F0516 · El obispo saluda. Bendice en latín. No hay quien lo entienda. Sigue escasa la audiencia.

El obispo saluda. Bendice en latín. No hay quien lo entienda. Sigue escasa la audiencia.

En 1531 la catedral de México es pequeña. No tiene el tamaño ni la importancia que adquirirá unos siglos más tarde. No puede competir en devoción con la que profesan los indígenas por la iglesia en la que Pedro de Gante forma a los príncipes que harán renacer Tenochtitlan, “pero la vocación me ha traído aquí para volver a cantar”.

Mi voz, por ahora, se mezcla con la de mis compañeros vienen imágenes. dejar la casa, abandonar a Farid a los diez, cuando diez años son toda el tiempo del mundo, el sabor de la calle empedrada y un sol que se derrite en el azul de la mezquita de Solimán. Manzanas verdes, los pasteles que compró mi madre y las calles estrechas de Famagusta; el pueblo de los cimarrones, el fuego y la castración. “Tal vez”, pienso, “tal vez ha valido la pena ser niño por siempre en espera de la promesa de volver a cantar”. Cierro los ojos durante el ingresso y vuelvo a mirar dentro de mí los muros en los que está escrito en letras de oro: tú morirás, Mohamed, también él morirá, sólo el Altísimo no morirá. Sigue la procesión y sube hasta el coro el humo. La cruz sale de entre el incienso, la gente se inclina al paso del arzobispo y todas las imágenes llevan al encantador de serpientes, al mismo lugar.

Fray Juan besa el altar, viste una casulla con una cruz bordada en hilos de oro. Palomas y cordero, incienso, madera que cruje, todo espera que mi voz destaque del canto llano. A una orden, se alinean los niños y a una señal del maestro de capilla, mis pulmones se llenan de aire. La opa enmarca mi delgadez cuando me levanto sobre los pies que he vestido por fin con sandalias. Zumárraga me mira desde el altar. La mano del maestro de coro, recorre la página y yo, soy el qari que está a punto de cantar en la misa de los cristianos. Atrás queda ya el otro mundo. El tiempo se acaba porque el presente es el tiempo de la música, el tiempo de Dios. Miro a Marina, la Virgen de La de las Tribulaciones y aunque virgen no es, lo sé, reina de México sí que lo es.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes

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