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Luis Méndez comenzó a sentirse muy excitado imaginando que Inés finalmente era de otro. Y sin embargo, al mismo tiempo era de él. Jorge, a pesar de su nobleza, a pesar de que la gente le llamase “emperador” para adularlo era nada, era nadie. En cambio él, Luis, era un noble de vieja estirpe, descendiente de San Fernando, también su linaje llegaba hasta Bizancio pero él, Luis, se había mantenido siendo noble mientras que la familia de Jorge lo perdería todo.

Y para mostrar de qué estaba hecha la nobleza de él y la de su primo, ordenó a sus sirvientes que le dijera a Inés que viniera esa tarde a verlo a la enorme logia que tenía en Casa de Dante, una suerte de jardín desde la que podía verse la ciudad. Fue así que mi abuela Inés pasó su noche de bodas con mi abuelo quien, sabiendo que moriría estaba dispuesto a pasar la noche con la mujer que amaba.

—¿Y si Jorge desea tomarme como lo que soy? Como su legítima esposa.

—Tendré que matarlo —pensó Luis. Y tendré que encargar mi hijo al duque de Aguilar. Así lo hizo finalmente.

Inés abandonó la boda. Jorge se quedó fumando hachis. Los sirvientes habían hincado antorchas en la logia que parecía un jardín alzándose sobre la ciudad.

—¿Cómo está el emperador? —preguntó Luis burlándose.

—Hablando estupideces, como siempre, con su amigo árabe — contestó Inés.

—¿Lo admiras?

—Por qué te encelas.

Luis estaba celoso sobre todo porque Jorge aún tenía vida y tenía poder. El poder que entre las piernas a él se le iba extinguiendo.

—¿Acaso podría encelarme del emperador de un imperio que ya no existe?

Jorge era el último Comneno, la familia de emperadores de Bizancio y Trebisonda. Y había salvado la vida solo porque era un niño cuando el sultán asesinó a sus padres y a sus hermanos.

Había comenzado a hacer fresco pero era en realidad una tarde hermosa y el marqués del Carpio estaba decidido a pasárselo bien. Cenaron y hablaron de los juegos infantiles del niño en la corte de Toledo. Se habló de los problemas de sucesión. Garci era pequeño pero ya se veía en él una cierta galanura heredara de los marqueses del Carpio. Mi familia desciende de Juan Manuel de Villena, el más grande conspirador de Europa.

Y el marqués y su amante miraban a los niños. Luis extrajo de su jubón una peonza que había traído desde Toledo para regalársela. Aquel niño era el pequeño bárbaro, el bastardo de los dos. No importaba que tuviese todo el dinero del mundo, todo el que había conseguido traficando influencias en las guerras italianas. Poco importaba que los Borgia fuesen amigos personales del marqués y que César y Lucrecia conocieran y apreciaran a Inés más de lo que apreciaban a la legítima esposa del señor del Carpio. Ambos, Inés y Luis Méndez estaban conscientes de la importancia que estaba teniendo la sangre a partir de los decretos reales de 1492 y ese niño que todo parecía mirarlo con ojos de asombro corría el riesgo de morir desheredado. Por eso había sido necesario todo este plan.

Cuando el sultán Mehmed ordenó que asesinaran a todos los Comneno, Jorge se salvó porque su madre, Irene suplicó por la vida de su hijo. Se inclinó frente al sultán y humillándose le pidió que salvara la vida del más pequeño de sus hijos que en aquel entonces era un recién nacido que apenas podía balbucear. El sultán accedió con la condición de que el niño se separara de su madre y fuese puesto a cargo de una familia musulmana que lo educara en la fe de Alá. Así se hizo e Irene murió de tristeza. El heredero de David, único miembro de la familia imperial que se salvó de la trágica noche de 1463 creció y tuvo la veleidad de volverse alquimista. Con este pretexto consiguió de su familia adoptiva (una familia que lo amaba sinceramente) que le permitiesen viajar a occidente donde no terminó por convertirse al cristianismo pero abjuró de toda religión.

Luis Méndez y Jorge Comneno se habían conocido en la corte del papa. Los había presentado Al-Hakim el legendario médico del papa quien, con el nombre de San Genesio sería el primer hombre que intentó una transfusión sanguínea.

Las parvadas formaban imágenes junto a las nubes. Isaac escuchó que volvían volvían a las copas de los árboles. Escuchó que se abría el portón del castillo. Farid había vuelto con el monje cantor. Sonrió.

Cuando llegara la primavera comenzarían a reunirse los gnósticos de la Casa de Dante y a los ojos de Isaac, Alessio estaba preparado para unírseles. Veía en él la imagen de sí mismo antes de que perdiese la fe o, en todo caso, justamente cuando había comenzado a perderla y encontró que la sabiduría ancestral le otorgaba un nuevo futuro. Alessio tenía ahora una nueva clase de nobleza. Había dejado de ser el muchacho pálido del monasterio y se había convertido en un abate de nariz griega y ojos de veneciano. Descubrieron en Aristóteles al primer alquimista. Si todo está compuesto de materia prima, le enseñó Isaac, la transmutación es factible. ¿Qué es un alquimista? Uno que busca la inmortalidad de la vida imperfecta. ¿No ha sido acaso la carne bendecida por Dios? Era verdad. Y en este conocimiento o nueva idea, Alessio creía encontrar una paz que no creyó que pudiese existir. Eran necios los monjes, se dijo. No han leído a Parménides o si lo han hecho no han entendido lo que significa que todo procede del uno, que todo es adaptación de los elementos indivisibles que, en efecto el sol es madre que lleva al viento en su vientre, que el Padre está aquí alrededor de todo y que su fuerza está intacta, lista para ser tocada, para que venga el alquimista y separe lo sutil de lo monstruoso, lo etéreo de lo descomunal.

Reconstruían juntos los mapas para llegar al Edén. Porque la búsqueda de perfección tenía lugar aquí, en la Tierra y en la Tierra se quedaba. Somos sujetos de un dios intangible en eterna transmutación. Y Alessio, que creyó que esta casa sería su punto final encontraba que era el principio, que aquí, en este laberinto, el mundo había querido encontrarlo. Lo había encontrado en la sensualidad del vino y la sabiduría de los antiguos, en la nostalgia de saberse pequeños conocedores de dioses que trascienden toda imaginación; en la sensualidad de Farid rasgando el oud y apareando su voz con el tiempo. El más misterioso y el más viril de todos los dioses. Tanto que es imposible imaginarlo más bello. El tiempo, padre de Jano. Un tiempo incapaz de tocar esta voz con la que Farid comenzó a cantar para el monje. Cuando llegó la primavera ya era costumbre que Farid cantara para Alessio en los jardines que cuidaba Nicolás. El monje leía al tres veces magnífico Hermes, mensajero de dios o, mejor, de los dioses porque todo, había comenzado a creer, estaba lleno de dioses que los miran confabulando, infinitos, a veces ciegos. Ellos son sus ojos y sus oídos. Su voz, esa voz aguda y simple en la que vive el instinto de vivir para siempre.

AQUÍ ENTRA TAL VEZ LA QUE SERÁ LA HEREDERA DEL TÍTULO.

El niño, sin embarg, detuvo la narración de todos aquellos chismes en cuanto vio entrar al jardín a Olmo, el hijo de la cocinera. Siempre que venía a Roma, el hijo de los marqueses del Carpio se entretenía jugando con aquel muchacho sin zapatos no hablaba castellano, pero sabía jugar como nadie a ser mercenario, a ser condotiero, a correr y esconderse en el pequeño bosque de la Villa de los marqueses que se conectaba al norte con el Cole Opio.El niño saludó efusivamente a Olmo quien al principio se mantuvo flemáticamente serio, como suelen hacer los italianos, más amantes del halago que de halagar. A pesar de su condición de hijo de nadie, Olmo tenía en su sangre el orgullo romano y sólo después de un par de abrazos mostró entusiasmo y se dispuso a jugar que, después de todo, para ello lo había traído su madre a la villa del marqués.

Y el marqués y su amante miraban a los niños jugando en el jardín iluminado con antorchas. Garci le estaba enseñando a Olmo una peonza que había traído desde Toledo para regalársela. El hijo de la cocinera estaba aprendiendo a enredar aquel trompo con cordel y arrojarlo sobre una mesa de mármol al centro del jardín. Inés acarició la cara de su amante.

Aquel niño era el pequeño bárbaro, el bastardo de los dos. No importaba que tuviese todo el dinero del mundo, todo el que había conseguido traficando influencias en las guerras italianas. Poco importaba que los Borgia fuesen amigos personales del marqués y que César y Lucrecia conocieran y apreciaran a Inés más de lo que apreciaban a la legítima esposa del señor del Carpio. Ambos, Inés y Luis Méndez estaban conscientes de la importancia que estaba teniendo la sangre a partir de los decretos reales de 1492 y ese niño que ahora jugaba con una peonza corría el riesgo de morir desheredado y perseguido por la inquisición. Por ello ambos habían urdido un plan. Y en ese plan estaba incluido, claro Isaac, el noble griego a quien el pequeño Garci llamaba emperador. Y en cierto sentido lo era porque descendía de David, el último emperador de Trebisonda.

Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes

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