F0528 · Isaac sabe entonces que el niño que llegó a Damasco tiene una voz adentro. La música fue la primera señal.

Farid, por su parte comenzó el trayecto el día en que miró el árbol y lo imaginó creciendo con un crujido doloroso y violento cuando se esfuerza por tocar el azul. Lo imagina llenándose de polvo, insensible a cualquier remordimiento o cualquier otra voluntad que no esté más arriba. 

Isaac sabe entonces que el niño que llegó a Damasco tiene una voz adentro. La música fue la primera señal. 

Isaac recuerda que jugó con Rashid y con Alberto, con Jorge y mi abuela Ines e imaginó con él bocas y lirios. Siente que haber sobrevivido le da una razón. Alargar la felicidad de Jamil el día que llegaron a Damasco. Primer principio: Que dure el tiempo de la nostalgia un poquito más. 

Isaac sabe que el niño que mira en el reflejo del oro raído de una imagen que vino de Montsalvat pudo haber sido otro niño. Uno pegado sólo a la memoria mediocre de una madre envejecida. Entonces el sonido de los vagos en la calle dice: vete de aquí. 

Con el paso de los días, la voz se hizo clara. No es ya la voz de un perro que ladra. Es la voz de un viejo, una mujer y un muchacho que al mismo tiempo, en armonía de canto llano dicen: !Escucha Isaac! Es una vocación como la del árbol y el azul que se estiran entre lo ancho de una vida larga junto al hombre y lo profundo de ser cantante. Isaac abrió los sentidos como con el aguardiente que le dio la vieja de los cuchillos. Así, con los ojos y las orejas bien abiertos escuchó por segunda vez: Isaac: !te están llamando! Te llama el músculo que se tensa en tu garganta, entre la realidad del silencio y el deseo de una nota tan aguda que parece incluso adolecer de inocencia. Así, con los ojos y las orejas bien abiertos escuchó por segunda vez: Isaac: !te están llamando! profunda como la voz de un barítono que, como aquel árbol que se estiraba hacia el cielo llamaba: Farid. Miraba jugar a los vagos en la calle y escuché por tercera vez: Farid,  ¡Es tiempo de que te vayas! Es tiempo de que pierdas la mirada en el sin-olvido. Así, la tercera noche de haber escuchado aquella misma voz en distintos lugares, enfrenté a la voz y dije: ¿Qué quieres? Yo no me llamo Farid, pero si es así como quieres llamarme, aquí estoy. ¿Qué quieres? La voz respondió claramente: ¡Vete! ¡Lárgate al este! Busca el Anáhuac. Encuentra a un muchacho marcado en el rostro. Busca a un muchacho que sólo sabe odiarse a sí mismo. Ellos te llevarán hasta el fin del mundo, donde te están llamando.  Le pareció un trayecto largo desde el huerto hasta la cama. Era verdad que Farid estaba queriendo evadir la locura, pensar en otra cosa, en la posibilidad de volver a buscar a Miguel y decirle que quería largarse con él, volver a Europa encontrar otras aventuras. Pero el llamado vuelve y se aleja a veces como la ola antes del maremoto. Cuando vuelve es todavía más fuerte. Y vago y despintado como esta casa en la que todo parece cada día más gris, Farid encaró la voz que era grande, más que la melena del árbol que le recuerda la promesa que había hecho hacía tantos años de que tenía que peregrinar a la Meca.

—¿Qué quieres? —Preguntaba.

No había respuesta. No la había tampoco en la música ni en el canto llano. No la había en el amor a Susana ni en la comida ni en el vino. 

No ha sentido nunca ni tanto amor ni tanta bondad como la que ahora sentía por Susana. Era verdad que la amaba, que sentía por ella ternura y arrepentimiento. Sin embargo cada día se hace más clara la voz, la voluntad: te están llamando.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes