F0167 · 1491.02 — La noticia que tenía ocupada a toda la corte era que el 25 de noviembre de 1491 se había rendido

La noticia que tenía ocupada a toda la corte era que el 25 de noviembre de 1491 se había rendido Granada. Representantes del reino nazarí habían firmado las capitulaciones de Granada. Y a propósito de capitulaciones, se habían firmado talmbién las capitulaciones de Santa Fe con las que se detallaban las condiciones de la soberanía. 

Salió el espía del Vaticano, lo siguió por Piazza Navona. Subió a un carruaje. Ahí estaba El Enemigo. Quién eres? Le pregunto. Al Hákim , contestó. Al Hákim. 

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Colón había dejado el monasterio de la Rábida y fue a la corte en Santa Fe el 31 de diciembre. En Santa Fe había tratado de hablar con Fernando de Aragón, vislumbró la vega de Granada. Juan Pérez, el fraile de la rábida venía con él Entraron a la habitación el secretaro Juan de Coloma. Bartolomé de las Casas venía con ellos. colón reclamaba los títulos de almirante y virrey. Fue despedido de la corte. 

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—Dime —le preguntaba Alberto en un jardín—, ¿quién te dió la inmortalidad? ¿Acaso fue Isaac? 

—Massah Allah —respondió Farid. Así lo había querido Dios. 

El muchacho bebía el té de naranjas y le venían a la memoria las historias de aquel laberinto de vapores, de calor y sensualidad en el que comenzó la transformación. 

A pesar de que estaba convencido de que algo malo estaba sucediendo, pensó que el hecho de que aquel hombre lo acariciara llamándole hermoso era un acto inocente. Trataba bien a un niño que no tiene dónde dormir. Al otro lado de la piscina, escuchó por primera vez el sonido del ud. El hombre lo tendió sobre la mesa de mármol y los los masajistas le acariciaban el cuerpo y lo llenaban de un aceite de olor a naranja y en el ud escuchó canciones cristianas por primera vez. 

—Te gustará Chipre —dijo el desconocido. Farid no dijo nada. No sabía ni donde está Chipre ni, ahora que lo pensaba, dónde está la Meca. No sabía de la redondez del mundo ni sabía leer. No hablaba más que un idioma extraño en el desierto que este hombre conocía: el idioma del esclavo, la vanidad, el chisme, la sensación incómoda pero dulce de ser un objeto y saber, sentir que el té que le han dado 

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engrandece los ruidos del agua y una sensualidad indecible que le permite tenderse en el mármol y permitir que lo toquen. Abandonar el miedo a lo que ha sucedido con su madre. Saber ya que está en manos de los vendedores de esclavos y esto, lo que está sucediendo es justamente ser un esclavo. Esclavo de esta sensualidad, del ruido del agua, de este deseo inaprensible de desear lo que va a suceder. Una gota se desprendió del techo y Dalí se aproximó a su cara. Le besó la frente. Farid pensó ver al Rey Serpiente. 

—Ma sa Alláh —le decía a Alberto haciendo sonar el ud. Así lo había querido Dios que él tuviese que perderse para conocer a Isaac—¿Me regalas una manzana verde?—, preguntó Farid. En sueños, creyó entender el sentido de la historia del Rey Serpiente. Era su padre el vendedor de esclavos, el vendedor de sus hijos, el que a sus hijas tomaba por mujeres, el que comía carne de los hombres y las mujeres que se perdían por el desierto. Farid había emergido de este desierto, de esta condición, de esta perdición. Pero Dios había querido sacarlo de ahí quién sabe por qué Mā šāʾ Allāh. Había atravesado el desierto y lo había conducido hasta esta ciudad celeste en la que entregaba al más pequeño de sus hijos un don. 

Lo conducía hasta lo alto del risco desde el cual contemplaba el campamento del que había salido. Supo que estaba mirando por última vez a su padre yendo furioso por las tiendas 

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coloridas como globos, buscándolos, a él y a Jemil. Miró a sus hermanos y el ángel soplaba en su oreja y le abría la boca para expirar en él la voz del desierto, el Espíritu, la Ruah. —¿Por qué? —Preguntaba Farid. Y el ángel respondía: 

—Esto es lo que tienes que averiguar. No debe ser tan mala la esclavitud. Pensó en lo alto de la colina, divisando la redondez del mundo, mezclando el pasado y el futuro en un presente que en Sevilla le hacía creer haber entendido el sentido de los mapas que había visto en la biblioteca de su señor, de las Antillas y la locación del Paraíso. Gog y Magog, las ciudades míticas del Dragón y Eldorado y al centro, el árbol de la eterna juventud. Porque parecía un árbol, pero en realidad era una fuente que bañaba los ríos de todas las ciudades: Jerusalén y Roma, la Meca y una ciudad de garzas blancas. Cuando estaba a punto, supo que tenía que preguntar al ángel que le había regalado el don:

—¿Qué sucederá con mi madre? Había muerto. La habían asesinado los vendedores de esclavos. El ángel lo había escogido a él, a Farid. 

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