El Abad Lionel había encontrado finalmente una forma de deshacerse de Alberto sin romper el juramento que había hecho a la madre del joven cuando lo dejó al cuidado del monasterio. La solución era Basilio, la Casa de Isaac, un lugar que prometía nuevos rumbos lejos de Santa Sabina. Isaac, un alquimista griego conocido por sus experimentos y su búsqueda de lo trascendente, había solicitado un monje que le enseñara latín. Lionel, astuto como pocos, consideró que Alberto sería el candidato perfecto. Criado en Roma por padres bizantinos, Alberto dominaba la lengua eclesiástica y compartía con Isaac una ambición que rozaba lo prohibido, además de un toque de frivolidad que lo hacía único entre los austeros monjes de Santa Sabina.
Cuando se le comunicó la decisión, Alberto aceptó el traslado con un alivio que no pudo ocultar del todo. La perspectiva de trabajar junto a Isaac, un hombre cuya mente parecía moverse en esferas ajenas al rigor monástico, le ofrecía una posibilidad de escape. Por su parte, Isaac estaba seguro de que los talentos de Alberto serían útiles en su refugio, un espacio donde los límites de la carne y del espíritu eran puestos a prueba en busca de un dominio absoluto sobre la existencia.
En los días previos a su partida, Farid, el joven esclavo que siempre lo acompañaba, permanecía más callado que de costumbre. Aunque mudo, Farid era una presencia que llenaba cada espacio con su música, tocando con una sensibilidad que parecía extraída de otra realidad. Su laúd, su duduk y las melodías que de ellos emanaban no solo conmovían, sino que hablaban por él con una elocuencia que nadie en el monasterio podía igualar. Era su forma de comunicarse, de gritar al mundo aquello que no podía poner en palabras.
Farid era el favorito de Alberto, un vínculo que nunca intentó ocultar y que había generado resentimientos en Santa Sabina. Entre ellos, Luis Méndez, movido por un rencor oscuro, organizó un acto de venganza: ordenó que se ultrajara al joven esclavo, un golpe cruel destinado a herir indirectamente a Alberto.
Farid, aún marcado por ese ultraje, se acercó una noche a Alberto. Sin palabras, como siempre, pero con una mirada cargada de emociones, tomó la mano del monje y la llevó a su mejilla. Fue un gesto sencillo, pero en su simplicidad había una verdad que Alberto no podía ignorar. “Siente,” parecía decirle Farid. “Qué frío estoy.”
Esa noche, mientras paseaba por los jardines del monasterio, Alberto no podía apartar a Farid de sus pensamientos. Todas las palabras que alguna vez había aprendido parecían conducir siempre al joven esclavo. Almendra, río, luciérnaga… cada término, en su desorden, se iluminaba al pensar en él. Decidió entonces que el sí vencería al no, que debía decirle lo que sentía.
Pero el destino intervino antes. Una tarde, mientras la señora Inés Méndez de Sotomayor dormía y Farid vagaba por los huertos de naranjos, sucedió algo inesperado. Cantaba con su duduk una melodía que había aprendido en el monasterio, una canción que resonaba con recuerdos y significados ocultos. Mientras caminaba entre los árboles, Inés apareció de entre las sombras, observándolo con una curiosidad que lo paralizó.
—¿Qué cantas? —preguntó la señora, su tono medido, pero firme.
Farid, incapaz de responder con palabras, levantó su duduk con un gesto tembloroso, como si el instrumento pudiera hablar por él. Inés, con una mirada intensa, insistió:
—Muéstramelo.
Farid respiró hondo, y con dedos que todavía temblaban, comenzó a tocar. Las notas, cargadas de emoción, llenaron el huerto con una melancolía que parecía venir de un lugar más allá del tiempo. Cuando terminó, Inés permaneció en silencio, sus ojos brillando con algo que Farid no pudo descifrar.
—Eres más que un esclavo —murmuró finalmente, antes de darse la vuelta y regresar a la casa.
Farid quedó allí, sentado junto a su instrumento, sintiendo el peso de las palabras de la señora. Había algo en su mirada que lo había desarmado, algo que había abierto una grieta en su interior. Cuando Alberto lo encontró más tarde esa noche, simplemente lo tomó de la mano, como si ese gesto bastara para reconstruirlo. En ese silencio compartido, supieron que algo había cambiado.
Basilio y la Casa de Isaac los aguardaban, y con ello, un nuevo capítulo en el que, tal vez, las palabras finalmente encontraran su lugar. Pero por ahora, el silencio entre ellos era suficiente.