Alejo: El Sol en la Escalinata (1985)

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Los Gemelos Comneno · Fase 1: La Juventud en Bellas Artes · Capítulo 01
1 de septiembre de 1985 · Voz ficcional: Isaac Comneno, visto a través de los ojos de Alejo

Sestina · Isaac y el Pequeño Samurái · Spring Dance

Angel Comneno · Sestina – EP

Isaac tiene quince años y en la preparatoria, se ha apropiado, desde el día primero de septiembre (cuando iniciaron las clases) en el pupitre junto a la ventana desde el que pueden verse los volcanes que custodian Ciudad de México. De pronto el árbol viejo los tapa con el movimiento del aire. Huele a otoño, piensa Alejo, hermano gemelo de Isaac. Los volcanes están iluminados por el sol, en cambio la escalera no. Pero Isaac sabe que ahí está sentado Yoshiaki, el muchacho japonés que llega muy temprano y espera la clase de siete. Alejo y su hermano Isaac también llegan temprano, pero se meten al salón para que nadie les robo sus lugares. Aún falta para que comience la clase de siete y el sol se sigue moviendo, lo ilumina todo y entonces caen sobre los ojos de Yoshiaki que son rasgados y en los que Isaac no puede dejar de pensar. Piensa en su olor, en su belleza, en su forma de vestir. Todo el tiempo piensa en él.

Como la escuela está en la zona volcánica del Pedregal en la Ciudad de México, los muros y las escaleras son de piedra. Los arquitectos de la secundaria resolvieron la dificultad de construir sobre el pedregal llenándolo todo de escalinatas que conectan las diferentes aulas. Cuando Yoshiaki estaba ya, completamente iluminado, se recostó hacia atrás para que el sol le bañara la cara. Alejo mira a su hermano y lo entiende. No es necesaria la intuición de un gemelo, no hay nada de sobrenatural en ver cómo Isaac mira a Yoshiaki. A Alejo también le cuesta trabajo pensar en lo hermoso de la piel tan blanca de aquel muchacho que adorna sus orejas con una piedrita azul y lleva una colita de caballo que le da el aspecto de un pequeño samurái.

Pero a Alejo no le duele la belleza del pequeño violinista. Los gemelos y el muchacho japonés están en una escuela secundaria del Instituto Nacional de Bellas Artes que permite a ciertos alumnos que tienen que dedicarse al arte de forma tan temprana, cursar la preparatoria y atender sus cursos en la escuela de pintura. Alejo e Isaac están en la Escuela Nacional de Música. Isaac es pianista y Yoshiaki es violinista. Ambos han ganado la beca Carlos Chávez. Estamos en 1985 y, aunque parece una mañana cualquiera, Isaac piensa que no hay mañana cualquiera si puede verlo, al Pequeño Samurái. Y lo peor, mientras más lo ve, más se obsesiona. Lo ve todo el día tratando de que no se le note.

Por la tarde se ven en los ensayos de la Carlos Chávez; están preparando el Concierto para piano número 1 de Chopin y Yoshiaki y él son becarios. Y ganan como tales, pero los hacen trabajar como profesionales. Falta poco para que Isaac tenga que cambiarse al dormitorio de los alumnos que ensayan en la Ollin Yoliztli. Comienza la clase de filosofía. Yoshiaki entra por fin y se sienta hasta atrás. La postura del samurái es ahora la de un adolescente desgarbado que pone los pies en el banco de enfrente y su mochila en el banco de junto para que nadie se le acerque. Tal vez, piensa Alejo, eso es parte de su encanto. Isaac está rojo. Parece a punto de llorar.

Se habla de la paideia en la antigua Atenas, esa aspiration de formar hombres virtuosos y justos. Cinco minutos después el aula está llena y habla del caballero medieval y, luego de cierta relación que Alejo no alcanza a comprender del todo, pero que resultará fundamental para él y para su hermano; está hablando de la relación entre la novela artúrica y don Quijote de la mancha.

—Porque es un error —dice la maestra— pensar que don Quijote es una sátira solo del Amadís de Gaula, como hemos leído en el prólogo. ¿Nos recuerdas, Yoshiaki, lo que hablamos la vez pasada? Y ¿bajas las piernas del asiento delantero y quitas tus cosas del asiento a tu lado para que tus compañeros puedan sentarse?

Yoshiaki parece despertar, abre el cuaderno y no encuentra nada. Improvisa.

—Creo que decíamos que la crítica ha dicho que don Quijote es una burla de las novelas de caballería, pero usted lo comparó con el Parsifal de Wagner.

—Ah, el de Wagner —dijo la doctora en filología—. Esa debe ser una intuición musical, porque yo lo comparé con las tradiciones medievales de Parsifal.

Anotó en el pizarrón: Chrétien de Troyes, una raya y von Eschenbach.

—¿En qué se parecen, Lucía?

La muchacha tiene listo el cuaderno de apuntes y dice:

—En que ambos comienzan siendo ridículos y poco a poco van encarnando un ideal de humano.

—El ideal de la paideia medieval que, hemos dicho, se movió de las nociones atenienses a lo largo de toda la historia hasta llegar hasta hoy. Hemos visto también el diálogo de Sócrates. ¿Cuál es la relación Alejo?

—En la Apología de Sócrates —dijo Alejo, Platón afirma que antes de poder decir quién educa mejor a la juventud habrá que saber qué es un ser humano bien educado.

—Eso es algo de lo que estábamos concluyendo, pero no se dice directamente en la Apología.

Silencio.

—¿Cuál es el ideal del ser humano de hoy?

—Como dice el maestro de pintura —comentó Cristóbal riendo— si algo te gusta, llégale.

El grupo rio discretamente.

—No estás nada mal y sin embargo…

Y sin embargo, Isaac está perdido en la escalinata de piedra en la que estuvo Yoshiaki. Piensa en que la próxima semana se irá a vivir al dormitorio junto a la Ollin Yoliztli. Se cuentan mucho de esos dormitorios. Algunos músicos que vienen de lejos viven ahí y ahora ellos, gracias a que ganaron la beca Carlos Chávez pueden pagarlo. Isaac podría vivir en la casa de sus padres, pero ha decidido que no lo hará. Quiere vivir solo porque está decidido a mostrar que a él nadie puede prohibirle nada. Y sin embargo, piensa Isaac.

Un mundo de rocío,
este mundo de rocío,
y sin embargo, sin embargo…

Había desaparecido el sol en la escalera de piedra donde estuvo Yoshiaki.

—¿En qué piensas Isaac?

Isaac no se alarma, está acostumbrado a ocultar sus sentimientos. Dijo claramente:

—El ser humano para Sócrates busca la verdad aunque tenga que lanzarse contra molinos de viento o sentirse muy triste porque su mejor amigo Sancho se fue y él se ha quedado solo remendando una calceta.

La respuesta descolocó a la profesora.

—Comparar la escena en que don Quijote remienda su calceta con la trillada escena de los molinos resulta muy interesante. ¿Es tuya?

—Sí, mía —dijo Isaac retador—. ¿De quién más?

—Hombres como tú —dijo la profesora— necesitan los jesuitas.

Isaac se rio. No tenía ninguna intención de volverse religioso, pero su hermano esta vez sintió algo.

—¿Cuál es la relación? —Preguntó.

—Vivimos pensando que los grandes ideales se alcanzan luchando con molinos de viento, pero a veces consiste en pequeños actos que se realizan por humildad. A decir verdad no sé por qué dije los jesuitas —sonrió la profesora—. No son ciertamente los más humildes, pero luchan contra su propia vanidad y eso es más grande que cualquier ilusión guerrera.

Alejo sintió un vuelco. No entendía del todo el significado, pero creía comprender. Su hermano y Yoshiaki habían ganado la Carlos Chávez ¿y él? ¿Qué pensaba hacer con todo el tiempo que tenía por delante? Nunca había remendado un calcetín y sin embargo…

Volvieron a hablar de La Apología de Sócrates, del momento que vivía Atenas, del sofismo y Alejo sintió cuando ya tocaba la campana, que buscar la verdad era algo que la vida debía pagar.

Alejo · Isaac · Yoshiaki · El Sitio

Banda sonora · Chopin: Romance (Larghetto)

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