F0701 · El hombre agradece la existencia del estacionamiento que, en una zona…

El hombre agradece la existencia del estacionamiento que, en una zona como esta, parece un lujo insospechado, un alivio en medio del caos. Con el boleto bien guardado, se une a la cola, detrás de una pareja joven que evidentemente ha viajado desde Ecatepec, con ropa que parece intentar encajar en el lugar pero que, de algún modo, subraya de dónde vienen. La fila avanza despacio hasta que llega a la mujer encargada de cobrar los setenta pesos de la entrada, que garantizan dos cervezas o, si prefiere, una bebida nacional. Paga sin decir nada y cruza al interior.

El espacio se revela como un galerón inmenso, industrial, tosco, que poco a poco se va llenando de gente. La fauna, como él la llama para sí mismo, es pintoresca, diversa, tan mexicana que no puedes evitar encontrar caras que evocan al cine de oro: el ojo tapatío de un muchacho por allá, un morenazo de cuerpo robusto que bien podría haber salido de un western norteño. Es como un mosaico viviente de referencias culturales.

Con cierta delicadeza, el hombre pregunta al mesero cuál es la especialidad de la casa. El mesero se lo toma en serio. Mira al techo, se rasca la cabeza y, tras un momento de reflexión que parece más profundo de lo que debería ser, responde:

—Toma un toro bravo.

El hombre entiende el albur y sonríe para sus adentros. Se bebe el Toro Bravo, un cóctel agresivo que sube rápido a la cabeza, justo cuando la música comienza a retumbar. Primero pop de los noventa, luego unas cuantas cumbias sabrosas que invitan a mover el cuerpo. La noche transcurre entre las voces de Alejandra Guzmán y Alejandro Fernández, un ir y venir de emociones que el Toro Bravo amplifica.

Entre canción y canción, el hombre fija su mirada en alguien. Es inevitable. José Luis, un joven de no más de veinte años, se roba el escenario de su atención. Lleva botas de culebra, una camiseta que deja al descubierto unos hombros fuertes y, por supuesto, un sombrero que completa el look.

—Soy de Monterrey, ¿qué, no se me nota? —parece decir con su actitud, mientras luce un bigote delgado que le da un aire a Pedro Infante en sus días más pícaros. Coqueto, el joven se mueve con seguridad, entre risas y bailes, su acento norteño añadiendo una capa de encanto a su presencia.

El hombre, atrapado entre el deseo y la inhibición, se emborracha un poco más. Evalúa la posibilidad de acercarse, de decir algo, pero el pensamiento lo consume más de lo que debería. Decide seguir bebiendo. Las horas pasan, las luces cambian de tonalidad, y a las once y media las guapachosas ceden su espacio al show travesti.

Un grupo venido desde Acapulco toma el escenario con un aire de realeza. Lucero inaugura el espectáculo, seguida por Taléda, Pimpinela y otras figuras que arrancan aplausos fervorosos de la audiencia. El hombre se deja llevar por el espectáculo, por la extravagancia de las vestidas y el brillo que contrasta con la rudeza del espacio. Mientras tanto, José Luis, el Pedro Infante juvenil, ya se está besando con un hombre de traje, evidentemente un ejecutivo de esos que esconden su doble vida tras el pretexto de una reunión de trabajo.

El hombre lo mira desde lejos, sintiendo una punzada que mezcla admiración y envidia. Piensa. Se piensa. Se evalúa a sí mismo y, por más que lo intenta, no se atreve a dar el paso hacia el muchacho. La borrachera lo envuelve como un refugio frágil. Sale del antro arrepentido, paga el estacionamiento y se pierde en el camino a casa, en calles que parecen más desconocidas que nunca. Mientras maneja, piensa: quizás mañana. Quizás, por primera vez.

Este fragmento pertenece al arco dramático de Farid y Hakim, por la exploración introspectiva de los límites del deseo y la identidad en un espacio que mezcla lo público y lo privado. La tensión entre lo que se quiere y lo que se teme hacer conecta profundamente con los conflictos internos de los personajes en este arco.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes