F0386 · Llegan a las Canarias

***

Llegan a las Canarias 

El grito de tierra a la vista lo escucharon mucho antes de lo que hubieran imaginado. Farfullando, Farid le informó a Farid que se trataba de las Canarias, el último reducto español antes de adentrarse en la mar océano que alberga todos los misterios del mundo. Pasaron la noche en aquel puerto.

Al día siguiente, por la tarde, cuando el sol comenzó a ponerse a mitad del mar y el cielo se lleno de verdes y rojos y púrpuras, Farid descubrió que Dios había cumplido un deseo. En efecto, ahí estaba él, en un estado de somnolencia y a pesar de estar en una nave tan frágil, no le preocupaba morir, se sentía amado y acompañado por Farid, no extrañaba a Alberto ni a la Casa de Dante e incluso, repentinamente, se sintió reconciliado con la muerte de su madre. Sonrió. Recordó lo que había dicho cuando escapó por el desierto, cuando lo estaban castrando y cuando miró al Encantador de serpientes por primera vez: Jesús, nunca he creído en ti, pero te doy mi vida si me sacas de este lugar. Sonrió porque se dio cuenta de que, incrédulo, había pensado que Dios no había cumplido el deseo. Y en efecto, no se había abierto el cielo para raptarlo, para llevarlo lejos cuando lo perseguían los cuchillos o los vendedores de esclavos, pero ahora, esta aparente ausencia de tiempo le permitía entender que todo se dobla sobre sí mismo y es uno y el mismo espacio y el mismo tiempo en que todo se está generando. Y esta conciencia, debajo de las nubes púrpuras de aquel impresionante atardecer, le permitió darse cuenta, por fin, de que en efecto, Dios lo había sacado de ese lugar. Aquí estaba él, completamente fuera de aquel horror que ahora mismo le resultaba banal. Era verdad que no extrañaba nada del Viejo Mundo, no había nada que odiara en él. Se sintió tan lleno de un amor infinito que bajó a las entrañas del barco y volvió a recostarse junto a Farid.

—No has comido, señor —dijo.

Farid sonrió y no dijo nada. Acarició la cabeza de su esclavo y volvió a dormirse. Farid, arrullado por el movimiento que unos días atrás aún le producía nausea comenzó a quedarse dormido completamente convencido de que tendría que cumplir una promesa. Porque más allá del espacio y el tiempo, Dios había cumplido su vida. Amaba a Farid y si todos los caminos del dolor llevaban hasta este hombre, no le importaba nada. Si. Ahora mismo creía en Dios y se decía, tengo que darte mi vida por haberme sacado de ese lugar.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes