Sestesio para Tomás

Angelorum Natura · Estudio y poesía

Fernando Zamora

Artículo independiente en Machines désirantes: Los pasos de Dios en la tierra: el Adoro te devote entre teología, poesía y presencia.

Los pasos de Dios en la tierra: presencia, escucha y deseo en el Adoro te devote

Resumen

Este artículo estudia la articulación entre forma poética, conocimiento sensible y deseo de plenitud en el Adoro te devote, tradicionalmente atribuido a Tomás de Aquino. Mediante una lectura de sus siete estrofas y su contraste con la doctrina eucarística de la Suma teológica, se sostiene que la oración transforma una dificultad de reconocimiento en una secuencia de confesión, petición y espera. El privilegio de la escucha depende de la autoridad de la palabra recibida y no implica una descalificación general de los sentidos. El retorno del gusto y la petición final de visión impiden interpretar el poema como abandono de la corporeidad. A partir de esta estructura se propone un tránsito hacia «Sestesio para Tomás»: una reelaboración contemporánea en la que el cuerpo ausente y la madera de la nave interrogan la suficiencia de una salvación concebida sin la restitución de la vida corporal.

Palabras clave: Adoro te devote; Tomás de Aquino; Eucaristía; poética; corporeidad; sestina.

1. Planteamiento: una oración que piensa

En el Adoro te devote, el pensamiento adopta la forma de una voz que se dirige a alguien. El hablante reconoce, confiesa, pide y espera. Esa sucesión convierte el poema en un acto temporal: lo que se afirma modifica el modo de desear, y el deseo abre una petición que la afirmación inicial no había clausurado. Su asunto no se agota en explicar una doctrina. También comprende la experiencia de quien intenta vivir de acuerdo con ella.

La tesis de este estudio es que la oración organiza una tensión entre presencia y manifestación. El objeto de la fe se reconoce como presente, aunque no se ofrece bajo el modo de evidencia que el hablante desea. La poesía sostiene esa diferencia sin resolverla mediante una imagen espectacular. El pan permanece ante los sentidos; la voz confiesa a Cristo; el final conserva la sed de verlo. Esta lectura se sitúa en la investigación que relaciona la teología eucarística de Tomás con sus formas poéticas y devocionales (Tück, 2018).

El método combina lectura cercana, atención a variantes textuales y contraste doctrinal. Se toma como referencia de lectura la versión latina utilizada en el libro de la celebración pontificia de la Epifanía de 2015, donde el himno aparece distribuido en siete estrofas (Oficina para las Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice, 2015). Las referencias a la Suma se indican por parte, cuestión y artículo. Las traducciones breves del latín son propias de esta reelaboración.

2. Atribución y tradición textual: lo que la afinidad doctrinal no prueba

La atribución a Tomás tiene una extensa recepción eclesial y una historia crítica que exige separar tres preguntas: quién escribió el poema, cuándo lo escribió y en qué circunstancias pudo haberlo recitado. Una respuesta a la primera no determina automáticamente las otras dos. En particular, la tradición sobre las últimas palabras de un autor no demuestra que improvisara entonces una composición previamente inexistente.

Los apuntes de los que procede este artículo reunían versiones incompatibles de esa historia: en unos lugares presentaban la composición en el lecho de muerte como certeza; en otros reconstruían las objeciones a esa conclusión. No conviene conservar ambas afirmaciones como si fueran complementarias. Aquí se mantiene la atribución tradicional, sin convertir una escena de muerte en fecha demostrada de composición.

La investigación de Wielockx (2007) muestra que la discusión alcanza incluso al comienzo transmitido. Frente al incipit habitual, propone la lectura Te deuote laudo y examina su congruencia métrica, lingüística y devocional. Su propuesta debe distinguirse del texto que continúa utilizándose litúrgicamente. También los apuntes reproducían latens veritas, mientras la versión litúrgica aquí elegida dice latens Deitas. «Verdad oculta» y «divinidad oculta» ofrecen matices diferentes, aunque convergen en el problema de una presencia no manifiesta.

La cautela tiene una consecuencia metodológica: la afinidad entre un poema y un sistema doctrinal es un indicio de interpretación, pero no sustituye el examen de los testimonios. Tampoco corresponde declarar invariable su medida silábica sin precisar la versión y sus problemas. Para el argumento que sigue importa una organización comprobable en el texto adoptado: veintiocho versos, agrupados en siete cuartetas y articulados mediante pareados, reiteraciones verbales y cambios de actitud del hablante.

3. Presencia sacramental y alcance de los sentidos

La primera estrofa presenta una divinidad escondida y un corazón que se entrega. La contemplación encuentra un límite: totum deficit. Esa insuficiencia no describe por sí sola un fracaso de toda inteligencia. Sitúa al hablante ante algo que, según su fe, excede el modo ordinario de reconocimiento. El sujeto se compromete con aquello que todavía no posee como visión.

Para precisar esa situación hay que corregir una expresión de los apuntes: no se trata de que Dios se transforme en pan ni de que el pan adquiera propiedades sensibles de carne. En la explicación de Tomás, la sustancia del pan se convierte en el cuerpo de Cristo y permanecen los accidentes sensibles. La distinción entre lo que es convertido y lo que permanece resulta decisiva para entender el poema (Tomás de Aquino, 1920, III, q. 75, aa. 4–5).

La segunda estrofa formula la dificultad: Visus, tactus, gustus in te fallitur. Leída aisladamente, la frase parece acusar a los sentidos de mentir. Sin embargo, Tomás sostiene que los accidentes percibidos están realmente presentes y que la fe concierne a aquello que el sentido no alcanza. La percepción del color, la textura o el sabor no necesita ser anulada para que la confesión sacramental tenga sentido dentro de su teología (Tomás de Aquino, 1920, III, q. 75, a. 5, ad 2).

El alcance de la afirmación es limitado. Esta distinción permite reconstruir la coherencia interna de una doctrina; no demuestra la presencia real a un lector que no acepta sus premisas. El estudio literario puede reconocer el funcionamiento de esa estructura sin presentar la experiencia sensorial ordinaria como prueba positiva de la conversión sustancial.

También debe evitarse identificar las especies sacramentales con una cortina material detrás de la cual podría descubrirse el cuerpo mediante una inspección más penetrante. Tomás niega que el modo sacramental de presencia sea accesible al ojo corporal como lo sería un objeto situado detrás de otro. El problema no es la falta de un instrumento suficientemente poderoso, sino la diferencia entre modos de presencia y conocimiento (Tomás de Aquino, 1920, III, q. 76, a. 7).

4. La escucha: autoridad de una palabra y límite de una jerarquía

Sed auditu solo tuto creditur introduce una prioridad de la escucha. El verso siguiente ofrece su razón: el hablante cree lo dicho por el Hijo de Dios. Lo decisivo es quién habla y qué se recibe de esa palabra. El oído interviene como vía del anuncio; su funcionamiento fisiológico no se vuelve infalible.

Esta precisión modifica una de las hipótesis más reiteradas del manuscrito: que el himno establecería al oído como el sentido absolutamente superior y a la música como la más alta de todas las artes. El texto autoriza una conclusión más concreta. La escucha tiene un privilegio en este acto de fe porque hace presente una palabra recibida como verdadera. En su análisis de la belleza, Tomás destaca conjuntamente vista y oído por su relación con el conocimiento; no elimina la vista de la experiencia estética (Tomás de Aquino, 1920, I–II, q. 27, a. 1, ad 3).

La consecuencia poética es importante. Una oración pronunciada requiere tiempo: respiración, articulación y duración. Su destinatario no queda demostrado por la mera emisión de la voz, pero el acto de dirigirse a él organiza la experiencia del orante. El verso ofrece al deseo una forma practicable. La confianza puede decirse, repetirse y ser sostenida por una comunidad que canta.

La música pertenece aquí a una práctica corporal. Necesita aire y escucha, y recibe la intervención de la memoria. Por eso resultaría contradictorio exaltarla a costa de despreciar el cuerpo que la hace posible. El Adoro te devote puede comprenderse como una educación de la atención: la voz conserva lo que la mirada todavía no puede reconocer en el mismo registro.

5. De la confesión a la petición: la arquitectura del poema

La tercera estrofa relaciona la cruz con el sacramento. En la cruz se oculta la divinidad; en el sacramento se oculta también la humanidad. El paralelismo enlaza dos modos de reconocimiento difícil y desemboca en la súplica del ladrón arrepentido. El hablante se sitúa junto a alguien que pide salvación desde una situación extrema, sin disponer de una demostración que sustituya ese ruego.

La cuarta estrofa introduce al apóstol Tomás: Plagas, sicut Thomas, non intueor. El hablante no ve las heridas y, sin embargo, confiesa a su Dios. La coincidencia del nombre puede invitar a una lectura de autorrepresentación del Aquinate, pero no es una firma suficiente para resolver la atribución. Su función inmediata es bíblica y dramática: confronta la confesión con la ausencia de aquello que permitiría verificar las llagas.

En medio de esa estrofa aparece un giro: Fac me. El sujeto que ha dicho «creo» pide creer más, esperar y amar. La confesión no se representa como un estado definitivamente adquirido. Debe convertirse en una relación que crece y necesita ayuda. Así se articulan las virtudes de fe, esperanza y caridad sin reducirlas a una enumeración doctrinal.

La posición del giro tiene una correspondencia sonora. Los primeros catorce versos de la versión adoptada terminan en consonante; los catorce siguientes, en vocal. El cambio sucede dentro de la cuarta estrofa, después de la confesión y antes de la petición. Es posible leer esa apertura de las terminaciones como acompañamiento de la voz suplicante. Se trata de una interpretación del efecto formal, no de una prueba de intención psicológica del autor.

También sería excesivo afirmar que la primera mitad constituye una descripción y la segunda inaugura por primera vez la oración. Adoro ya es un acto de adoración, y peto ya introduce una súplica antes del verso quince. La diferencia es de predominio y desarrollo: la confesión inicial desemboca en una petición sostenida de transformación. La forma avanza mediante variaciones de un compromiso, no por abandono completo de la actitud anterior.

6. Memorial, gusto y sangre: el retorno de la corporeidad

La quinta estrofa nombra el memorial de la muerte y el pan vivo. La proximidad de mortis y vivus impide que la memoria quede reducida a conservación de un pasado inmóvil. Dentro del horizonte eucarístico, recordar se vincula con recibir vida. El hablante pide vivir de aquello que reconoce como presente.

En ese punto regresa el gusto: dulce sapere. El sentido que parecía insuficiente al comienzo reaparece en una petición de dulzura. No hay, por tanto, un ascenso lineal desde sentidos despreciados hacia una interioridad liberada de ellos. El poema transforma el vocabulario sensible y vuelve a emplearlo para decir la intimidad deseada. Saborear no se identifica sin más con producir conocimiento teológico, pero tampoco queda excluido del lenguaje del encuentro.

Ese retorno sostiene una lectura corporal de la oración. El creyente no se limita a contemplar desde fuera: pide vivir, recibir alimento y experimentar una relación. La espiritualización absoluta del texto perdería la insistencia en el pan, la muerte, las heridas y la sangre. La imagen eucarística obliga a mantener cerca los términos que una oposición simplista entre materia y espíritu separaría.

La sexta estrofa presenta al pelícano piadoso y a la sangre que purifica. La figura pertenece al imaginario simbólico de la entrega; el poema la aplica a Jesús. Su función en el recorrido consiste en concentrar la eficacia de la donación: una gota aparece en relación con la totalidad del mundo que necesita salvación. La desproporción entre pequeñez visible y alcance universal prolonga la tensión inicial entre apariencia y presencia.

La intensidad de esa imagen requiere una reserva ética. Su interpretación como entrega no convierte toda violencia en sacrificio ni autoriza a considerar sagrado el sufrimiento impuesto a otros. En los apuntes, la violencia aparecía como un principio contrario a la inclinación del viviente; esa preocupación permite preguntar por la diferencia entre ofrecerse y ser destruido. Aquí se conserva como pregunta crítica del estudio, no como conclusión que la estrofa haya desarrollado expresamente.

7. Del velo al rostro: una presencia que no cancela la espera

La última estrofa no retira el reconocimiento inicial. Se dirige a Jesús, a quien el hablante contempla velado, y pide la manifestación del rostro. Su estructura reúne dos afirmaciones: alguien es reconocido ahora y, precisamente por ello, se desea un encuentro distinto. La fe no suprime la espera.

El movimiento de la visión atraviesa más de dos vocablos. Contemplans, intueor, aspicio y cernens participan en el trayecto entre contemplación, heridas no vistas, presencia velada y rostro esperado. La mirada no desaparece después de fallitur; cambia la relación del hablante con lo que desea ver. El final impide hacer del privilegio auditivo una condena definitiva de la visión.

Conviene distinguir ese campo poético de la definición técnica de visión beatífica. En la Suma, la visión de la esencia divina es intelectual y no equivale al funcionamiento de un ojo corporal más agudo. El rostro del poema puede expresar inmediatez y encuentro personal sin convertirse en una descripción fisiológica del conocimiento de Dios (Tomás de Aquino, 1920, I, q. 12, aa. 1–3).

La espera tampoco vuelve irreal el presente sacramental. Hay una diferencia de modo entre el reconocimiento bajo signos y la manifestación solicitada. El poema obtiene su impulso de esa diferencia: la presencia basta para hacer posible la confesión y mantiene abierto el deseo de plenitud. Por eso puede concluir sin clausurar la experiencia que ha puesto en movimiento.

8. Hacia la sestina: de la forma recibida al cuerpo esperado

El estudio permite volver a la imagen naval que interesa a esta sección. En el Comentario a la Física, Tomás imagina que el constructor pudiera dar a la madera un principio por el cual las piezas se movieran hacia la forma de la nave. La comparación explica la finalidad natural mediante un arte intrínseco, en contraste con la intervención exterior del artesano (Tomás de Aquino, 1963, II, lección 14, §268).

Esta imagen no constituye una explicación de la transubstanciación. La construcción de una nave organiza madera; no reproduce la conversión sacramental de la sustancia del pan. Tampoco permite identificar el artificio humano con un organismo viviente. Su productividad para la sestina es poética: hace imaginable una materia que lleva en sí la orientación hacia una forma y un viaje.

Las seis palabras finales —barco, madera, cuerpo, agua, nombre y nave— retornan en un orden que cambia su vecindad. La repetición formal es constitutiva de la sestina: cada reaparición debe recibir una función nueva. El recorrido crítico del himno prepara esa operación. Una palabra vuelve después de haber atravesado otra experiencia, como el gusto reaparece después de su insuficiencia inicial y la visión después de la confesión sin llagas visibles.

El alma sin cuerpo prolonga la pregunta desde otro límite. Tomás sostiene que el alma sola no constituye al ser humano completo y que su separación no corresponde a su condición natural. Por eso la imagen del naviero sin barco se emplea aquí como transformación poética de una integridad perdida, no como cita literal ni como definición tomista de la unión entre alma y cuerpo (Tomás de Aquino, 1920, I, q. 75, a. 4; q. 89, a. 1).

La frase «la muerte es una forma de rodear un nombre» pertenece al poema. Describe la configuración sensible de una ausencia; no afirma que la muerte sea una forma sustancial positiva. Del mismo modo, el músico, el alquimista y el Dios que «aprende el mar» pertenecen a una escena imaginada. No deben usarse como documentos biográficos ni como formulaciones equivalentes a la doctrina de la ciencia divina.

El vínculo final con el Adoro te devote reside en una petición que ninguna explicación puede cumplir por sí sola. La voz del himno espera el rostro; la sestina espera la restitución de un cuerpo particular. Esta correspondencia no demuestra una identidad doctrinal entre ambos textos. Propone una lectura contemporánea en la que la esperanza debe responder también por lo que falta: una mano, una respiración, el gesto irrepetible de alguien que no puede ser sustituido por una idea general de salvación.

Conclusión

El Adoro te devote desarrolla una relación entre reconocimiento y deseo mediante su propia forma verbal. La escucha hace posible una confesión fundada en la palabra; el gusto vuelve como lenguaje de intimidad; la visión permanece como horizonte solicitado. Esa secuencia sostiene la interpretación de una presencia que no elimina la distancia y de una fe que puede pedir su propio crecimiento.

La lectura exige distinguir la atribución del poema de las circunstancias de su composición, el alcance de los sentidos de una supuesta infalibilidad del oído y la conversión sacramental de otras transformaciones materiales. Estas precisiones permiten mantener el espesor teológico del himno y, al mismo tiempo, reconocer la libertad de la poesía que lo relee.

Desde aquí se abre «Sestesio para Tomás». El problema de la presencia velada encuentra una nueva escena en el astillero: la madera conserva una posibilidad de forma y el náufrago conserva la falta de su cuerpo. El poema toma esa espera como materia de su trabajo. La nave que comienza a levantarse deberá responder por la vida concreta que promete llevar.

Referencias

Oficina para las Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice. (2015, 6 de enero). Epifania del Signore: Solennità. Santa Messa celebrata dal Santo Padre Francesco [Libro de la celebración; incluye el texto latino de Adoro te devote]. Santa Sede. https://www.vatican.va/news_services/liturgy/libretti/2015/20150106-libretto-epifania.pdf

Tomás de Aquino. (1920). Summa theologiae (Fathers of the English Dominican Province, Trads.; 2.ª ed. rev.). New Advent. https://www.newadvent.org/summa/

Tomás de Aquino. (1963). Commentary on Aristotle’s Physics (R. J. Blackwell, R. J. Spath, & W. E. Thirlkel, Trads.). Yale University Press. https://isidore.co/aquinas/english/Physics2.htm

Tück, J.-H. (2018). A gift of presence: The theology and poetry of the Eucharist in Thomas Aquinas (S. G. Hefelfinger, Trad.). The Catholic University of America Press. https://www.cuapress.org/9780813230399/a-gift-of-presence/

Wielockx, R. (2007). Adoro te deuote: Zur Lösung einer alten Crux. Annales theologici, 21(1), 101–138. https://www.annalestheologici.it/article/download/2909/1535

Nota editorial. Este estudio reelabora las versiones de «Los pasos de Dios en la tierra» y los apuntes suministrados por Fernando Zamora. Se han unificado los pasajes repetidos y revisado las atribuciones, el texto de referencia y las distinciones doctrinales. El análisis académico termina aquí; la sestina que sigue constituye una elaboración poética contemporánea.

Coda poética: Sestesio para Tomás

El barco que se vuelve nave. Para Tomás de Aquino.

Tomás, la tarde se arrodilla en el barco; un bosque sigue en pie bajo la madera. Cada costilla busca todavía un cuerpo. Los clavos tienen sed: escuchan el agua. Dios pasa entre las tablas y murmura un nombre. La forma abre los ojos: ya comienza la nave.

¿Qué sabe de su viaje la primera nave? El muerto deja un gesto en la borda del barco. Su boca es una lámpara que guarda un nombre. Arde sin consumirse la oscura madera. Alguien recoge estrellas del fondo del agua. El alma tiene frío donde falta su cuerpo.

No bastará la luz: hace falta aquel cuerpo. La mano que hacía pan será quilla en la nave. Tomás moja la pluma en la herida del agua. De cuanto discutimos queda en tierra este barco. Un corazón perdido golpea la madera. Cada golpe pregunta por su antiguo nombre.

La muerte es una forma de rodear un nombre. La sábana conserva la bahía del cuerpo. El músico oye un salmo dormido en la madera. El alquimista sopla: sube roja la nave. Su oro es ese temblor que recorre el barco. Afuera, el niño ahogado interroga al agua.

El cielo baja a tientas por la sal del agua. Trae un martillo, un paño, la paciencia de un nombre. Deja las herramientas en el vientre del barco. Y toca donde duele la ausencia de aquel cuerpo. Los huesos de la noche se acomodan en la nave. Un pulso diminuto se despierta en la madera.

¿Quién le enseñó a latir?, pregunto a la madera. Tomás guarda silencio. Se hace música el agua. El bosque se levanta y se descubre nave. El náufrago se vuelve cuando escucha su nombre. Ya pesa entre sus brazos la alegría del cuerpo. Y Dios aprende el mar desde el temblor del barco.

Tomás, arde en la madera la sílaba del nombre; que el agua nos devuelva la memoria del cuerpo, y sea al fin la nave la verdad de este barco.

Índice de poesía · Angelorum Natura

Este poema cierra la coda de la discusión con Tomás de Aquino.