Esa noche, cuando volví a mi celda, pensaba todo lo que había sucedido en tan poco tiempo: en la ansiedad en el pecho que me quitaba la música, en la tristeza cuando cantaba las canciones que compuse para Tobías y en los muchachos que conocí en el atrio de la iglesia durante el catecismo. Pensé en los celos y en el amor que salían de mi garganta cuando me ponía a cantar y supe que era cierto lo que había dicho Cortés: Ese dolor sin nombre era lo mismo que vuelve a un hombre artista o tal vez criminal.
Comencé, pues a tomar clases con el padre Miguel. Y todo hubiera sido una delicia si sólo hubiera sido cosas de música, pero tuve que aprender la gramática, a hacer cuentas y latín, que si los romanos hubieran tenido que aprenderlo seguro que no hubieran tenido tiempo para conquistar el mundo.
—¿Cortés sabrá latín? —le pregunté a Felipe un día que estábamos estudiando.
—Seguro que un latín muy malo.
Debe ser. Miguel comenzó a organizar el coro. Con él, pensaba, crecería la dignidad de la misa y atraería a los indígenas de los pueblos vecinos que, a decir verdad, cada que podían se hacían los enfermos o encontraban pretextos para no asistir a una ceremonia que los aburría mucho. La música, sin embargo, Miguel nos lo había dicho, los fascinaba. Era tal vez lo único que en verdad les gustaba de todo lo que habían traído los conquistadores. Sólo tu sabes, padre altísimo que fue en el trascendental de la belleza que los indios encontraron la conversión.
Cortés siguió yendo y viniendo, entre aquella ciudad de México Tenochtitlan y mi pueblo de Veracruz. Cuando Pánfilo de Narváez desembarcó por fin para perseguir al capitán, todos nos encerramos en nuestras casas. Yo, con otros quince muchachos, en el dormitorio junto a la iglesia. Pero Narváez pasó de largo, como un fantasma y en aquel tiempo ni siquiera recuerdo haberle visto la cara.
Más tarde nos enteramos que su armada fue hacia México para perseguir al capitán. Los muchachos nos reuníamos en el patio a comentar:
—¿Lo habrá vencido?
—Por supuesto que no.
Por aquel tiempo se desataron otra clase de rumores. Hubo quien dijo que yo no era en el fondo una buena influencia para los otros muchachos. Lo decían no porque me conocieran, sino solamente porque era moro.
—¿Qué hay de bueno que un morisco, un turco venido de quién sabe dónde reciba el catecismo junto a los muchachos españoles? —preguntó la madre de un pequeñajo al padre Miguel. Y él respondió:
—Señora, si no quiere que su hijo reciba la comunión junto a un moro, me temo que tendrá que dejar de venir al catecismo.
—¿El moro?
—No señora, su hijo.
Me sentí orgulloso. Y Felipe también —incluso el pequeñajo—, se convencieron de que Miguel era en verdad un santo. Por desgracia no todos pensaban así.
Cambiaron de adelantado. Un gobernador rollizo que fue capataz de Cortés en su hacienda de La Española. Como le gustaba el coro y como le gustaba particularmente cómo cantaba, el adelantado me tomó bajo su protección. Mandó que me hicieran ropa nueva y todos dejaron de molestarme. Me volví uno más. Un niño de coro. Un moro entre los españoles y los indígenas. Esto había comenzado a ser México.
Hubo, sin embargo otro problema, en cuanto Farid Herrero escuchó mi voz, supo lo obvio, que mi voz no era la de un niño sino la de un monstruo. Yo no era un muchacho, sino un capón. No lo dijo para evitar que me humillaran, pero comenzó a entrenarme como tiple, la voz que cantaría los salmos. Al capellán le pareció bien.
—Todo esfuerzo, ha dicho Cortés, es bueno para enjaezar la liturgia.
Varios meses viví en este hermoso pueblo y no sólo aprendí a seguir la voz de la viguela, aprendí a improvisar y todo lo necesario para hacer que la misa fuese, en efecto, un sitio digno para recibir a Dios.