El Sitio / Los Cuadernos · Manuscrito del Cuaderno Púrpura
Los Gemelos Comneno · Fase 1: La Juventud en Bellas Artes · Capítulo 01.5
5 de septiembre de 1985 · Voz ficcional: Isaac Comneno
Sestina · Isaac y el Pequeño Samurái · Ash Falls with Dusk Light
Angel Comneno · Sestina – EP
I
Isaac tiene quince años y está sentado frente al piano mientras la Carlos Chávez termina de afinar. El Pequeño Samurái da el la y los otros violines comienzan a recogerlo. Después las violas, los violonchelos y los alientos, que tardan un poco más en ponerse de acuerdo. La orquesta está preparando el Concierto para piano número 1 de Chopin y todavía faltan unos minutos para que el director levante la batuta.
Isaac abre un cuaderno que lleva varios días llenando con anotaciones sobre los griegos. Está estudiando los pueblos que ocuparon el territorio que ahora conocemos como Grecia, pero no consigue comprender cómo llegaron a convertirse en una sola civilización. En la preparatoria han comenzado a hablar de las colonizaciones griegas y de las diferencias entre dorios, jonios y eolios. Roberto, su maestro de piano, le ha recomendado que lea algo sobre la Edad del Bronce antes de continuar buscando las Ciprias, aquel poema desaparecido que Isaac considera indispensable para comprender la guerra de Troya.
En una página del cuaderno ha escrito cinco palabras:
Dorios. Jonios. Aqueos. Eolios. Corintios.
Examina la última y la tacha. Corinto es una ciudad. Los corintios no constituyen una de aquellas grandes agrupaciones lingüísticas que está intentando ordenar. Le molesta haber cometido un error tan elemental, aunque inmediatamente se pregunta por qué no podrían ser también un pueblo. Al fin y al cabo, los atenienses son atenienses y los espartanos, espartanos.
El Pequeño Samurái vuelve a dar el la.
Isaac levanta la cabeza. Yoshiaki se encuentra a pocos metros, sosteniendo el violín bajo la barbilla. Lleva el cabello recogido en una pequeña cola de caballo y observa al concertino, que parece no estar satisfecho con la afinación de los segundos violines. Isaac lo mira durante unos segundos, pero cuando el muchacho vuelve ligeramente la cabeza baja los ojos hacia el cuaderno.
Ha comenzado a hacerlo con frecuencia. Le parece que Yoshiaki puede darse cuenta de que lo observa aun cuando esté ocupado en cualquier otra cosa.
Vuelve a mirar sus anotaciones.
Los dorios ocupaban el Peloponeso meridional y algunas islas del Egeo. Sus dialectos y comunidades se extendían también por otros territorios. Lo que no consigue comprender es cuándo habían llegado allí. Algunos libros hablan de una invasión doria posterior a la destrucción de los palacios micénicos; otros consideran que los desplazamientos fueron más complejos y que no existe una explicación definitiva para el derrumbe de aquella civilización.
A Isaac le interesa particularmente que las ciudades de los grandes reyes homéricos hubieran desaparecido antes de que Homero compusiera sus poemas.
En la Ilíada hay palacios, ejércitos, riquezas y hombres que gobiernan territorios enormes. Pero cuando estudia la historia de Grecia descubre que muchos de aquellos palacios fueron destruidos, que la escritura utilizada por sus administradores dejó de emplearse y que durante siglos no volvió a existir nada semejante a la organización política micénica.
Se pregunta qué ocurrió con las personas que sobrevivieron a la destrucción de las ciudades. No debieron desaparecer todas. Alguien tuvo que quedarse a vivir entre los muros quemados. Otros habrán seguido cultivando los campos y algunos habrán abandonado sus casas para buscar lugares menos peligrosos.
Le parece que los dorios aparecen en aquella historia cuando todo lo importante ha ocurrido ya, como si llegaran a una fiesta después de que los invitados se han marchado y sólo quedaran los vasos rotos.
En la preparatoria han estudiado también los órdenes arquitectónicos. Isaac conoce las columnas dóricas por las fotografías de los templos griegos. Le gustan porque parecen sostener los edificios sin el menor esfuerzo. No tienen las volutas de las columnas jónicas ni las hojas que adornan los capiteles corintios. Aunque sabe que aquellos estilos arquitectónicos se desarrollaron mucho después del mundo micénico, imagina que las columnas conservan algo del carácter de los pueblos que les dieron nombre.
Escribe en el cuaderno:
Dorio: soportar.
Después mira a Yoshiaki.
El muchacho continúa afinando. Lo hace con una concentración que a Isaac le parece casi ofensiva. Tiene la espalda recta y mueve el arco apenas lo necesario para producir una nota perfectamente sostenida.
También él parece bastante dórico.
Isaac sonríe y cierra el cuaderno cuando el director golpea el atril.
II
Comienzan con el primer movimiento.
Isaac coloca las manos sobre las piernas y escucha los primeros acordes. El piano tardará bastante en entrar. Chopin ha escrito una introducción orquestal tan extensa que algunos pianistas parecen impacientarse mientras la orquesta desarrolla los temas que después recogerá el solista. A Isaac, en cambio, le gusta aquel largo comienzo. Puede escuchar la música sin preocuparse todavía por sus manos y observar cómo una melodía pasa de una sección a otra.
Roberto le ha dicho que debe prestar atención a todo lo que ocurre antes de su entrada. No basta con contar los compases y esperar. El pianista tiene que llegar a su primera frase sabiendo qué ha sucedido musicalmente durante los minutos anteriores.
Isaac escucha, pero también piensa en los jonios.
En el mapa, la costa occidental de Anatolia está cubierta de nombres griegos. Éfeso, Mileto, Esmirna. Frente a ella aparecen Samos, Quíos y otras islas que parecen haberse desprendido del continente. En la actualidad, aquella costa pertenece a Turquía y muchas de las islas son griegas. Isaac se pregunta qué habría pensado un jonio de una frontera semejante.
En los libros se habla de ciudades, colonias, comerciantes y navegantes que cruzaban constantemente el mar. El Egeo debía de ser menos una separación que un camino. Los barcos permitían viajar entre comunidades que hablaban dialectos emparentados, comerciaban entre sí y veneraban a muchos de los mismos dioses.
Isaac intenta imaginar a Helena cruzando aquel mar con Paris.
La historia lo ha perseguido desde que Roberto le habló de las Ciprias. Sabe que Paris llegó a Esparta, fue recibido en la casa de Menelao y terminó marchándose con Helena. Después vino la guerra. Pero a Isaac le interesa el tiempo que transcurre entre ambas cosas.
¿Qué hicieron durante el viaje? ¿Hablaron de Menelao? ¿Helena estaba enamorada de Paris? ¿Se arrepintió cuando vio desaparecer la costa? ¿Tuvo miedo él? ¿Habían decidido realmente lo que iban a hacer o comenzaron a comprenderlo cuando ya estaban en el barco?
Roberto le ha explicado que existían distintas versiones de la historia y que los poemas perdidos no pueden reconstruirse por completo. Isaac considera injusto que se hayan conservado tantas descripciones de batallas y tan poco de las conversaciones que debieron precederlas.
Le gustaría saber qué dijo Helena la primera noche.
La orquesta continúa tocando. Los violines desarrollan una de las melodías y el director se vuelve hacia los violonchelos. Yoshiaki está ocupado siguiendo su parte.
Isaac intenta concentrarse.
En la preparatoria han estudiado también el orden jónico. Las columnas llevan volutas que se enrollan a ambos lados del capitel y parecen menos severas que las dóricas. A Isaac le gusta que la piedra pueda representar algo tan delicado como una curva.
Durante una clase ha escrito:
Dorio: soportar.
Jónico: seducir.
Después ha tachado la segunda frase. Le parece demasiado sencilla. Las columnas jónicas no seducen a nadie, aunque las volutas tienen algo de los cabellos que se enroscan junto al rostro.
Ahora vuelve a mirar al Pequeño Samurái y comprende por qué ha pensado en ellas.
Se pregunta si Yoshiaki se habrá dado cuenta alguna vez de que lleva el cabello recogido de una manera que hace visibles sus orejas. La pequeña piedra azul que utiliza en una de ellas brilla bajo las luces del salón.
Isaac vuelve a mirar hacia el director. No quiere perder su entrada.
Todavía faltan varios minutos.
III
Los aqueos le plantean un problema distinto.
En Homero, los griegos son llamados aqueos, dánaos y argivos. Los nombres parecen utilizarse para designar al mismo ejército, aunque no corresponden exactamente a una sola comunidad histórica. Aquiles procede de Ftía, Agamenón de Micenas y Odiseo de Ítaca. Todos tienen sus propios territorios, sus reyes y sus conflictos, pero cuando llegan a Troya aparecen reunidos bajo unas denominaciones que terminan por convertirlos en un pueblo.
A Isaac le cuesta entender cómo se produjo esa transformación.
Sabe que los poemas homéricos pertenecen a una época posterior a la desaparición de los palacios micénicos. Homero habla de una guerra que, si tuvo un acontecimiento histórico reconocible detrás, pertenece a un mundo mucho más antiguo que el suyo.
Se pregunta si aquellos guerreros se habrían llamado a sí mismos aqueos. Quizá algunos sí. Otros habrán utilizado nombres diferentes. Es posible que la poesía conservara denominaciones antiguas que habían perdido su significado original.
En el cuaderno escribe:
Aqueos: una palabra que reúne.
Le parece una observación bastante buena.
Después piensa que tal vez no ha descubierto nada. Los poemas necesitan palabras distintas para nombrar a las mismas personas, sobre todo cuando están compuestos en hexámetros. Roberto le ha explicado que la métrica condiciona el lenguaje de los poetas y que Homero dispone de fórmulas enteras para referirse a sus personajes.
Isaac se pregunta si un pueblo puede llegar a existir porque alguien ha encontrado la manera de contarlo.
A su alrededor, la orquesta está formada por hombres y mujeres de edades muy diferentes. Algunos han estudiado en el extranjero; otros han pasado toda la vida tocando en Ciudad de México. Hay músicos que se conocen desde hace muchos años y otros que apenas pueden soportarse. Cada uno tiene sus propias preocupaciones, pero cuando el director levanta la batuta todos comienzan a tocar una misma obra.
Se pregunta si una civilización puede parecerse a una orquesta.
Los griegos hablaban dialectos diferentes, vivían en ciudades independientes, comerciaban y se hacían la guerra. Sin embargo, sus descendientes terminaron por reconocerse en unos mismos poemas. La Ilíada les ofrecía una historia en la que sus antepasados habían combatido juntos, aun cuando los pueblos que escuchaban aquellos versos no siempre hubieran formado parte de una misma comunidad política.
Yoshiaki toca en el segundo atril de los violines.
Isaac lo observa mientras sigue el movimiento del arco. Le parece extraordinario que todos los violinistas deban interpretar las mismas notas y, sin embargo, ninguno se mueva exactamente igual que los demás.
Se pregunta qué ocurriría si Yoshiaki dejara de tocar.
La orquesta seguiría adelante, desde luego. Es solamente uno de los violines. Pero Isaac cree que podría reconocer su ausencia.
La idea lo avergüenza un poco.
Vuelve a mirar la partitura.
IV
Los eolios habitaban distintas regiones de Grecia y de la costa noroccidental de Anatolia. También estaban las comunidades eolias de Lesbos, la isla de Safo.
Isaac ha comenzado a interesarse por la poesía griega porque Roberto insiste en que la música no puede estudiarse como si los compositores hubieran vivido separados de los escritores, los pintores y los filósofos. Después de tocar los sonetos de Petrarca de Liszt, ha adquirido la costumbre de buscar los textos que aparecen mencionados en las partituras.
Safo le resulta especialmente interesante.
No solamente porque escribió poemas amorosos, sino porque muchos de ellos se han perdido. Al igual que las Ciprias, su obra sobrevive en fragmentos, citas y papiros que permiten conocer algunas palabras de composiciones que ya no pueden leerse completas.
A Isaac le molesta que las obras desaparezcan.
Ha comenzado a sospechar que la historia de la literatura consiste en estudiar unos cuantos libros supervivientes y tratar de imaginar todo lo que se perdió alrededor de ellos.
Safo escribió en un dialecto eolio. Homero utilizó una lengua poética en la que convivían formas de diferentes tradiciones dialectales. La diversidad del griego le parece menos sorprendente cuando recuerda que también en México hay personas que utilizan palabras distintas para nombrar las mismas cosas.
Pero el griego lo intriga particularmente porque ha dejado tantos testimonios de sus diferencias.
A veces piensa que nunca existió una Grecia unificada como la que muestran los mapas escolares. Existieron ciudades, santuarios, dialectos, guerras y alianzas. Después aparecieron relatos en los que aquellos hombres podían reconocerse como parte de una historia común.
Quizá eso había hecho Homero.
La Ilíada no creó por sí sola a los griegos, pero les permitió imaginar un pasado compartido.
Isaac vuelve a pensar en Helena.
Antes de la guerra era una mujer deseada por dos hombres. Después terminó convertida en una de las razones por las que generaciones enteras recordaban Troya.
No sabe qué pensaría ella de aquello.
Tal vez Helena no habría querido que nadie la recordara de esa manera.
Lo que sigue interesándole es el viaje.
En las Ciprias, piensa, debía encontrarse todavía aquel momento en que las decisiones pertenecían a unas cuantas personas. Paris podía regresar sin Helena. Helena podía quedarse con Menelao. Los reyes podían negarse a iniciar una guerra.
Después, cuando los barcos partieron hacia Troya, las decisiones individuales comenzaron a pertenecer a todos.
Isaac mira al Pequeño Samurái.
Todavía no ha conseguido decirle que le gusta.
A veces está convencido de que debería hacerlo. Otras veces le parece que una confesión semejante terminaría por destruir la relación que apenas han comenzado a tener.
Yoshiaki es amable cuando se encuentran en los ensayos, aunque casi nunca parece dispuesto a prolongar las conversaciones. En el edificio donde viven, Isaac ha aprendido a reconocer el sonido de sus pasos en las escaleras. Algunas noches escucha el violín a través de las paredes y trata de adivinar qué está estudiando.
No sabe si aquello es amor.
Roberto le ha dicho alguna vez que los adolescentes confunden con facilidad la admiración y el deseo. Isaac considera que su maestro habla demasiado de cosas que no le corresponden, pero sospecha que tiene razón.
La orquesta se aproxima a uno de los pasajes que preceden su entrada.
Isaac coloca las manos sobre las rodillas y comienza a contar.
V
En el descanso vuelve a abrir el cuaderno y dibuja el Peloponeso.
El resultado no es satisfactorio. La península parece una mano deforme que se extiende hacia el Mediterráneo. Isaac señala el istmo de Corinto y escribe el nombre de la ciudad junto a la estrecha franja de tierra que comunica el Peloponeso con el resto de Grecia.
El director pasa detrás de él y se detiene.
—¿Qué estás dibujando?
—Grecia.
El hombre observa la página.
—Parece una vaca.
Isaac espera que continúe caminando antes de volver a examinar el dibujo.
No le parece una vaca.
Se parece mucho más a una mano.
Corinto ocupa un lugar que le resulta particularmente interesante. Está situado junto al istmo, entre dos extensiones de tierra que parecen pertenecer a mundos diferentes. La ciudad ha sido un punto de comunicación, comercio y tránsito durante siglos.
Quizá por eso la había incluido entre las tribus.
Le gustan los lugares que permiten pasar de una cosa a otra.
En la escuela, Isaac todavía no es un músico profesional, aunque toca con profesionales. En su departamento vive solo, pero su familia continúa pagando muchas de las cosas que necesita. Tiene quince años y los adultos comienzan a tratarlo como si pudiera decidir por sí mismo, aunque todavía le preguntan a qué hora piensa regresar a casa.
La adolescencia le parece un estado bastante incómodo.
A veces quisiera tener veinte años. Otras veces sospecha que los veinte no resolverán nada.
Alejo, en cambio, parece más preocupado por lo que hará con su vida que por la edad que tiene. Su hermano continúa leyendo vidas de santos y últimamente habla de irse a un seminario.
Isaac se pregunta qué tendrá que ver la pobreza de san Alejo con la música de Chopin, pero no encuentra ninguna relación.
En otra página del cuaderno ha copiado una historia sobre el origen del capitel corintio.
La leyó en un libro de arquitectura. Vitruvio cuenta que una muchacha murió y que alguien colocó sobre su tumba una cesta con objetos queridos. La cesta quedó cubierta por una teja y, al llegar la primavera, una planta de acanto creció alrededor. Calímaco, un escultor, observó aquella combinación de hojas, líneas y volúmenes y encontró en ella la inspiración para un nuevo tipo de capitel.
Isaac sabe que se trata de una tradición transmitida muchos siglos después de los hechos que pretende explicar, pero la historia le gusta.
Una muchacha muere. Alguien deposita una cesta sobre su tumba. Crece una planta y un hombre encuentra una forma que otros utilizarán durante siglos.
Le parece extraño que una muerte pueda terminar convertida en un ornamento.
En la clase de Historia del Arte les han explicado que las hojas de acanto adornan innumerables columnas de edificios construidos mucho después de los templos griegos. La misma forma aparece en iglesias, palacios y monumentos. Los arquitectos continúan utilizándola, aunque probablemente muchos no conozcan la historia de la muchacha.
Isaac recuerda los capiteles de una iglesia a la que su madre suele llevarlo.
Piensa en la Virgen, pero no sabe exactamente por qué.
El director vuelve a llamarlos.
Isaac guarda el cuaderno.
VI
Esta vez deben tocar el primer movimiento completo, sin detenerse.
El director les recuerda que han repetido demasiadas veces algunos pasajes y que necesita escuchar cómo funciona la obra entera. Isaac se sienta frente al piano y comprueba la altura del banco.
Desde allí puede ver a Yoshiaki.
El muchacho está conversando con uno de los violinistas. Se ríe de algo que Isaac no alcanza a escuchar. Tiene una expresión completamente distinta cuando sonríe y durante un instante Isaac piensa que podría pasarse la vida intentando averiguar qué le causa tanta alegría.
El director levanta la batuta.
Comienza la introducción orquestal.
Isaac conoce cada uno de los temas y sabe exactamente cuándo tendrá que entrar. Mientras escucha, recuerda los mapas que ha estado estudiando. Los dorios en el Peloponeso, los jonios en Anatolia, los eolios en Lesbos y los aqueos de los poemas homéricos.
Le parece curioso que la historia de Grecia dependa de tantas cosas que ya no existen.
Los palacios micénicos desaparecieron. Los dialectos cambiaron y algunos dejaron de hablarse. Las ciudades fueron destruidas y reconstruidas. Los hombres que combatieron en las guerras antiguas murieron hace miles de años.
Sin embargo, todavía puede leer a Homero y escuchar palabras que otros hombres repitieron durante siglos.
También puede interpretar música escrita por un polaco que murió más de cien años antes de que él naciera.
Roberto dice que los intérpretes deben estudiar la vida de los compositores, pero Isaac comienza a sospechar que ninguna biografía permite saber exactamente qué sintió un hombre mientras escribía una obra. Se puede conocer la fecha de composición, las circunstancias de un estreno y las personas a quienes estaba dedicada una partitura. Lo que no puede saberse es qué pensaba Chopin cuando encontraba una melodía que después otros músicos tocarían de maneras tan diferentes.
La orquesta continúa desarrollando los temas.
Isaac recuerda una conversación con Alejo sobre los santos.
Su hermano le ha dicho que san Alejo abandonó todo lo que tenía porque quería encontrar a Dios. Isaac le preguntó cómo podía saber que lo había encontrado. Alejo respondió que la santidad no consiste necesariamente en sentir algo extraordinario.
—Entonces, ¿cómo sabes que sirve de algo?
Alejo se había quedado pensando.
Isaac no recuerda qué respondió finalmente.
En la preparatoria han estudiado también a Parsifal y la búsqueda del Grial. Isaac confunde a veces las distintas versiones medievales y la ópera de Wagner, pero le interesa especialmente que un hombre pueda dedicar su vida a buscar un objeto cuya importancia no termina de comprender.
En otra ocasión le ha dicho a Roberto que Lancelot podría llegar hasta el Grial y no sentir absolutamente nada.
—Eso no es lo que cuenta la historia —le respondió su maestro.
—Pero podría pasar.
Roberto lo miró y le pidió que continuara tocando.
Isaac piensa ahora que sería terrible pasarse la vida buscando algo y, cuando finalmente se encuentra frente a ello, estar preocupado por otra cosa.
El director se vuelve hacia los violines.
Yoshiaki levanta el arco.
Isaac escucha la melodía. Le parece que podría reconocer aquella manera de moverse incluso si no pudiera ver el rostro del muchacho.
Durante unos segundos piensa en Paris.
Se pregunta si el príncipe troyano estaba realmente enamorado de Helena o si había llegado a desearla tanto porque Afrodita le había prometido que sería suya. No es lo mismo encontrar hermosa a una persona que necesitar que esa persona corresponda a lo que uno ha imaginado.
Quizá Paris había convertido a Helena en algo que ella nunca quiso ser.
Isaac mira al Pequeño Samurái.
Tiene la impresión de que está haciendo exactamente lo mismo.
Conoce muy pocas cosas de Yoshiaki. Sabe que toca el violín, que vive en su edificio, que llega temprano a la preparatoria y que a veces se sienta al fondo del salón para que nadie lo moleste. Le gusta su cabello, la piedra azul que lleva en la oreja y su manera de colocar los pies sobre el banco de enfrente durante las clases.
Todo lo demás lo ha imaginado.
Sin embargo, lleva meses pensando en él.
La orquesta se aproxima a la primera intervención del piano.
Isaac vuelve los ojos hacia la partitura.
VII
Cuando comienza a tocar, Isaac se encuentra particularmente cómodo. Las manos responden y el sonido del piano parece integrarse con la orquesta sin el esfuerzo que algunas veces le exige aquella obra.
Roberto siempre le dice que no debe confundir tocar correctamente con interpretar. Isaac todavía no comprende del todo la diferencia. Hay momentos en que consigue ejecutar los pasajes difíciles con tanta facilidad que le parece absurdo buscar algo más. Pero después escucha una grabación de un pianista mayor y descubre que las mismas notas pueden producir una impresión completamente distinta.
Sigue tocando.
Por momentos consigue olvidarse de Yoshiaki. En otros vuelve a imaginarlo entre los violines y se pregunta si estará escuchando sus intervenciones o si simplemente espera que el director le indique cuándo debe volver a tocar.
Al llegar a uno de los pasajes más delicados recuerda la historia del capitel corintio.
Piensa en la muchacha muerta, en la cesta y en la planta que crece alrededor. Todo aquello ocurre dentro de su cabeza mientras sus dedos continúan moviéndose sobre el teclado.
Le parece que la música permite hacer dos cosas al mismo tiempo.
Una parte de él escucha y calcula. Otra recuerda imágenes que no tienen relación aparente con la partitura.
A veces le ocurre lo contrario. Está tan atento a los sonidos que no piensa absolutamente en nada. Cuando termina, no consigue recordar qué ha sucedido durante los últimos minutos.
Eso es lo que más le gusta de tocar.
La música continúa y la orquesta lo acompaña hasta que el piano vuelve a callar.
Durante un instante Isaac levanta los ojos y encuentra a Yoshiaki mirándolo.
No sabe si el muchacho lo estaba observando desde antes.
Vuelve inmediatamente a la partitura.
Piensa que le gustaría decirle algo después del ensayo. Quizá preguntarle por una obra que está estudiando o invitarlo a cenar en su departamento. Pero sabe que, si lo invita, pasará toda la tarde preocupado por lo que pueda significar aquella invitación.
Roberto le ha dicho que no debe distraerse.
Isaac se concentra en el siguiente pasaje.
Cuando termina el movimiento, el director mantiene la batuta levantada unos segundos.
Nadie se mueve.
No se escucha ninguna tos ni el sonido de una silla. Los músicos permanecen inmóviles, como si estuvieran esperando que algo más ocurriera. Isaac ha deseado muchas veces conseguir ese silencio. Sabe que una interpretación puede fracasar incluso cuando todas las notas han sido correctas, pero también que hay ocasiones en que la música termina y nadie parece dispuesto a interrumpirla.
Esta vez lo ha conseguido.
Sin embargo, Isaac no se da cuenta.
Está pensando en Helena, en la muchacha de la tumba y en las cosas que los hombres convierten en imágenes después de haberlas perdido.
Recuerda otra vez a Lancelot.
Le parece que el caballero podría llegar finalmente ante el Grial y descubrir que ya no sabe qué estaba buscando.
Cuando el director baja la batuta, algunos músicos comienzan a moverse y Yoshiaki se vuelve hacia uno de sus compañeros.
Isaac levanta la cabeza.
Comprende que han terminado.
Se pregunta si ha tocado bien.
Todavía no sabe que acaba de ocurrir exactamente aquello que tantas veces había imaginado.
El silencio ha llegado.
Y él estaba pensando en otra cosa.
El Sitio / Los Cuadernos · Manuscrito del Cuaderno Púrpura
Los Gemelos Comneno · Fase 1: La Juventud en Bellas Artes · Capítulo 01.5
5 de septiembre de 1985 · Voz ficcional: Isaac Comneno
Sestina · Isaac y el Pequeño Samurái · Ash Falls with Dusk Light
Angel Comneno · Sestina – EP
I
Isaac tiene quince años y está sentado frente al piano mientras la Carlos Chávez termina de afinar. El Pequeño Samurái da el la y los otros violines comienzan a recogerlo. Después las violas, los violonchelos y los alientos, que tardan un poco más en ponerse de acuerdo. La orquesta está preparando el Concierto para piano número 1 de Chopin y todavía faltan unos minutos para que el director levante la batuta.
Isaac abre un cuaderno que lleva varios días llenando con anotaciones sobre los griegos. Está estudiando los pueblos que ocuparon el territorio que ahora conocemos como Grecia, pero no consigue comprender cómo llegaron a convertirse en una sola civilización. En la preparatoria han comenzado a hablar de las colonizaciones griegas y de las diferencias entre dorios, jonios y eolios. Roberto, su maestro de piano, le ha recomendado que lea algo sobre la Edad del Bronce antes de continuar buscando las Ciprias, aquel poema desaparecido que Isaac considera indispensable para comprender la guerra de Troya.
En una página del cuaderno ha escrito cinco palabras:
Dorios. Jonios. Aqueos. Eolios. Corintios.
Examina la última y la tacha. Corinto es una ciudad. Los corintios no constituyen una de aquellas grandes agrupaciones lingüísticas que está intentando ordenar. Le molesta haber cometido un error tan elemental, aunque inmediatamente se pregunta por qué no podrían ser también un pueblo. Al fin y al cabo, los atenienses son atenienses y los espartanos, espartanos.
El Pequeño Samurái vuelve a dar el la.
Isaac levanta la cabeza. Yoshiaki se encuentra a pocos metros, sosteniendo el violín bajo la barbilla. Lleva el cabello recogido en una pequeña cola de caballo y observa al concertino, que parece no estar satisfecho con la afinación de los segundos violines. Isaac lo mira durante unos segundos, pero cuando el muchacho vuelve ligeramente la cabeza baja los ojos hacia el cuaderno.
Ha comenzado a hacerlo con frecuencia. Le parece que Yoshiaki puede darse cuenta de que lo observa aun cuando esté ocupado en cualquier otra cosa.
Vuelve a mirar sus anotaciones.
Los dorios ocupaban el Peloponeso meridional y algunas islas del Egeo. Sus dialectos y comunidades se extendían también por otros territorios. Lo que no consigue comprender es cuándo habían llegado allí. Algunos libros hablan de una invasión doria posterior a la destrucción de los palacios micénicos; otros consideran que los desplazamientos fueron más complejos y que no existe una explicación definitiva para el derrumbe de aquella civilización.
A Isaac le interesa particularmente que las ciudades de los grandes reyes homéricos hubieran desaparecido antes de que Homero compusiera sus poemas.
En la Ilíada hay palacios, ejércitos, riquezas y hombres que gobiernan territorios enormes. Pero cuando estudia la historia de Grecia descubre que muchos de aquellos palacios fueron destruidos, que la escritura utilizada por sus administradores dejó de emplearse y que durante siglos no volvió a existir nada semejante a la organización política micénica.
Se pregunta qué ocurrió con las personas que sobrevivieron a la destrucción de las ciudades. No debieron desaparecer todas. Alguien tuvo que quedarse a vivir entre los muros quemados. Otros habrán seguido cultivando los campos y algunos habrán abandonado sus casas para buscar lugares menos peligrosos.
Le parece que los dorios aparecen en aquella historia cuando todo lo importante ha ocurrido ya, como si llegaran a una fiesta después de que los invitados se han marchado y sólo quedaran los vasos rotos.
En la preparatoria han estudiado también los órdenes arquitectónicos. Isaac conoce las columnas dóricas por las fotografías de los templos griegos. Le gustan porque parecen sostener los edificios sin el menor esfuerzo. No tienen las volutas de las columnas jónicas ni las hojas que adornan los capiteles corintios. Aunque sabe que aquellos estilos arquitectónicos se desarrollaron mucho después del mundo micénico, imagina que las columnas conservan algo del carácter de los pueblos que les dieron nombre.
Escribe en el cuaderno:
Dorio: soportar.
Después mira a Yoshiaki.
El muchacho continúa afinando. Lo hace con una concentración que a Isaac le parece casi ofensiva. Tiene la espalda recta y mueve el arco apenas lo necesario para producir una nota perfectamente sostenida.
También él parece bastante dórico.
Isaac sonríe y cierra el cuaderno cuando el director golpea el atril.
II
Comienzan con el primer movimiento.
Isaac coloca las manos sobre las piernas y escucha los primeros acordes. El piano tardará bastante en entrar. Chopin ha escrito una introducción orquestal tan extensa que algunos pianistas parecen impacientarse mientras la orquesta desarrolla los temas que después recogerá el solista. A Isaac, en cambio, le gusta aquel largo comienzo. Puede escuchar la música sin preocuparse todavía por sus manos y observar cómo una melodía pasa de una sección a otra.
Roberto le ha dicho que debe prestar atención a todo lo que ocurre antes de su entrada. No basta con contar los compases y esperar. El pianista tiene que llegar a su primera frase sabiendo qué ha sucedido musicalmente durante los minutos anteriores.
Isaac escucha, pero también piensa en los jonios.
En el mapa, la costa occidental de Anatolia está cubierta de nombres griegos. Éfeso, Mileto, Esmirna. Frente a ella aparecen Samos, Quíos y otras islas que parecen haberse desprendido del continente. En la actualidad, aquella costa pertenece a Turquía y muchas de las islas son griegas. Isaac se pregunta qué habría pensado un jonio de una frontera semejante.
En los libros se habla de ciudades, colonias, comerciantes y navegantes que cruzaban constantemente el mar. El Egeo debía de ser menos una separación que un camino. Los barcos permitían viajar entre comunidades que hablaban dialectos emparentados, comerciaban entre sí y veneraban a muchos de los mismos dioses.
Isaac intenta imaginar a Helena cruzando aquel mar con Paris.
La historia lo ha perseguido desde que Roberto le habló de las Ciprias. Sabe que Paris llegó a Esparta, fue recibido en la casa de Menelao y terminó marchándose con Helena. Después vino la guerra. Pero a Isaac le interesa el tiempo que transcurre entre ambas cosas.
¿Qué hicieron durante el viaje? ¿Hablaron de Menelao? ¿Helena estaba enamorada de Paris? ¿Se arrepintió cuando vio desaparecer la costa? ¿Tuvo miedo él? ¿Habían decidido realmente lo que iban a hacer o comenzaron a comprenderlo cuando ya estaban en el barco?
Roberto le ha explicado que existían distintas versiones de la historia y que los poemas perdidos no pueden reconstruirse por completo. Isaac considera injusto que se hayan conservado tantas descripciones de batallas y tan poco de las conversaciones que debieron precederlas.
Le gustaría saber qué dijo Helena la primera noche.
La orquesta continúa tocando. Los violines desarrollan una de las melodías y el director se vuelve hacia los violonchelos. Yoshiaki está ocupado siguiendo su parte.
Isaac intenta concentrarse.
En la preparatoria han estudiado también el orden jónico. Las columnas llevan volutas que se enrollan a ambos lados del capitel y parecen menos severas que las dóricas. A Isaac le gusta que la piedra pueda representar algo tan delicado como una curva.
Durante una clase ha escrito:
Dorio: soportar.
Jónico: seducir.
Después ha tachado la segunda frase. Le parece demasiado sencilla. Las columnas jónicas no seducen a nadie, aunque las volutas tienen algo de los cabellos que se enroscan junto al rostro.
Ahora vuelve a mirar al Pequeño Samurái y comprende por qué ha pensado en ellas.
Se pregunta si Yoshiaki se habrá dado cuenta alguna vez de que lleva el cabello recogido de una manera que hace visibles sus orejas. La pequeña piedra azul que utiliza en una de ellas brilla bajo las luces del salón.
Isaac vuelve a mirar hacia el director. No quiere perder su entrada.
Todavía faltan varios minutos.
III
Los aqueos le plantean un problema distinto.
En Homero, los griegos son llamados aqueos, dánaos y argivos. Los nombres parecen utilizarse para designar al mismo ejército, aunque no corresponden exactamente a una sola comunidad histórica. Aquiles procede de Ftía, Agamenón de Micenas y Odiseo de Ítaca. Todos tienen sus propios territorios, sus reyes y sus conflictos, pero cuando llegan a Troya aparecen reunidos bajo unas denominaciones que terminan por convertirlos en un pueblo.
A Isaac le cuesta entender cómo se produjo esa transformación.
Sabe que los poemas homéricos pertenecen a una época posterior a la desaparición de los palacios micénicos. Homero habla de una guerra que, si tuvo un acontecimiento histórico reconocible detrás, pertenece a un mundo mucho más antiguo que el suyo.
Se pregunta si aquellos guerreros se habrían llamado a sí mismos aqueos. Quizá algunos sí. Otros habrán utilizado nombres diferentes. Es posible que la poesía conservara denominaciones antiguas que habían perdido su significado original.
En el cuaderno escribe:
Aqueos: una palabra que reúne.
Le parece una observación bastante buena.
Después piensa que tal vez no ha descubierto nada. Los poemas necesitan palabras distintas para nombrar a las mismas personas, sobre todo cuando están compuestos en hexámetros. Roberto le ha explicado que la métrica condiciona el lenguaje de los poetas y que Homero dispone de fórmulas enteras para referirse a sus personajes.
Isaac se pregunta si un pueblo puede llegar a existir porque alguien ha encontrado la manera de contarlo.
A su alrededor, la orquesta está formada por hombres y mujeres de edades muy diferentes. Algunos han estudiado en el extranjero; otros han pasado toda la vida tocando en Ciudad de México. Hay músicos que se conocen desde hace muchos años y otros que apenas pueden soportarse. Cada uno tiene sus propias preocupaciones, pero cuando el director levanta la batuta todos comienzan a tocar una misma obra.
Se pregunta si una civilización puede parecerse a una orquesta.
Los griegos hablaban dialectos diferentes, vivían en ciudades independientes, comerciaban y se hacían la guerra. Sin embargo, sus descendientes terminaron por reconocerse en unos mismos poemas. La Ilíada les ofrecía una historia en la que sus antepasados habían combatido juntos, aun cuando los pueblos que escuchaban aquellos versos no siempre hubieran formado parte de una misma comunidad política.
Yoshiaki toca en el segundo atril de los violines.
Isaac lo observa mientras sigue el movimiento del arco. Le parece extraordinario que todos los violinistas deban interpretar las mismas notas y, sin embargo, ninguno se mueva exactamente igual que los demás.
Se pregunta qué ocurriría si Yoshiaki dejara de tocar.
La orquesta seguiría adelante, desde luego. Es solamente uno de los violines. Pero Isaac cree que podría reconocer su ausencia.
La idea lo avergüenza un poco.
Vuelve a mirar la partitura.
IV
Los eolios habitaban distintas regiones de Grecia y de la costa noroccidental de Anatolia. También estaban las comunidades eolias de Lesbos, la isla de Safo.
Isaac ha comenzado a interesarse por la poesía griega porque Roberto insiste en que la música no puede estudiarse como si los compositores hubieran vivido separados de los escritores, los pintores y los filósofos. Después de tocar los sonetos de Petrarca de Liszt, ha adquirido la costumbre de buscar los textos que aparecen mencionados en las partituras.
Safo le resulta especialmente interesante.
No solamente porque escribió poemas amorosos, sino porque muchos de ellos se han perdido. Al igual que las Ciprias, su obra sobrevive en fragmentos, citas y papiros que permiten conocer algunas palabras de composiciones que ya no pueden leerse completas.
A Isaac le molesta que las obras desaparezcan.
Ha comenzado a sospechar que la historia de la literatura consiste en estudiar unos cuantos libros supervivientes y tratar de imaginar todo lo que se perdió alrededor de ellos.
Safo escribió en un dialecto eolio. Homero utilizó una lengua poética en la que convivían formas de diferentes tradiciones dialectales. La diversidad del griego le parece menos sorprendente cuando recuerda que también en México hay personas que utilizan palabras distintas para nombrar las mismas cosas.
Pero el griego lo intriga particularmente porque ha dejado tantos testimonios de sus diferencias.
A veces piensa que nunca existió una Grecia unificada como la que muestran los mapas escolares. Existieron ciudades, santuarios, dialectos, guerras y alianzas. Después aparecieron relatos en los que aquellos hombres podían reconocerse como parte de una historia común.
Quizá eso había hecho Homero.
La Ilíada no creó por sí sola a los griegos, pero les permitió imaginar un pasado compartido.
Isaac vuelve a pensar en Helena.
Antes de la guerra era una mujer deseada por dos hombres. Después terminó convertida en una de las razones por las que generaciones enteras recordaban Troya.
No sabe qué pensaría ella de aquello.
Tal vez Helena no habría querido que nadie la recordara de esa manera.
Lo que sigue interesándole es el viaje.
En las Ciprias, piensa, debía encontrarse todavía aquel momento en que las decisiones pertenecían a unas cuantas personas. Paris podía regresar sin Helena. Helena podía quedarse con Menelao. Los reyes podían negarse a iniciar una guerra.
Después, cuando los barcos partieron hacia Troya, las decisiones individuales comenzaron a pertenecer a todos.
Isaac mira al Pequeño Samurái.
Todavía no ha conseguido decirle que le gusta.
A veces está convencido de que debería hacerlo. Otras veces le parece que una confesión semejante terminaría por destruir la relación que apenas han comenzado a tener.
Yoshiaki es amable cuando se encuentran en los ensayos, aunque casi nunca parece dispuesto a prolongar las conversaciones. En el edificio donde viven, Isaac ha aprendido a reconocer el sonido de sus pasos en las escaleras. Algunas noches escucha el violín a través de las paredes y trata de adivinar qué está estudiando.
No sabe si aquello es amor.
Roberto le ha dicho alguna vez que los adolescentes confunden con facilidad la admiración y el deseo. Isaac considera que su maestro habla demasiado de cosas que no le corresponden, pero sospecha que tiene razón.
La orquesta se aproxima a uno de los pasajes que preceden su entrada.
Isaac coloca las manos sobre las rodillas y comienza a contar.
V
En el descanso vuelve a abrir el cuaderno y dibuja el Peloponeso.
El resultado no es satisfactorio. La península parece una mano deforme que se extiende hacia el Mediterráneo. Isaac señala el istmo de Corinto y escribe el nombre de la ciudad junto a la estrecha franja de tierra que comunica el Peloponeso con el resto de Grecia.
El director pasa detrás de él y se detiene.
—¿Qué estás dibujando?
—Grecia.
El hombre observa la página.
—Parece una vaca.
Isaac espera que continúe caminando antes de volver a examinar el dibujo.
No le parece una vaca.
Se parece mucho más a una mano.
Corinto ocupa un lugar que le resulta particularmente interesante. Está situado junto al istmo, entre dos extensiones de tierra que parecen pertenecer a mundos diferentes. La ciudad ha sido un punto de comunicación, comercio y tránsito durante siglos.
Quizá por eso la había incluido entre las tribus.
Le gustan los lugares que permiten pasar de una cosa a otra.
En la escuela, Isaac todavía no es un músico profesional, aunque toca con profesionales. En su departamento vive solo, pero su familia continúa pagando muchas de las cosas que necesita. Tiene quince años y los adultos comienzan a tratarlo como si pudiera decidir por sí mismo, aunque todavía le preguntan a qué hora piensa regresar a casa.
La adolescencia le parece un estado bastante incómodo.
A veces quisiera tener veinte años. Otras veces sospecha que los veinte no resolverán nada.
Alejo, en cambio, parece más preocupado por lo que hará con su vida que por la edad que tiene. Su hermano continúa leyendo vidas de santos y últimamente habla de irse a un seminario.
Isaac se pregunta qué tendrá que ver la pobreza de san Alejo con la música de Chopin, pero no encuentra ninguna relación.
En otra página del cuaderno ha copiado una historia sobre el origen del capitel corintio.
La leyó en un libro de arquitectura. Vitruvio cuenta que una muchacha murió y que alguien colocó sobre su tumba una cesta con objetos queridos. La cesta quedó cubierta por una teja y, al llegar la primavera, una planta de acanto creció alrededor. Calímaco, un escultor, observó aquella combinación de hojas, líneas y volúmenes y encontró en ella la inspiración para un nuevo tipo de capitel.
Isaac sabe que se trata de una tradición transmitida muchos siglos después de los hechos que pretende explicar, pero la historia le gusta.
Una muchacha muere. Alguien deposita una cesta sobre su tumba. Crece una planta y un hombre encuentra una forma que otros utilizarán durante siglos.
Le parece extraño que una muerte pueda terminar convertida en un ornamento.
En la clase de Historia del Arte les han explicado que las hojas de acanto adornan innumerables columnas de edificios construidos mucho después de los templos griegos. La misma forma aparece en iglesias, palacios y monumentos. Los arquitectos continúan utilizándola, aunque probablemente muchos no conozcan la historia de la muchacha.
Isaac recuerda los capiteles de una iglesia a la que su madre suele llevarlo.
Piensa en la Virgen, pero no sabe exactamente por qué.
El director vuelve a llamarlos.
Isaac guarda el cuaderno.
VI
Esta vez deben tocar el primer movimiento completo, sin detenerse.
El director les recuerda que han repetido demasiadas veces algunos pasajes y que necesita escuchar cómo funciona la obra entera. Isaac se sienta frente al piano y comprueba la altura del banco.
Desde allí puede ver a Yoshiaki.
El muchacho está conversando con uno de los violinistas. Se ríe de algo que Isaac no alcanza a escuchar. Tiene una expresión completamente distinta cuando sonríe y durante un instante Isaac piensa que podría pasarse la vida intentando averiguar qué le causa tanta alegría.
El director levanta la batuta.
Comienza la introducción orquestal.
Isaac conoce cada uno de los temas y sabe exactamente cuándo tendrá que entrar. Mientras escucha, recuerda los mapas que ha estado estudiando. Los dorios en el Peloponeso, los jonios en Anatolia, los eolios en Lesbos y los aqueos de los poemas homéricos.
Le parece curioso que la historia de Grecia dependa de tantas cosas que ya no existen.
Los palacios micénicos desaparecieron. Los dialectos cambiaron y algunos dejaron de hablarse. Las ciudades fueron destruidas y reconstruidas. Los hombres que combatieron en las guerras antiguas murieron hace miles de años.
Sin embargo, todavía puede leer a Homero y escuchar palabras que otros hombres repitieron durante siglos.
También puede interpretar música escrita por un polaco que murió más de cien años antes de que él naciera.
Roberto dice que los intérpretes deben estudiar la vida de los compositores, pero Isaac comienza a sospechar que ninguna biografía permite saber exactamente qué sintió un hombre mientras escribía una obra. Se puede conocer la fecha de composición, las circunstancias de un estreno y las personas a quienes estaba dedicada una partitura. Lo que no puede saberse es qué pensaba Chopin cuando encontraba una melodía que después otros músicos tocarían de maneras tan diferentes.
La orquesta continúa desarrollando los temas.
Isaac recuerda una conversación con Alejo sobre los santos.
Su hermano le ha dicho que san Alejo abandonó todo lo que tenía porque quería encontrar a Dios. Isaac le preguntó cómo podía saber que lo había encontrado. Alejo respondió que la santidad no consiste necesariamente en sentir algo extraordinario.
—Entonces, ¿cómo sabes que sirve de algo?
Alejo se había quedado pensando.
Isaac no recuerda qué respondió finalmente.
En la preparatoria han estudiado también a Parsifal y la búsqueda del Grial. Isaac confunde a veces las distintas versiones medievales y la ópera de Wagner, pero le interesa especialmente que un hombre pueda dedicar su vida a buscar un objeto cuya importancia no termina de comprender.
En otra ocasión le ha dicho a Roberto que Lancelot podría llegar hasta el Grial y no sentir absolutamente nada.
—Eso no es lo que cuenta la historia —le respondió su maestro.
—Pero podría pasar.
Roberto lo miró y le pidió que continuara tocando.
Isaac piensa ahora que sería terrible pasarse la vida buscando algo y, cuando finalmente se encuentra frente a ello, estar preocupado por otra cosa.
El director se vuelve hacia los violines.
Yoshiaki levanta el arco.
Isaac escucha la melodía. Le parece que podría reconocer aquella manera de moverse incluso si no pudiera ver el rostro del muchacho.
Durante unos segundos piensa en Paris.
Se pregunta si el príncipe troyano estaba realmente enamorado de Helena o si había llegado a desearla tanto porque Afrodita le había prometido que sería suya. No es lo mismo encontrar hermosa a una persona que necesitar que esa persona corresponda a lo que uno ha imaginado.
Quizá Paris había convertido a Helena en algo que ella nunca quiso ser.
Isaac mira al Pequeño Samurái.
Tiene la impresión de que está haciendo exactamente lo mismo.
Conoce muy pocas cosas de Yoshiaki. Sabe que toca el violín, que vive en su edificio, que llega temprano a la preparatoria y que a veces se sienta al fondo del salón para que nadie lo moleste. Le gusta su cabello, la piedra azul que lleva en la oreja y su manera de colocar los pies sobre el banco de enfrente durante las clases.
Todo lo demás lo ha imaginado.
Sin embargo, lleva meses pensando en él.
La orquesta se aproxima a la primera intervención del piano.
Isaac vuelve los ojos hacia la partitura.
VII
Cuando comienza a tocar, Isaac se encuentra particularmente cómodo. Las manos responden y el sonido del piano parece integrarse con la orquesta sin el esfuerzo que algunas veces le exige aquella obra.
Roberto siempre le dice que no debe confundir tocar correctamente con interpretar. Isaac todavía no comprende del todo la diferencia. Hay momentos en que consigue ejecutar los pasajes difíciles con tanta facilidad que le parece absurdo buscar algo más. Pero después escucha una grabación de un pianista mayor y descubre que las mismas notas pueden producir una impresión completamente distinta.
Sigue tocando.
Por momentos consigue olvidarse de Yoshiaki. En otros vuelve a imaginarlo entre los violines y se pregunta si estará escuchando sus intervenciones o si simplemente espera que el director le indique cuándo debe volver a tocar.
Al llegar a uno de los pasajes más delicados recuerda la historia del capitel corintio.
Piensa en la muchacha muerta, en la cesta y en la planta que crece alrededor. Todo aquello ocurre dentro de su cabeza mientras sus dedos continúan moviéndose sobre el teclado.
Le parece que la música permite hacer dos cosas al mismo tiempo.
Una parte de él escucha y calcula. Otra recuerda imágenes que no tienen relación aparente con la partitura.
A veces le ocurre lo contrario. Está tan atento a los sonidos que no piensa absolutamente en nada. Cuando termina, no consigue recordar qué ha sucedido durante los últimos minutos.
Eso es lo que más le gusta de tocar.
La música continúa y la orquesta lo acompaña hasta que el piano vuelve a callar.
Durante un instante Isaac levanta los ojos y encuentra a Yoshiaki mirándolo.
No sabe si el muchacho lo estaba observando desde antes.
Vuelve inmediatamente a la partitura.
Piensa que le gustaría decirle algo después del ensayo. Quizá preguntarle por una obra que está estudiando o invitarlo a cenar en su departamento. Pero sabe que, si lo invita, pasará toda la tarde preocupado por lo que pueda significar aquella invitación.
Roberto le ha dicho que no debe distraerse.
Isaac se concentra en el siguiente pasaje.
Cuando termina el movimiento, el director mantiene la batuta levantada unos segundos.
Nadie se mueve.
No se escucha ninguna tos ni el sonido de una silla. Los músicos permanecen inmóviles, como si estuvieran esperando que algo más ocurriera. Isaac ha deseado muchas veces conseguir ese silencio. Sabe que una interpretación puede fracasar incluso cuando todas las notas han sido correctas, pero también que hay ocasiones en que la música termina y nadie parece dispuesto a interrumpirla.
Esta vez lo ha conseguido.
Sin embargo, Isaac no se da cuenta.
Está pensando en Helena, en la muchacha de la tumba y en las cosas que los hombres convierten en imágenes después de haberlas perdido.
Recuerda otra vez a Lancelot.
Le parece que el caballero podría llegar finalmente ante el Grial y descubrir que ya no sabe qué estaba buscando.
Cuando el director baja la batuta, algunos músicos comienzan a moverse y Yoshiaki se vuelve hacia uno de sus compañeros.
Isaac levanta la cabeza.
Comprende que han terminado.
Se pregunta si ha tocado bien.
Todavía no sabe que acaba de ocurrir exactamente aquello que tantas veces había imaginado.
El silencio ha llegado.
Y él estaba pensando en otra cosa.