a wall.
A woman holding a child in a painting I had not gone there to see.
At first I paid no attention.
You find virgins everywhere when you have grown up surrounded by Catholics.
Then the coincidences began.
Or what we call coincidences when we have not yet decided what to do with them.
Years later I went into Tony’s office at the Instituto de Investigaciones Estéticas.
It smelled of reheated coffee and tobacco.
There were reproductions leaning against the wall, open books on the desk, and a photograph of a fake Vermeer beside the window.
Tony was reading.
—Can I ask you something?
—That has never stopped you.
I sat down.
For a few seconds I looked at the painting.
Christ.
The chalice.
Fraudulent perfection.
Van Meegeren had managed to paint a lie good enough to make extraordinarily well-trained men want to believe it was true.
—What is the Virgin of Tribulation?
Tony looked up.
She did not smile immediately.
Then she did.
—That’s a decent question at last.
—Why?
—Because you asked what.
She lit a cigarette.
—Everyone asks who.
—And isn’t she someone?
—I don’t know.
An art historian’s answer.
Perfect.
—Then what is she?
Tony looked toward the window.
—A record.
I waited.
—Of what?
—Of losses.
—That doesn’t mean anything.
—It means too much.
She stood up and looked for a folder.
She did not show it to me.
—An image changes its name. It is repainted. Copied. Someone steals it. Someone else restores it badly. It appears a hundred years later in another city. Everyone thinks they own it.
She put the folder on the table.
—But perhaps that’s where the mistake lies.
—What mistake?
—Thinking we own images.
She crushed a little ash.
—There are images that organize the lives of those who look at them.
I said nothing.
I thought of Alejo taking the painting away.
Of my father.
Of Casey Walsh drawing a woman he claimed never to have painted before.
Of myself seeing a finished painting where there was only charcoal.
—Hakim is looking for us —I said.
Tony stopped smoking.
It was only a slight change.
But it happened.
—Who told you?
—It doesn’t matter.
—Yes, it does.
—He wants the Virgin.
Tony slowly shook her head.
—He doesn’t understand.
—What?
—That no one has her.
She went over to the desk.
—That’s the trouble with relics, with paintings, with countries, with people. Everyone wants to possess what possesses them.
—Then where is she?
Tony looked at me.
Behind her, the fake Vermeer seemed more real than many authentic paintings.
—I’m never going to give her to you.
I did not ask whether she meant the painting.
Years later I remembered that conversation in Cuetzalan.
Casey had left his sketch on the table.
The same face that was not yet a face.
The same curve.
The purple.
By then I already knew that Alejo had taken a Virgin from my father’s house.
I knew Hakim was looking for her.
I knew Tony refused to say where she was.
What I did not yet know was whether we were talking about the same object.
That was the wrong question.
In our family we had always made that mistake: believing that two things have to be identical to be the same.
Outside, the frogs began again.
I looked at Casey’s drawing.
I thought of the urn.
Of Alejo.
Of the fake Vermeer.
Of Bernardo dancing so as not to have a surname.
And for the first time I understood that perhaps the Virgin did not survive because someone protected her.
She survived because she changed.
Paintings.
Names.
Owners.
Stories.
Like us.