Alberto miró las tierras italianas. Volvía, pero volvía prisionero. En la taberna en la que contemplaba a aquella hermosa muchacha irrumpieron unos hombres que sin decir nada le colocaron en la cabeza un saco. Lo tablearon y tan adolorido que durante dos semanas no pudo moverse, sólo le levantaban el saco para darle de comer. Finalmente se lo quitaron para que pudiese ver Ostia, la tierra italiana. Dolía tanta luz. Comenzaba a desaparecer la niebla y comenzó el camino hacia Roma. Alberto había preguntado varias veces quiénes eran sus captores. Lo habían tableado, en efecto, pero después de eso, no lo habían tratado muy mal. En Ostia, incluso le regalaron ropa y le permitieron que tomara un baño. Cuando salió se sintió renovado y volvió a preguntar quién era su captor. Los hombres que lo habían atrapado, españoles sin duda, no respondieron. Lo mantuvieron encerrado en una habitación desde la que se adivinaba el mar y los botes de pescadores. Hubiese deseado salir y cantar. Convertirse en un vago que no espera otra cosa que ir de pueblo en pueblo mendigando comida, un tomín. Estaba convencido de que en cuanto comenzar a cantar todo estaría bien, se le abriría la garganta y el miedo desaparecería. Eso, estaba convencido, era la vocación, la música.
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Aquella madrugada Alberto se despertó. Al principio no sabía qué estaba soñando., pero despertó llorando. Poco a poco recordó. Había visto a su madre. Se le había aparecido en un bote desde el que gritaba: “¿me has olvidado?” Angustiado, Alberto gritaba que no:
—¿Cómo puedo haberte olvidado? Eres tú quien se ha olvidado de mí.
Recordó la tristeza con la que se había quedado en el monasterio y por fin tuvo la certeza de qué era lo que había sucedido con él. Había sido incapaz de amar a nadie por miedo a sentir el dolor de aquella primera separación. “Madre”, había dicho en sus sueños, “¿cómo podría olvidar cuando el domingo me comprabas dulces de miel? ¿Cómo podría olvidar que trataste de que fuese un buen cristiano y no el hombre que soy?
—¿Es verdad que eres un adúltero? —Había preguntado en el sueño. —Es verdad.
—¿Por qué?
Alberto se había quedado en silencio y había tratado de encontrar las palabras.
—En aquel tiempo. Cuando lo hice. Tenía sentido. A decir verdad no lo tiene ya más. He
olvidado por qué lo hice. No he amado nunca a nadie. La mujer se aproximó para acariciar su cabello. Lo cobijó como si fuera un niño y, a decir
verdad, tal vez en aquel sueño era eso, un niño.
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—Reza por mí —le pidió—. Reza a la virgen de las tribulaciones para que me quite el dolor de haber tenido que abandonarte.
Despertó apesadumbrado y la tristeza creció cuando sus captores vinieron para amarrarlo y meterlo en una carreta de bueyes en la que comenzó la travesía hacia la ciudad de todos los santos y todos los pecadores: Roma. Desde aquel sueño no esperaba mirar otra cosa que a la Virgen de las Tribulaciones. Se preguntó incluso si extrañaba a la imagen o los momentos que había pasado frente a ella junto a Fabricio. Convencido de que no amaba a nadie, se sorprendió diciéndose que efectivamente había amado a Fabricio. Y sin embargo, en aquel momento, cuando el abad le pidió que fuese con Isaac no estaba preparado para la aventura de la libertad. ¿Cómo hubiese podido actuar de distinta manera? En Roma, ¿podría volver a ver a su hermano? Por primera vez en su vida tuvo nostalgia del monasterio, del tempus. Tuvo nostalgia de los dormitorios malolientes y el agua fría con la que se refrescaban la cara antes de ir a rezar las laudes. Tuvo nostalgia de la música que hacía con sus hermanos y se puso a cantar.
Los asesinos se aproximaron curiosos y le preguntaron que si sabía tocar el laúd. Como él dijese que sí, le soltaron las manos y le trajeron una. Entonces comenzó a rasgar muy
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lentamente aquel instrumento. Movía los dedos con la destreza que había aprendido de Farid. Y comenzó una música que parecía un lamento. Estaba cantando la misma canción de los campesinos españoles, esa canción de un loco que se llamaba Rodrigo Martínez, pero lo hacía en un tiempo de tristeza que daba a la letra un sentido nuevo. Porque la locura de aquel hombre no era alegres sino más bien triste de modo que ahí, junto a la fogata, el primer día que estuvo en Italia, tocó por primera vez una melodía que se iría reproduciendo y mutando a lo largo de los siglos, que se transformaría en la música de aquel continente que nunca habría de conocer y en Europa daría origen a las folías españolas, la locura de España que estaba invadiéndolo todo, llenándolo todo. Al día siguiente, sus captores le permitieron que fuese en la carreta sin estar atado. Se había cumplido su deseo, podía tocar y podía cantar. Él mismo, Alberto era Rodrigo Martínez, el loco que habiendo querido vivir aventuras se había despeñado, el hombre que confundía a las vacas con patos era él que no había sabido distinguir quién en su vida había trabajado para el diablo y quién había trabajado para Dios.
Se recordó de niño, nadando en el mar de color verdeazul, entre corales de muchos colores y peces que se aproximaban a su nariz. Esa noche recibió de sus captores un poco más de comida porque el canto siempre lo había salvado y el canto siempre lo había hundido.
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Siempre lo había comprometido y siempre lo había sacado adelante. Alberto tuvo entonces la confianza de pensar que tal vez podría salvarse a sí mismo gracias al arte, a la música. Mientras caminaban hacia Roma pensaba en Isaac y Farid, en el rumbo que tomarían sus vidas en aquel lugar que no acertaba a imaginar. El Nuevo Mundo. Lo que producía en su mente era una imagen tan extravagante que se disolvía en la realidad, como los corales, como los peces cuando estaba por salir hacia el aire y a lo lejos miraba a su madre en la playa. Y a sus primos rodeándola. Tuvo ganas de llorar. Pronto vería a Farid. Llegaron por la Antigua Vía Apia y atravesaron por entre antiguas villas y haciendas, por hosterías en las que los hombres y las mujeres se daban tiempo para beber. Estaba atardeciendo cuando cruzaron el parque de los Pamphili, pronto verían el Trastévere y él, al menos durante un instante podría ver el Cole Tiverino y en lo alto el monasterio en el que había visto a su madre por última vez.
En lo oscuro de la habitación en la que fue hecho prisionero, Alberto trataba de no pensar en nada. Hubiese querido rezar pero la fe se le disolvía en la lengua como un sabor que a veces resultaba indefinible, a veces muy claro y muchas veces pasaba por completo sin ser percibido. Se abrió la puerta y un chorro de luz le dolió en los ojos. Entró uno de sus captores y le dijo:
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—¿Tienes idea de quién te ha mandado traer aquí?
—El Señor del Carpio —contestó Alberto, completamente convencido.
El muchacho soltó la carcajada. Se aproximó. Olía a borracho. Extrajo una botella con vino y le ofreció. Alberto bebió con él y después de un dijo el español:
—No ha sido el señor del Carpio. Él nunca ha amado a su mujer. No le importa qué haga.
Alberto levantó los hombros aunque sintió una enorme curiosidad por saber quién se habría tomado tantos trabajos para ir a buscarlo hasta España.
Toda la noche estuvieron bebiendo. Era notable que una vez que llegaron a Roma, sus captores habían adoptado hacia él una disposición mucho más amable. Despertó atado y con un vendaje en los ojos. Fue conducido hasta una carreta en la que trató de contentarse queriendo imaginar su destino. Escuchó los ruidos de la ciudad. Era de día y él iba oculto. No había escuchado nunca un destino tan triste para quién durante mucho tiempo se sintió heredero de los caballeros andantes. Subían una pendiente hasta que la carreta comenzó a caminar por terracería. Le arrancaron la venda de los ojos y se encontró de pronto con su pasado, con todo lo que había imaginado que estaría atrás. Ahí estaba la capilla de Santa
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Sabina. Le pareció escucharse a sí mismo por primera vez. Escuchó que lo llamaban por su nombre.
—Alberto.
Era Fabricio. Alberto se aproximó lentamente y se sintió realmente muy sorprendido de que junto a él estaba el Señor del Carpio quien escupió al suelo y se marchó de la Iglesia con los asesinos.
Alberto tuvo la intención de lanzarse al pecho de Fabricio. Hablar con él. Pero su antiguo amigo ordenó que lo arrojasen al calabozo donde volvió a permanecer atado.
Esa noche entró hasta la celda el hermano Fabricio. Se le veía malhumorado, viejo. Le contó que por unanimidad el cabildo lo había nombrado abad del convento. Alberto lo miraba y todo venía a su memoria.
Cuando era un niño y aprendía con este hombre a cantar, cuando aprendió con él las oraciones y las clases de teología, las clases de griego. Fabricio había cambiado, no había duda. Y no había cambiado para mal. Había perdido la inocencia de niño. Miraba a Alberto con un gesto adusto. Finalmente le pregunto o más bien le ordenó que se confesara. Alberto le dijo que no le venía en gana. Y era verdad. No quería confesar nada porque estaba convencido de que no
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debía nada. Fabricio se levantó malhumorado y le dijo que no le dejará otra opción que torturarlo. Alberto se sintió extrañado ante semejante afirmación. ¿Lo torturaría? Estaba seguro que no.
Alberto es noche soñó consigo mismo. Era uno de los seguidores de un hombre que en sus sueños, estaba seguro, era el apóstol Juan. Alberto se veía a sí mismo muy pequeño. No tendrá más de doce años y estaba bañando al apóstol que en sus sueños era el hermano Fabricio. Lo hacía con ternura y amor. El apóstol cantaba una melodía; tal vez un requiem o un canto pascual. El hombre salía del baño y Alberto lo secaba amoroso. Luego recorrían los pasillos del convento de Santa Sabina. Alberto reconocía los naranjales y los pinos. En el rincón de la Virgen de las Tribulaciones, en el lugar exacto en el que se dominaba la ciudad supo que en efecto Fabricio podría torturarlo. Lo haría con el mismo amor con el que terminaba todas sus homilías diciendo: hijos, hjitos, ámense mucho. Como el apóstol Juan. Roma era un mar enorme que golpeaba con sus olas la colina. Recordó que en sus sueños él se recostaba como el apóstol en el pecho de Jesús, su maestro. Escuchaba el batir de su corazón. Le decía:
—Estoy cansado.
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Y sí. Lo estaba. Estaba cansado de tantas persecuciones. Estaba cansado de haber vivido tanto. Estaba cansado de Chipre y de España y de Roma. Alberto se levantaba y miraba que Fabricio estaba a punto de tener una visión. Venía un ángel y le decía que no había llegado el tiempo de descansar. Le cogía la cabeza por la nuca y él volvía a soñar dentro del sueño; estaba en una caverna muy espaciosa, de paredes oscuras y bien iluminadas. Y a pesar de que tenía miedo pensaba que por fin encontraba lo que había estado buscando. Cuando despertó, no sabía muy bien por qué, tuvo la certeza de que sentía un profundo amor por Fabricio, por aquel compañero que lo había amenazado de muerte. Fabricio era lo que más amaba y al mismo tiempo lo que más odiaba. Supo entonces que siempre había sido así. Lo mismo había sucedido con su madre, la amaba con la misma intensidad con que la odiaba y este contraste lo único que producía era una incómoda sensación de culpabilidad. Ya no pudo volver a dormirse. Por la mañana vinieron para llevarlo con Fabricio. Alberto supo que se confesaría.