Archivo / Núcleo del personaje
El motor encendido, una acusación, el retrovisor. Bernardo espera una respuesta.
Bernardo · Reloj de Ciudad de México
Emisión del día · 03/11/2026
Su letra
2001
Ivan Walsh no recuerda haber escrito esta versión.
Eso empieza a convertirse en un problema.
Tiene delante las páginas de Bernardo, el nombre tachado de Fernando y ahora esto: Bernardo, Nueva York, 1944. No puede ser un diario suyo, naturalmente, pero la primera persona lo desconcierta porque algunas frases tienen esa respiración que reconoce antes incluso de entenderlas. Hay palabras que él pondría exactamente allí. O cree que las pondría. También hay errores, cosas que cambiaría, repeticiones que le molestan. Eso prueba poco. Uno envejece corrigiendo al hombre que fue hasta que termina convencido de que siempre escribió como escribe ahora.
Lee otra vez la fecha.
1944
Riverside Drive.
Eso sí lo incomoda.
Bernardo vive en Riverside Drive medio siglo después. Bernardo también. Las dos historias comienzan de madrugada, después de una fiesta, con un hombre que quiere largarse de Nueva York. En una versión suena el teléfono. En ésta aparece un sobre. En una, Cuba llama. En la otra, México.
Podría tratarse de un recurso literario.
Eso sería tranquilizador.
El problema es que la estampa está delante de él.
La saca del cuaderno negro.
No recuerda haberla dejado ahí.
La Virgen sostiene al niño sobre el brazo izquierdo. El niño mira hacia fuera. La estrella de ocho puntas está junto al hombro.
En el frente no queda ninguna inscripción.
Le da vuelta.
Hay marcas de adhesivo, una mancha marrón, un número escrito con lápiz y borrado después. Nada más.
Busca una lupa entre los materiales del estudio y se siente absurdo mientras lo hace. Casey ampliaría una fotografía. Liliana dibujaría las líneas. Él tiene una lupa de pintor y una imagen de papel que quizá compró en alguna iglesia hace treinta años.
Mira la estrella.
Ocho puntas.
Alrededor hay algo.
No puede ser.
Cambia el ángulo de la lámpara.
Dentro de la estrella hay una figura.
Una casa.
No una casa. Un rectángulo oscuro con algo encima. Podría ser una mancha. La acerca todavía más y, por un instante, está seguro de ver una arcada, después un patio, quizá una fuente.
Se aparta.
Esto es exactamente lo que no debe hacer.
Encontrar formas.
Unirlas.
Convertir una mancha en casa, una casa en hacienda, una hacienda en destino.
El teléfono sigue sobre la mesa.
Bernardo ha dicho que Juan Diego le está enseñando a su padre.
Después le ha dicho que no enseñe la Virgen a nadie.
Eso tendría que bastarle.
No basta.
Marco a Liliana.
Contesta después del cuarto tono.
—¿Qué pasó?
Está dormida.
—La fotografía.
—Ivan Walsh.
—La Virgen que viste en el teléfono de Juan Diego. ¿Tenía algo escrito?
—¿Qué hora es?
—Una.
—Entonces son la una.
—Liliana.
Escucha cómo se incorpora.
—No sé. Déjame pensar.
Espera.
—Peregrinos —dice.
No contesta.
—Creo que decía Peregrinos.
—¿Estás segura?
—No.
—¿Tribulación?
Silencio.
—Esa es la tuya.
Mira la estampa.
—¿Qué quieres decir?
—Tú siempre la llamaste así.
—¿Siempre?
Liliana tarda demasiado.
—Desde que te conozco.
Cuelga.
No porque haya terminado la conversación sino porque acaba de ocurrírsele una cosa.
Busca el cuaderno donde había intentado pasar en limpio los diarios de Roma.
Lo encuentra debajo de una caja.
Primera página.
Roma.
Seminario.
Una fecha.
Su letra.
Pasa hojas.
Oraciones, escrúpulos, estupideces, hambre, horarios. Y entonces aparece una anotación que recuerda haber escrito porque todavía recuerda la mesa donde la escribió.
La Virgen de los Peregrinos.
Se queda inmóvil.
Está tachado.
Arriba, con otra tinta:
de la Tribulación.
No recuerda haberlo corregido.
2001
Ivan Walsh no recuerda haber escrito esta versión.
Eso empieza a convertirse en un problema.
Tiene delante las páginas de Bernardo, el nombre tachado de Fernando y ahora esto: Bernardo, Nueva York, 1944. No puede ser un diario suyo, naturalmente, pero la primera persona lo desconcierta porque algunas frases tienen esa respiración que reconoce antes incluso de entenderlas. Hay palabras que él pondría exactamente allí. O cree que las pondría. También hay errores, cosas que cambiaría, repeticiones que le molestan. Eso prueba poco. Uno envejece corrigiendo al hombre que fue hasta que termina convencido de que siempre escribió como escribe ahora.
Lee otra vez la fecha.
1944
Riverside Drive.
Eso sí lo incomoda.
Bernardo vive en Riverside Drive medio siglo después. Bernardo también. Las dos historias comienzan de madrugada, después de una fiesta, con un hombre que quiere largarse de Nueva York. En una versión suena el teléfono. En ésta aparece un sobre. En una, Cuba llama. En la otra, México.
Podría tratarse de un recurso literario.
Eso sería tranquilizador.
El problema es que la estampa está delante de él.
La saca del cuaderno negro.
No recuerda haberla dejado ahí.
La Virgen sostiene al niño sobre el brazo izquierdo. El niño mira hacia fuera. La estrella de ocho puntas está junto al hombro.
En el frente no queda ninguna inscripción.
Le da vuelta.
Hay marcas de adhesivo, una mancha marrón, un número escrito con lápiz y borrado después. Nada más.
Busca una lupa entre los materiales del estudio y se siente absurdo mientras lo hace. Casey ampliaría una fotografía. Liliana dibujaría las líneas. Él tiene una lupa de pintor y una imagen de papel que quizá compró en alguna iglesia hace treinta años.
Mira la estrella.
Ocho puntas.
Alrededor hay algo.
No puede ser.
Cambia el ángulo de la lámpara.
Dentro de la estrella hay una figura.
Una casa.
No una casa. Un rectángulo oscuro con algo encima. Podría ser una mancha. La acerca todavía más y, por un instante, está seguro de ver una arcada, después un patio, quizá una fuente.
Se aparta.
Esto es exactamente lo que no debe hacer.
Encontrar formas.
Unirlas.
Convertir una mancha en casa, una casa en hacienda, una hacienda en destino.
El teléfono sigue sobre la mesa.
Bernardo ha dicho que Juan Diego le está enseñando a su padre.
Después le ha dicho que no enseñe la Virgen a nadie.
Eso tendría que bastarle.
No basta.
Marco a Liliana.
Contesta después del cuarto tono.
—¿Qué pasó?
Está dormida.
—La fotografía.
—Ivan Walsh.
—La Virgen que viste en el teléfono de Juan Diego. ¿Tenía algo escrito?
—¿Qué hora es?
—Una.
—Entonces son la una.
—Liliana.
Escucha cómo se incorpora.
—No sé. Déjame pensar.
Espera.
—Peregrinos —dice.
No contesta.
—Creo que decía Peregrinos.
—¿Estás segura?
—No.
—¿Tribulación?
Silencio.
—Esa es la tuya.
Mira la estampa.
—¿Qué quieres decir?
—Tú siempre la llamaste así.
—¿Siempre?
Liliana tarda demasiado.
—Desde que te conozco.
Cuelga.
No porque haya terminado la conversación sino porque acaba de ocurrírsele una cosa.
Busca el cuaderno donde había intentado pasar en limpio los diarios de Roma.
Lo encuentra debajo de una caja.
Primera página.
Roma.
Seminario.
Una fecha.
Su letra.
Pasa hojas.
Oraciones, escrúpulos, estupideces, hambre, horarios. Y entonces aparece una anotación que recuerda haber escrito porque todavía recuerda la mesa donde la escribió.
La Virgen de los Peregrinos.
Se queda inmóvil.
Está tachado.
Arriba, con otra tinta:
de la Tribulación.
No recuerda haberlo corregido.
2001
Ivan Walsh does not remember writing this version.
That is beginning to become a problem.
Before him are Bernardo’s pages, Fernando’s crossed-out name and now this: Bernardo, New York, 1944. It cannot be a diary of his, naturally, but the first person unsettles him because some phrases have that breathing he recognizes even before understanding them. There are words he would put exactly there. Or thinks he would. There are also mistakes, things he would change, repetitions that annoy him. That proves little. One grows old correcting the man one was until one ends up convinced that one has always written as one writes now.
He reads the date again.
1944
Riverside Drive.
That does make him uncomfortable.
Bernardo lives on Riverside Drive half a century later. Bernardo too. Both stories begin in the early hours, after a party, with a man who wants to get out of New York. In one version the phone rings. In this one an envelope appears. In one, Cuba calls. In the other, Mexico.
It could be a literary device.
That would be reassuring.
The problem is that the print is before him.
He takes it out of the black notebook.
He does not remember leaving it there.
The Virgin holds the child on her left arm. The child looks outward. The eight-pointed star is beside the shoulder.
No inscription remains on the front.
He turns it over.
There are traces of adhesive, a brown stain, a number written in pencil and later erased. Nothing more.
He looks for a magnifier among the studio materials and feels absurd as he does so. Casey would enlarge a photograph. Liliana would draw the lines. He has a painter’s magnifier and a paper image he may have bought in some church thirty years ago.
He looks at the star.
Eight points.
There is something around it.
It cannot be.
He changes the angle of the lamp.
Inside the star there is a figure.
A house.
Not a house. A dark rectangle with something above it. It could be a stain. He brings it even closer and, for an instant, is certain he sees an arcade, then a courtyard, perhaps a fountain.
He draws back.
This is exactly what he must not do.
Find shapes.
Connect them.
Turn a stain into a house, a house into a hacienda, a hacienda into a destiny.
The phone is still on the table.
Bernardo has said that Juan Diego is showing him his father.
Then he has told him not to show the Virgin to anyone.
That ought to be enough for him.
It is not enough.
I call Liliana.
She answers after the fourth ring.
—What happened?
She is asleep.
—The photograph.
—Ivan Walsh.
—The Virgin you saw on Juan Diego’s phone. Did it have anything written on it?
—What time is it?
—One.
—Then it is one.
—Liliana.
He hears her sitting up.
—I do not know. Let me think.
He waits.
—Pilgrims —she says.
He does not answer.
—I think it said Pilgrims.
—Are you sure?
—No.
—Tribulation?
Silence.
—That one is yours.
He looks at the print.
—What do you mean?
—You always called it that.
—Always?
Liliana takes too long.
—Since I have known you.
He hangs up.
Not because the conversation is over but because something has just occurred to him.
He looks for the notebook in which he had tried to make clean copies of the Roman diaries.
He finds it beneath a box.
First page.
Rome.
Seminary.
A date.
His handwriting.
He turns pages.
Prayers, scruples, stupidities, hunger, timetables. And then an entry appears that he remembers writing because he still remembers the table at which he wrote it.
The Virgin of the Pilgrims.
He remains motionless.
It is crossed out.
Above it, in another ink:
of Tribulation.
He does not remember correcting it.
Guía de Canales / Lectura A–B–C
3 capítulos · Orden del manuscrito
Las fechas orientan; la secuencia sigue Scrivener.
- Bernardo — Hombres como túAdolescencia de Bernardo · fecha no determinada
- El Mustang amarillo en Florencia
- Los 109 frascos