Infancia enferma
Hay en tu cuerpo un sabor a derrota que amo— salado como lágrima vieja, como piedra que el mar ya no quiere.
Lo llevo en la lengua como último sacramento, como el gusto que podría salvarme cuando el juicio rompa el cielo.
Tengo la mañana medio borracha de luz, la voz de un ángel susurrando un tesoro enterrado.
Tengo este cuaderno— manchado de tiempo, doblado de espera, atado a la piel de tus fábulas.
Cuando te lamo de las plantas hasta la boca, la sangre recuerda. También la muerte.
Un tiempo largo, infinito, que huele a verano quemado y a vino derramado en la tierra.
El tiempo resbala como hierro tibio sobre mi lengua cuando tu cuerpo se vuelve evangelio y herida.
Estoy amarrado— beso envuelto en lirios, delirio anudado en tu aliento. La verdad solo vive en tu boca.
En la luz de la ciudad, clavos amarillos se hunden en mi pecho. Tú me marcas con fuego.
Desde la primera vez que escuché tu nombre— Cristo— el tiempo se volvió entraña, bestia que gruñe dentro de mí.
El deseo me desfigura. El miedo me roe. La decadencia me castra.
Padezco de infancia demasiado febril para olvidar. Vuelvo al patio vacío donde el silencio gritaba de lado.
Veo un ángel más allá de la ventana rota— sus alas son de humo, su cuerpo está hecho de sal.
Lo persigo. Te extraño tanto que la sangre se me desborda por el sexo del deseo.
Beso al ángel. Le ruego: no me lances al mar— padezco de miedo, padezco de infancia enferma