F0029 · 03.18 — EL NIÑO DE BLANCO

03.18 — EL NIÑO DE BLANCO

1490 · desierto en las cercanías de Damasco — Farid, 12 años · Hákim, ca. 505 años (aparenta unos treinta)

Mucho después recordaré que primero lo vi como un niño. Hákim asegura que eso nunca ocurrió.

La noche vuelve el desierto otra cosa. Durante el día uno puede engañarse pensando que la arena termina en alguna parte; cuando desaparece el sol no queda borde, sólo un frío que empieza por los pies y sube hasta los dientes. Estoy sentado junto a Miguel, lejos del fuego donde los hombres comen y se ríen, rodeados por tiendas que apenas son manchas más negras dentro de la oscuridad. Detrás, los chacales se contestan unos a otros. Miguel no habla. Yo tampoco. Desde que nos trajeron tengo la impresión de que cada palabra puede servirle a alguien para calcular cuánto valemos.

—Existe un mundo más grande que éste —dice Miguel.

Lo miro.

—¿Cómo sabes?

Se encoge de hombros.

—Tiene que haberlo.

No me parece un argumento, pero tampoco tengo uno mejor. Cerca del fuego alguien vuelve a mencionar al genovés y después se ríen. No alcanzo a escuchar el resto. Bajo los ojos y canto muy despacio, apenas lo suficiente para sentir la vibración en la garganta: las cinco notas de mi madre, las mismas que uso cuando quiero acordarme de su cara. Miguel levanta la cabeza.

—Otra vez.

Repito.

—Tienes una voz rara.

—Gracias.

—No dije bonita.

—Entonces gracias otra vez.

Sonríe. Es la primera vez que lo hace.

Cuando vuelvo a mirar hacia el horizonte, el niño ya está allí. Al principio creo que es otra tienda o una tela abandonada que el viento mueve entre las dunas; después da un paso y la luna toca su ropa. Viste de blanco. Está descalzo. Tendrá mi edad, quizá menos, el cabello negro le cae hasta los hombros y avanza hacia nosotros sin prisa, con una seguridad absurda para alguien que atraviesa solo el desierto en mitad de la noche.

Miguel también lo ve.

—¿Quién es?

—No sé.

Uno de los mercaderes se pone de pie.

—¡Eh!

El niño continúa.

—¡Lárgate de aquí!

No cambia el paso. Los hombres empiezan a rodearlo; uno desenvaina una espada. Yo debería mirar el acero, pero sólo puedo mirar al niño porque algo en su manera de caminar abre dentro de mí una historia que conozco desde antes de recordar a mi madre.

El Rey Serpiente llega primero como niño.

No.

Eso no estaba en el cuento.

Eso lo añado yo.

El viento levanta arena alrededor de sus pies y entonces el cuento entra en el campamento. Veo patas donde no las hay, escamas, unos brazos que se alargan demasiado; por un instante el muchacho de blanco se estira hasta convertirse en la criatura que mi madre nunca describía dos veces igual: serpiente y mono, rey y animal, negro como una cueva sin fuego. De su ropa empiezan a caer pequeñas serpientes, primero unas cuantas, después cientos, y la arena entera parece moverse debajo de nosotros. Un hombre grita, otro cae, alguien golpea el suelo con la espada. Miguel me agarra del brazo.

—Farid.

No puedo responder. Hay serpientes alrededor de los tobillos de los mercaderes, bajo las tiendas, en los cuellos de los hombres; las veo deslizarse entre las piedras y el siseo crece hasta dejar de parecer ruido y convertirse en una sola nota sostenida.

Entonces recuerdo a Adán.

No cuando mata al Rey Serpiente.

Antes.

Cuando todavía no tiene ojos, ni piel, ni lengua, cuando se frota contra la roca sin saber que eso es rezar y aparece el ángel.

Canta.

Abro la boca. La primera nota sale mal. La segunda no. Canto.

Por un momento los gritos quedan detrás de mi voz y tengo la certeza —absurda y completa— de que esto ya ocurrió al principio del tiempo: los hombres atrapados entre las rocas, algo que viene a degollarlos y una voz que consigue que el horror se detenga a escuchar antes de continuar. No hace falta vencerlo todavía. Basta con ganar ese instante.

Cierro los ojos.

Cuando vuelvo a abrirlos, no hay serpientes.

Hay hombres corriendo. Una lámpara ha caído y una de las tiendas arde por una esquina; un caballo se ha soltado y otro hombre trata de sujetarlo mientras alguien grita órdenes que nadie obedece. Miguel continúa aferrado a mi brazo. Donde estaba la criatura sólo queda un muchacho —no, tampoco—, un hombre joven de túnica clara, la piedra azul casi escondida bajo el turbante, mirándome como si llevara ahí mucho tiempo.

Hákim.

No es un niño.

No es una serpiente.

Es simplemente Hákim.

—¿Tú hiciste eso? —pregunto.

Mira alrededor.

—¿Qué cosa?

Busco algo que señalar. Uno de los mercaderes está tendido en la arena, tose, intenta levantarse. No tiene mordeduras. No hay serpientes muertas. No hay rastros de ningún animal, sólo huellas humanas, una tienda ardiendo y la arena revuelta.

Miguel se coloca detrás de mí.

—Yo también lo vi.

Eso no me tranquiliza.

Hákim extiende la mano.

—Ven.

—¿A dónde?

—Fuera de aquí.

Miro las tiendas.

—¿Y ellos?

—Pueden quedarse.

—Nos van a seguir.

—Puede ser.

—¿Y si nos alcanzan?

Hákim mantiene la mano extendida.

—Entonces veremos.

Otra vez esa palabra. Todos los adultos parecen vivir en un país llamado después.

Lo odio un poco por eso.

Tomo su mano.

Está fría.

Miguel viene detrás sin que nadie se lo pida. Caminamos entre las tiendas mientras los hombres siguen intentando averiguar qué ocurrió; uno vacía arena sobre la tela encendida, otro busca el caballo, otro simplemente nos mira pasar. Nadie intenta detenernos. Al llegar junto al fuego distingo una silueta al otro lado del campamento.

—¡Farid!

El Centurión corre hacia mí. Por primera vez desde que lo conozco su cara no parece la de un hombre que sabe qué hacer. Me abraza, luego me aparta para mirarme, comprueba mis brazos, mi cara, mis manos, y vuelve a abrazarme.

—Pensé que…

No termina.

—Estoy aquí.

El Centurión mira por encima de mi hombro.

—¿Quién eres?

—Hákim.

—¿Qué les hiciste?

Hákim observa la tienda que todavía humea.

—Nada.

Miguel y yo nos miramos.

No decimos nada.

Salimos antes del amanecer. Hákim camina delante, el Centurión a mi lado y Miguel un poco detrás; cuando dejamos atrás el campamento vuelvo la cabeza varias veces, esperando encontrar alguna serpiente muerta sobre la arena.

No hay ninguna.

Muchos años después preguntaré a Miguel qué vio aquella noche.

No le diré qué vi yo.

—Un niño vestido de blanco —responderá.

Y yo comprenderé entonces que quizá el Rey Serpiente no entró nunca en el campamento.

Quizá sólo entró en mi memoria.

Pero el niño lo vimos los dos.

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