TODO ESTO PENSABA NICOLÁS DE SU MEJOR CANTANTE QUE ÉL HABÍA TENIDO QUE DESPEDIR. ¿ERA LO QUE ESTABA SUCEDIENDO ENTRE ALBERTO Y FABRICIO? NICOLÁS HABÍA SIDO EL CONFESOR
—Escúchenlo cantar, por favor.
Había sido tanta su necedad que temeroso, el portero llamó a Nicolás quien era en aquel tiempo el encargado de la gramática y el canto llano. El abad entró con dos pupilos.
Alberto lo mira entrar junto a dos de sus pupilos. Uno de ellos se llama Fabricio.
—Canta —ordenó su madre—.
Y Alberto miraba ausente el ataúd que bajo el altar guardaba las reliquias del monasterio.
—Canta, Alberto. Canta —dijo Nicolás.
Alberto se extraño de que entendiese aquel idioma aunque con un acento que, por alguna razón le sonó petulante. Se quedó primero como ausente mirando las reliquias, La Virgen de la Tribulación.
¿Cómo llegué aquí? Farid canta. Y mientras hace música todo adentro se serena de tal forma que hay tiempo y espacio para pensar: ¿Cómo llegué aquí?
¿Qué es eso? Se preguntó Alberto. Es la nube que se mueve como en el asiento trasero de un auto cuando huele a sudor de pubertad. ¿Qué hay detrás de la nube? Debe haber pensado Farid, detrás del cielo, detrás de la estrella ¿Qué hay?
¿Cómo llegué aquí? Farid canta
Alberto, respondió con voz de bajo: Su nombre es santo, concluyó Alberto, y su misericordia colma a sus fieles de generación en generación. La voz de Alberto parecía dar a la liturgia su sentido más auténtico. Y él tenía la convicción de que, en efecto, había sido tocado de un modo muy modo especial.
Señor. No entiendo. ¿Por qué todos vamos a morir?
La madre, con cara extraviada había respondido con otra pregunta.
——¿Qué le sucedió a tu voz?
pero Alberto cantó una nana que había aprendido de su madre muchos años atrás, cuando vivían en Famagusta, el puerto veneciano de Chipre. Y cantó en Véneto. Y era su voz tan hermosa lo miró sorprendido, le dijo a la mujer que lo aceptaría en el convento a prueba de que se acomodara a la rutina de los rezos y el estudio y le pidió a Florián que le enseñara todo lo necesario para comenzar el noviciado. Fue entonces que la madre de Alberto se dio la vuelta y sin despedirse de nadie salió de la capilla para volver a la ciudad.
La madre lo miró muy sorprendida:
—¿Qué le ha pasado a tu voz?
Fui el salmista durante dos años y una noche, después de completas,