F0171 · 1492.08 — El tres de agosto de 1492 partieron de la barra de Saltés a las ocho de la noche. Anduvieron con

El tres de agosto de 1492 partieron de la barra de Saltés a las ocho de la noche. Anduvieron con virazón hasta que se puso el sol camino de las canarias. No hubo muchos contratiempos. El 7 de agosto saltó el gobernalle de la pinta. Tuvieron que buscar en la isla de Lanzarote . El 8 de agosto hubo opiniones diversas de dónde andaban. El jueves 9 de agosto Colón no pudo tomar la gomera y Martín Alonso se quedó en la costa de la Gran Canaria por orden de Colón. Colón volvió a Canaria y adobaron la Pinta. Vieron un gran fuego en la isla de Tenerife. Hicieron la Pinta redonda porque era latina. Tornó a la Gomera el domigo dos de septiembre con la Pinta adobada. Muchos hombres honrados juraron que se les apareció la isla de San Brandán. Así comprobaron que había islas que se deslizan por el mar tenebroso y que están ahí para ser como San Brandán añoranzas del Paraíso terrenal. San Brandán, aquel irlandés santo que vivía en Gales. Y la vieron con doña Inés Peraza madre de quien fuera más tarde el primer Conde de la Gomera. Le avisaron también que tenía que ser 

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cauteloso pues los portugueses querían tomarlo prisionero. Lejos de molestarse, el capitán se sintió orgulloso. Era el jueves 6 de septiembre de 1492. 

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Unas semanas más tarde, la felicidad de Isaac al saber que pronto viajaría al nuevo mundo se vio manchada. Textualmente manchada. Farid lo estaba rasurando frente al hermoso espejo veneciano en que el esclavo había descubierto el hilo rojo de su propia castración cuando Jorge se aproximó curioso hacia su reflejo. Ahí, a la altura de la garganta. Justamente debajo de la manzana de Adán, grande y viril, descubrió una bolita que había comenzado a crecer. No era la primera vez que la miraba, pero estaba seguro que estaba creciendo. Sonrió y dio a su esclavo la orden de que siguiera rasurando. Es, se dijo tratando de consolarse, la mancha del alquimista. El inicio de la transformación. Había leído de ello en los libros más iluminados, los que dejó en Roma a merced de los vendedores de libros que lo habrían entregado a algún neófito que creería que la tumba era una maldición y no el matraz en el que se lleva a cabo la verdadera transmutación. Se sorprendió porque, a pesar de ser un alquimista hecho y derecho, muchas veces había albergado dudas y, como todos, había llegado a tener miedo a la muerte. Sin embargo, desde que había comenzado a planear con 

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Farid · El mar del atardecer · Archivo de personajes