F0618 · 1521.28 — 1521, mayo, 30 12:03, en el palacio de Axayácatl Cuando la conciencia regresó, el cuerpo de Atonatiuh

1521, mayo, 30 12:03, en el palacio de Axayácatl

Cuando la conciencia regresó, el cuerpo de Atonatiuh tembló como una hoja atrapada en un viento helado. La luz blanca se vertió sobre él como un bálsamo, hiriente, penetrante. La ventana abierta dejó entrar el aire fresco, impregnado de tierra húmeda, incienso, y algo más. Algo que ya no podía nombrar, algo que había caído en el abismo del olvido. En el horizonte, una pirámide se erguía, tan sólida como el tiempo mismo. Su sombra se extendía sobre la tierra, un manto de juramento y fatalidad. La presencia de esa construcción era un peso sobre sus hombros, un mandato inscrito en las estrellas.

—Nixpoliztli itoca in tlahtolli, uan zan niitztoliztli —se dijo a sí mismo, el murmullo hiriente de sus pensamientos cortando el aire frío—. Nimixpoliz in nixpoliztli, ic nechtlapohuilia in nelhuayotl, tlein tlaixpa mito, zan ahmo.

La oscuridad del olvido se espesó. No sabía dónde estaba, no sabía quién era. Sólo recordaba la sensación de haber sido arrancado de la nada, arrastrado hasta ese lugar. El palacio de Axayácatl. El palacio de Axayácatl, sí. Pero no más.

—Buen día, Cristóbal —dijo la voz, rompiendo el peso de su pensamiento, cortando la niebla de su mente como una daga afilada.

La mirada de Atonatiuh se alzó lentamente, como si el cuerpo le pesara. Un hombre vestido de negro avanzaba hacia él, deslizándose entre las sombras con la gracia de una serpiente. Sus ojos eran pozos insondables, tragaban todo lo que miraban sin dejar rastro. Una sonrisa, apenas visible, jugaba en su rostro, como si las respuestas se escondieran detrás de ella. La bolsa de cuero que llevaba en la mano se sacudía con el eco de sus pasos, como un testigo mudo de todo lo que había quedado atrás.

—No sé quién eres —respondió Atonatiuh, su voz vacía, perdida, como si las palabras fueran ajenas a su ser.

—Soy tu médico —dijo el hombre con suavidad, una dulzura que le parecía inquietante, como si algo se ocultara en ella, algo peligroso.

Esas palabras se deslizaban sobre él como agua, sin dejar huella. Atonatiuh lo observó, intentando descifrarlo, pero su presencia era un espejismo, un reflejo que se distorsionaba con cada parpadeo. El hombre se acercó, se inclinó hacia él, y sus dedos fríos tocaron su cabeza. Esa ternura lo desarmó, desbordó su mente, lo despojó de su voluntad. Por un fugaz momento, pensó que era su padre, y la punzada de la memoria lo atravesó como una flecha.

—El corazón se saca por el estómago —dijo el hombre, con tono seco, como si no tuviera miedo del abismo que esas palabras arrastraban.

El golpe fue brutal. Atonatiuh sintió cómo esas palabras caían sobre él como un peso muerto, como una revelación venenosa. El incienso comenzó a arder con fuerza, liberando su fragancia. Los polvos rojos que el hombre lanzó al anafre se alzaron, formando una columna de humo denso, retorciéndose como si tuviera vida propia. Atonatiuh inhaló sin querer, y su cuerpo se llenó con los olores de un tiempo que no podía recordar. Olores de algo que había estado allí antes, algo que lo desbordaba.

En el humo, vio formas que se retorcían, que cambiaban, que se deshacían. Olas, rostros, cielos rotos. Los fragmentos de una historia que ya no era suya. Se dejó arrastrar por esa niebla hasta que todo se disolvió, hasta que el aire se hizo puro y la oscuridad lo abrazó.

Despertó en una plaza. No sabía cómo había llegado allí. Era una plaza vasta, enorme, dominada por un templo rojo y blanco, cuyas escalinatas ascendían hacia el infinito, hacia el cielo que ya no conocía. Frente a él, un niño danzaba, su cuerpo desnudo brillando bajo el sol brutal. Una serpiente negra se enroscaba a su alrededor, ascendiendo lentamente por sus piernas, abrazando su torso hasta llegar a su cuello. La serpiente, tan imponente, parecía susurrarle secretos, palabras que nadie más podía escuchar. Pero el niño permanecía inmóvil, su cuerpo desafiante, su mirada fija en el horizonte.

Atonatiuh. El nombre emergió de la niebla de su mente como un eco roto, un susurro olvidado que finalmente encontraba su camino hacia la luz. Yo soy Atonatiuh. No soy Cristóbal. No soy Farid. No soy nadie más. Sólo soy el muchacho olvidado que renace bajo el Sol. Y la visión se rompió. Se vio reflejado en el agua de la memoria. Y todo lo que había sido antes se desvaneció, como sombras al filo del amanecer.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes

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