—Deberíamos ponerle como ha dicho el loco —comentó Isaac—, Pequeño Jaguar.
Es tuyo, dijo el español y si quieres, su nombre será ese: Pequeño Jaguar. Nos quedamos otra vez en un silencio cómodo, mirando al atardecer y el pulque siguió corriendo nuestras gargantas.
Como pude le dije que no sabía y él volvió a invitar a Atonatiuh, le ofreció un cuenco de madera y esta vez el mulato aceptó y se sentó junto a mí, aunque durante un tiempo largo no dijo nada.
Antón me contó entonces que el ángel le había clavado una espada. Que después de haber decidido morir. Vivió.
Estábamos sentados en el suelo. Junto a ellos había un viejo español que quién sabe cómo había llegado aquí. Traía gallinas y nos dio de cenar. Los hombres vienen, dijo uno. Trataron de sacar a las mujeres y a los niños, pero los españoles atacaron como solían hacerlo, como habían vencido a Cuauhtémoc, disparando primero los morteros y después las ballestas. Y yo sólo me complacía en mirar.
Quién eres? Pregunta Farid a Atonatiuh. Atonatiuh cuenta cómo despertó. Y mientras cuenta su historia, van caminando. Le cuenta que en 1520 Atonatiuh despertó en lo alto de la pirámide. Había soñado con El Encantador de Serpientes. Desde lo alto la ciudad parecía muerta. Pensó que era un dios cobarde.
Le cuenta que le sorprendió que nada sucediera, que el mundo siguiera como si nada después de la masacre