Hace muchos años fue vendido a la catedral de México Tenochtitlan para trabajar con el padre Farías, que don Umberto estaba queriendo formar un coro para hacer que los indígenas vinieran a catedral porque todos iban a celebrar nada más con los franciscanos, que la música era un elemento fundamental para la evangelización porque los indígenas estaban enamorados de la música de los conquistadores. Que él, Farid, comenzó a cantar en el coro de catedral y se vuelve famoso. En México Tenochtitlan, el poder diocesano ha comenzado apenas a sentar sus reales, la catedral necesita de Farid porque Pedro de Gante está monopolizando el control de las almas en Nueva España. Juan de Zumárraga, sin embargo, no puede permitir que un cantante, por bueno que sea, se porte con la altanería del capón. Le ha dado todo lo que ha pedido, mejores condiciones de vida, una celda para él solo e incluso vestuario nuevo, pero la religión tiene que entrarle hasta la médula. Se le impone estudiar para volverse sacerdote. El lo que quiere en realidad es volverse rico y volver a Damasco.
Finalmente, Farid Ángel se enfrenta con don Umberto y con Juan de Zumárraga. Él lo que quiere es libertad en el sentido más amplio. Una libertad que ninguno de ellos puede darle. Embriagado por las conversaciones que ha escuchado con los indígenas, Farid, que piensa que el poder español está por caer de un momento a otro, roba dinero y decide largarse a Veracruz para embarcarse hacia Europa. En roma, Farid ha comenzado la consagración.
Desarrollo. Farid Ángel va hacia Tlalpan, hacia Cuicuilco, cruza poblados todavía enraizados completamente en sus tradiciones náhuas. En el camino lo ayudan indígenas amigos de Marcos, todos están en complot contra la corona. Ha comenzado el primer movimiento independentista de México, apenas han pasado diez años de la caída de Tenochtitlan. Todos odian a España, los conquistadores son abusivos y hay –se rumora- un nuevo tlatoani cuyo nombre público es Juan Diego.
En el camino a Veracruz, Farid Ángel se encuentra en soledad y comienza a padecer del horror del vacío, de la nada. ¿Para qué hago esto? ¿Por qué no vuelvo a la comodidad de la celda en catedral? ¿Por qué necesito liberarme? ¿No es verdad que me lo pasaba mejor allá que aquí donde estoy perdido? Un fuego de noche parece perseguirlo y está a punto de morir quemado cuando lo salva uno como el, un hombre negro.
El muchacho que ha salvado a Farid lleva por nombre de pila Miguel. Es un negro simpático que conduce al cantante al campamento de los negros cimarrones, negros que han escapado de sus patrones. Uno de ellos lo ha hecho violentamente y se precia de haber matado a su patrón y violado a sus hijas. Todos festejan. Farid se emborracha por vez primera y por vez primera se siente en un lugar en el que está en casa. Miguel le presenta a su hermana, Farid aprende a trabajar la tierra. Los negros han formado una pequeña sociedad ideal en relación con los indígenas de la montaña. Tienen comercio y sus propias reglas. Tienen sus propios ritos y creencias. Hay cierta libertad religiosa, Farid cree recordar, hace muchos años, él era hombre de un solo Dios.
Mría, la hermana de Miguel quiere acostarse con Farid. Al cantante le gustaría, pero tiene miedo a su castración. Nadie sabe su secreto.
La muchacha que han presentado con Farid tiene aproximaciones hacia él, pero el cantante tiene miedo porque ninguno sabe su secreto, que está castrado. Si estos hombres se enteraran, querrían matarme, piensa.
Farid un día despierta hastiado. Ha estado teniendo sueños espantosos y ahora, lo único que desea es volver a catedral. Si sigo aquí, se dice Farid, voy a terminar convirtiéndome en uno de ellos. Farid no quiere contentarse con esta vida carente de significados. Decide escapar otra vez, se aproxima a su amigo Miguel y le dice: vámonos, pero Migel responde, estás loco, aquí tengo toda mi vida. Farid se da cuenta de que Miguel es efectivamente un cimarrón, un esclavo en estado salvaje. Una noche, después de estar a punto de hacer el amor con la hermana de Miguel, Farid se separa y se pone en marcha. En la punta del cerro sigue presente el fuego, siempre el fuego que murmura: me gusta tu orgullo. Y tu dignidad.
Farid se ha perdido. Esta en la mitad de la selva cuando encuentra a un hombre joven, casi un muchacho que le convida de comer un poco de pan y un poco de vino. En Roma, Farid Ángel ha comenzado la consagración. Limpia el vaso de oro, se lava, recuerda.