F0586 · —Dame memoria para aprender el libro.

Era el mejor alumno de Nicolás. Y se murió cazando conejos. La muerte de Anselmo casi mata al maestro Nicolás y algunos dicen que en efecto lo mató, no en el cuerpo que sería lo de menos, lo mató en el espíritu que dejó de interesarse por todo. La única cruz que lo mantuvo vivo era la música. Un día que yo pensé que había cantado bien en la misa dominical, el maestro Nicolás me dijo que no estaba mal, pero que Anselmo cantaba mejor. Yo le respondí que hubiese querido morir en lugar de su alumno y el, después de pensarlo poco me confirmó que hubiese sido bueno, pero así quiso Dios.

Desde el principio del tiempo Dios quiso que Alexander rezara los salmos que todos los Dios. Vivía en el monasterio de Agia Sofía y no había antes ni nada detrás. En los iconos milagrosos que llegaron aquí desde tiempos de San Lucas. De noche, Alexander dormía rezando Todos los días cuando el sol comenzaba a apagarse

—Dame memoria para aprender el libro.

Cada domingo, el hermano Brendan, el fiel Alexander se levantaba, iba al altar y en el nombre del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo guiaba el libro de vísperas. Alexander había encontrado en el canto la forma de De ser amado. 

Todos saben, sin embargo que hubo hace un tiempo un favorito a quien no ha podido olvidar. Héctor tuvo un accidente Pero Alexander se siente especial porque es duro con él. Habían pasado los años y aún se lamentaba.

—Malditos niños se llevaron al 

El dolor de una muerte tan insensata, Brendan parecía haber dejado de creer, pero encontraba consuelo en la música, el sonido que habita el aire donde antes estuvo la nadade la música. Se decía hace orden donde antes hay caos. Trataba de ser el mejor cantante de Agia Sofía. La gente desde la fundación del monasterio venían a mirar los íconos que se decían pintados por san Lucas El monasterio había traído a sus hijos aquí para aprender a cantar. Antes de la muerte de Héctor atraía decenas de niños. Ahora el hermano se alejaba de todos. Meditaba solo y canturreaba canciones paganas. Pensaba que la música era lo único sagrado en el mundo y con esta razón se le secaron las ideas y sólo pensaba en la música y parecía un iluminado.

Los que antes venían del pueblo dejaron de interesarse en el coro. Ni que los frailes murmuraran a sus espaldas. El abad le permitió que siguiese en el coro, pero no obligó a nadie a ir. Sólo Sólo Alexander y el joven Mateo eran fieles al coro. La perfección del sonido del rezo. Los hermanos en Agia Sofía murmuraban y juzgaban la ley juzgando la ley juzgaban a Dios, Brendan, decían, no recita ya para comprender los misterios. Se pierde en la belleza. La música, sin embargo, no es un fin. Es un medio.

Brendan no se sentía desgraciado. Plantaba su huerto. Le bastaba poco para vivir. Un par de sandalias y sus dos compañeros, el único coro. con los que cantaba laudes vísperas y completa. En esos tiempos se embelezaba en el sonido del canto.

Alexander repasaba el canto y en la misa en la que nadie venía creía que brendan le diría algo, pero Brendan dijo 

—Héctor cantaba mejor.

—Es cierto

—Hubiese sido mejor que murieras. Pero el altísimo 

Alexander llegó a la pubertad. Se vio desnudo y asqueado. Sabía lo que venía. Sintió miedo al futuro. y su voz comenzó a pudrirse y el cuerpo comenzó a manchársele. Tuvo miedo. Nunca llegaría a cantar como Héctor. Fue por entonces que llegó un muchacho. Jamil.

—He venido para que ocultes a este niño. Tú sabes quién es y sabes cómo puede cantar.

—Qué haces aquí con él

—Él ya sabe cantar.

Con el paso de los días supe que muchos años antes de que yo viniera a Agia Sofía, el hermano Lionel había tenido un alumno predilecto. Se llamaba Héctor y era un muchacho normal que, como todo muchacho normal, tenía tanto interés por cazar muchachas como conejos. Con lo de las muchachas nunca hubo problemas, era el mejor cantante de Agia Sofía y todo se le perdonaba, en cuanto a los conejos, hubo un problema: cazando uno, especialmente escurridizo, Héctor dio un paso en falso y cayó en el despeñadero. Se desnucó aunque tuvo tiempo de volver moribundo al monasterio donde estuvo unos días moribundo, incapaz de reconocer al hombre que ungía su pecho con óleos y que introdujo en su boca el viático: Lionel, su confesor y maestro de música.

La muerte de Héctor ensombreció a Lionel tanto que dejó de creer en Dios. Creía en la música que es distinto, en la belleza, sí, pero no en Dios. Como yo me encontraba solo y Lionel era el único en el que podía confiar, trataba de satisfacerlo en todo. Lo que más le preocupaba a mi maestro era algo que, aparentemente estaba fuera de todo control:

Aunque yo no encontraba relación entre los conejos y la pubertad, comencé a imaginar formas de no crecer.

Había un hombre rubio que venía todas las mañanas a misa. Los compañeros en el monasterio me dijeron que era un vendedor de esclavos genovés. Yo sabía que los genoveses a menudo castraban a sus esclavos para que nunca crecieran. En mi inocencia creí encontrar en aquel hombre la salvación para mi voz.

Otra cosa sucedió por aquellos tiempos. Nació en mí un deseo muy extraño. Es un deseo que a veces va y a veces viene: el deseo de ser puro. Es raro querer ser puro, porque a veces, estoy seguro, hay más perfección en la imperfección de mis deseos. Debe ser lo caído de mi condición angélica. En fin que había comenzado a pensar como cristiano. No era para menos, repasaba el salmo cada día, aprendí de memoria el liber gradualis e incluso pedí al hermano Tomás que me enseñara a tocar en el órgano los doce modos y que me explicara el símbolo de todos ellos.

Una mañana en que canté la aclamación luego del Aleluya, se hizo un silencio en el que quedaba muy bien la palabra de Dios. Me sentí satisfecho y embriagado, feliz. Los compañeros antes de la cena me daban golpes en la espalda y halagaban lo hermoso de mi voz. Entonces tuve frente a mí a Nannius. Pensé que me abrazaría. Dijo:

—Héctor cantaba mejor. Su voz no competía con la belleza del Evangelio.

Tomás me puso una mano en el hombro. Y esto es también importante, porque ese gesto de compasión causó en mi vergüenza. Fue por eso que dije:

—Tiene razón, maestro. Yo hubiese querido substituir a Héctor, pero el destino es así.

—Es así —respondió Lionel como si entendiese por fin algo profundo y entró al refectorio para cenar.

Al pequeño monje le CONSTERNABA la vehemencia con la que aquel hombre contaba su historia y se convenció de que no había mayor cosa que abandonarlo todo. Por primera vez deseó algo más que aprender con Alexander los misterios del Altísimo. Cipango y Catay era el nombre de todo su deseo.

Comenzó a desear el silencio y la seriedad de un convento. Por eso se fue a Chipre, a los Troodos, para comenzar a buscar La Obra. El camino. Pero todo lo había cambiado este ángel exterminador, este niño que había venido a pedirle ser eso por siempre. Un cantante por siempre. Acaso ese niño era el compañero de viaje que siempre había estado esperando. El que le ayudaría a olvidar el mundo pagano en el que Europa se estaba sumergiendo.

—Dile al maestro  soy Marcos, que vengo de Jerusalén.

Cuando Ilías salió al patio de las visitas, se sorprendió mucho con la visita. Abrazó a Marcos y le dijo:

—Pensé que habías muerto, hace mucho.

—No deberías venir hasta acá. Tú sabes que quieres matarnos.

Miró hacia todas las ventanas del monasterio. Temió que alguien hubiese podido verlos. Finalmente tratando de ser cortés, dijo:

—¿Qué quieres que haga por ti?

El extranjero levantó al muchachito árabe que le habían llevado. 

—Necesito que protejas a este niño para que aprenda a cantar. Lo hemos bautizado. Se llama Andrés. 

—¿No sabe cantar?

—Canta más hermoso que nadie. 

Y era cierto, 

—Vete. Vete ya —dijo Lionel—. Los hermanos no deben verte.

—¡Vete pues! ¡Marcos todavía debe estar cerca, en el bosque, no me hagas perder el tiempo!

Pero el extranjero se puso a cantar: 

Como en los tiempos en que la escuela había tenido al noble qari llamado Moisés, el AbbásPero Rashid se perdió a si mismo en el extranjero y, enamorado de su belleza se fue de que lo único real era esta abominación: te quiero porque te quiero. Y no me interesa ya si sabes cantar.pensó incluso en la posibilidad de reabrir la escuela y llevar a los muchachos a la mezquita azul de Damasco para rehacer su fama perdida.

 Fue así que Lionel comenzó a educar al pequeño Andrés. Y poco a poco crecieron las murmuraciones porque entre el muchacho y su maestro creció una amistad que produjo celos entre los hermanos. Decepcionado por todo lo que había sucedido después de la caída de su ciudad, estaba convencido de que al Altísimo poco le importan los afames humanos. 

Los hermanos comenzaron a decir: Que Lionel ha dejado de meditar la palabra. Que se ha obsesionado con evitar que la voz del niño se pierda. Pero acaso no es tan sencillo? Una sola operación lo puede conseguir. No le interesaba otra cosa que la perfección, pero no la perfección de la que habla san Pablo, sino la de la música. Y se volvió loco y contagió de locura al joven Andrés.

En verano la ciudad se hizo tan calurosa que me sentía pegajoso. Afuera de la ventana miraba los canales y a lo lejos el dique. El palo mayor de un bergantín del imperio en un puerto no eran suficientes para saber a dónde había venido a parar aunque después me enteraría que los mercaderes de esclavos me habían llevado al Norte de África. Farid. Saboreaba el nombre que me inspiró el ángel ahora que había cambiado de condición. Las gaviotas baten sus alas y yo, drogado creía reconocer en este ruido la voz del Altísimo que se ríe de mí. En el puerto, los estibadores llenan las entrañas del galeón en el que, adivino, me llevarán a España, o más allá. En los doce años de aquella vida no había tenido tiempo de reflexionar con respecto a la redondez de la tierra que a mí, siempre me ha parecido plana. No he tenido tiempo de pensar en el lejos y el cerca, en todos los idiomas que nacieron luego de la destrucción de la Torre de Babel. Era nada más un muchacho enfermo de música, un cantor árabe que aprendió a recitar los salmos cristianos. Las visitas del médico otomano me confundían todavía más; me lanzaba preguntas insidiosas, me quería llenar la mente de odio contra los cristianos. No era difícil, a menudo repetía que eran ellos los que me habían castrado. Pero yo no hablaba con él. Me entretenía tratando de reconocerme con todo  mi nuevo nombre en esta condición de niño por siempre que me devolvían el espejo de bronce y una cicatriz en apariencia inocente. Un hilo rojo. Hoy lo sé, me habían llevado a Damasco donde pablo dejó de ser Saulo. Ahí mismo yo dejé de ser Farid. El otomano que me atiende se sienta sobre mi cama, me limpia el sudor de la frente, me ofrece sopas de sangre que me revuelven el estómago, pero él cree que me van a aliviar. Trata de consolarme con la idea de que seré niño por siempre y yo me dijo que es eso justamente lo que maquiné con Alexander en busca de la alquimia de una voz que no cambia te metí, Alexander en este horror. ¿Lo hice con inocencia? No lo sé y aún me atormenta que hayas sufrido lo mismo que yo porque era yo quien, pecador, me sentí más sabio que la naturaleza que Dios nos dio. Desde que entramos al hammam viví drogado. Me drogaron para arrastrarme a casa de la vieja, me drogaron para castrarme, me drogó el otomano para no sentir el dolor. Así, lleno de humos, encerrado en ese cuarto, aprendí a adivinar la hora en que el sol entraría por la ventana y cómo iluminaría, por la tarde, las motas de polvo que se elevaban de la cama de latón. Escuché cantar a los marineros y el reír de las prostitutas. Aún me sorprende lo distintos que son los sonidos del día, los de la tarde y los de la noche. Un grito que por la mañana es una promesa, por la noche presagia el asesinato, un gemido que por la tarde duele, se transforma de noche en placer. Las drogas que el otomano producía lanzando hierbas sobre un mortero, me habían dado, además, una inquietante sensación de pureza. Aún no recordaba el pacto con El Altísimo y sin embargo sabía ya que soy inmortal, que mi voz fue creada por una necesidad mayor a mí mismo. Lo supe ahí, drogado en esa habitación, lleno de una deliciosa sensación de pereza. Escuché que el otomano subía las escaleras, me desató la cuerda y yo que venía pensando ¿qué hay detrás de la puerta? Me dije en voz baja, hay una nube y detrás de la nube el desierto y detrás del desierto un muchacho que baila con una serpiente. El médico me preguntó que qué murmuraba y yo le pedí que me regalara una manzana verde. El, claro, dijo que no tenía manzanas verdes, entonces con la mano libre tomé la jara de agua y se la reventé en la cara. Se mezclaron el agua y la sangre del médico. Yo corrí hacia la ventana, me creí un albatros, me lance fuera, pero no pude volar.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes

Leer en secuencia A–B–C →