01 El Sitio / Los Cuadernos · Conversaciones de Walsh e Isaac
En la hacienda, Walsh dejó la imagen sobre la mesa. Isaac apartó el cuaderno para verla entera.

Isaac. —¿Quién está siendo juzgado?
Walsh. —El mono parece el acusado. Lleva una ropa demasiado solemne para alguien tan asustado. Pero mira a los que lo rodean: tienen el mismo desconcierto.
Isaac. —Entonces la toga no sirve de mucho.
Walsh. —Sirve para que el miedo tenga autoridad. Eso ya es bastante.
Isaac. —Me recuerda a Gérôme. El juicio de Friné convertido en espectáculo.
Walsh. —Sí. Una composición ordenada para que el espectador crea que comprende lo que sucede. Aquí el orden se ha llenado de interferencias. Los papeles podrían ser leyes o código; la figura que irrumpe desde arriba podría venir a salvarlos o a exigirles algo.
Isaac. —El ángel también es un mono.
Walsh. —Eso impide que la altura le dé la razón.
Isaac. —¿Lo pintaste para decir que el arte se ha muerto?
Walsh. —Si cada vez que cambia una herramienta tuviéramos que enterrarlo, pasaríamos la vida en el cementerio. Lo que me interesa es la prisa de los que quieren declarar una muerte para quedarse con la herencia.
Isaac. —El mercado, el algoritmo…
Walsh. —Y cualquiera que convierta una imagen en un recurso antes de mirarla. ¿Cuánto vale? ¿Cuánto circula? ¿A quién puede servir? Son preguntas que llegan a la mesa mucho antes que la pintura.
Isaac. —Tampoco tú estás fuera de esas preguntas.
Walsh. —Por eso me interesa el mono. No es una criatura inferior de la que podamos reírnos con tranquilidad. Se parece demasiado a nosotros. Tiene instrumentos, tribunales y un techo lleno de señales. Aun así, no sabe qué va a suceder.
Isaac. —El techo parece roto.
Walsh. —Tal vez. O tal vez han confundido una pantalla con el cielo.
Isaac. —Eso sí lo entiendo.
Walsh. —No te apresures. Hay algo incómodo en creer que ya entendimos una imagen porque reconocimos sus símbolos. Una toga, un ala, un animal. Los nombras y parece que todo queda resuelto.
Isaac. —Como ponerle un título a un miedo.
Walsh. —El título ayuda a encontrarlo otra vez. No lo agota.
Isaac. —Entonces la verdad no está descendiendo por ese agujero.
Walsh. —Yo no sabría señalarla con el dedo. Veo una escena de juicio y una multitud que no sabe mirar sin dictar sentencia. Eso me alcanza para empezar.
Isaac. —¿Y el espejo? Siempre terminas hablando de un espejo.
Walsh. —Porque uno cree estar observando y de pronto descubre una semejanza que no quería. Ya no se trata del destino de un mono ni de una disputa entre herramientas. Se trata de nuestra necesidad de ser jueces.
Isaac. —O dioses.
Walsh. —Los dioses nuevos también se sientan a esta mesa. A veces tienen precio. A veces estadísticas. A veces nuestra cara.
Isaac. —Voy a dejar una página en blanco.
Walsh. —Déjala. A lo mejor alguien la cruza sin convertirla en un veredicto.
Ángel Comneno · Banda sonora
Onirikón Codex Chant
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Desde el cuaderno
Laberinto con el niño samurái · I
Verde laberinto de divino espanto, mármol con musgo, arcángel despeinado. El niño samurái sonríe: «nunca entendiste», eco de un río ya sedimentado. Tras él, el ebrio —nácar y pecado— le acaricia el cabello con descuido. Yo cuento mis gatos: siete han huido. El monasterio rezuma su aguardiente helado. Madre-Alzhéimer abre la última puerta, su llave es de cristal, el mundo gime. «Él es lo único», repito, y el aire miente. El cuarto vacío es una oferta: ni Dios ni demonio, pura geometría. La paciencia es polvo que el polvo envía.